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06 de Jul de 2020

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Eduardo Antonio Quirós B.

Columnistas

Marco A. Gandásegui, hijo

Al inicio de la década del noventa, un país convulso encontró en la Universidad de Panamá un constante hervidero de eventos, encuentros, conferencias, mítines que buscaban orientar la compleja situación que cerraba el periodo dictatorial, la invasión y la fase que se iniciaba.

Al inicio de la década del noventa, un país convulso encontró en la Universidad de Panamá un constante hervidero de eventos, encuentros, conferencias, mítines que buscaban orientar la compleja situación que cerraba el periodo dictatorial, la invasión y la fase que se iniciaba.

La Facultad de Derecho era un particular punto de encuentro, muchos docentes de esta u otras facultades sentían el deber, más allá de los salones de clases, de dar a conocer sus ideas, sus experiencias y su visión de futuro. Recuerdo con especial claridad una ocasión en que el doctor Carlos Iván Zúñiga, que después sería rector de la Universidad, compartió estrado con el doctor Marco A. Gandásegui, hijo. Edades distantes, visiones distintas, formas de expresarse diversas, pero absoluta coherencia intelectual en ambos. Los asistentes, que notamos la diferencia de ideas, aprendimos tanto de sus planteamientos como de la atención y el respeto mutuo que se dispensaron los interlocutores.

Como esa, escuché muchas veces al profesor Gandásegui y cuando acudía a la Librería Universitaria siempre encontraba alguna obra suya que le aportaba calado y dimensión a sus ideas.

Desde muy temprano en su vida, comprendió que la educación es niveladora de las desigualdades y regeneradora de aspiraciones de justicia social, tan necesaria en nuestros países. Su reclamo constante por un mejor sistema educativo, no solo se quedaba en el discurso, sino que le daba pasión en su entrega cotidiana a sus estudiantes, muchos de los que en estos días han llenado las redes sociales con expresiones de agradecimiento.

El profesor Gandásegui fue un hombre que se dedicó profundamente al uso de su inteligencia. Como investigador fue riguroso en expresar sus pensamientos a través de la palabra escrita, no solo para sus estudiantes, sino para la sociedad que quería cambiar para mejor.

Como docente universitario, cumplidas sus responsabilidades académicas, dedicaba tiempo y esfuerzo a dejar sus conocimientos como un escritor prolífico.

Leer sus trabajos deja muy claro la independencia de su pensamiento y la reflexión que antecedía a sus análisis. A lo anterior, hay que sumar la coherencia estricta entre sus ideas y su forma de vida. Indudablemente, la intelectualidad panameña ha perdido a un pensador destacado.

Con el mismo compromiso que dedicaba a su labor académica, participaba como ciudadano en el devenir nacional, siempre con una palabra mesurada y con un accionar consistente en el tiempo. Los medios de comunicación y la calle también fueron sus tribunas. Podía compartirse sus opiniones o no, pero inevitablemente ameritaban prestarle atención.

Me comentaba un destacado periodista, “se nos fue una de nuestras mejores fuentes”. Los periodistas siempre encontraban en él una respuesta diligente y acertaba, para poner un hecho en contexto, para explicar las razones o para cuestionar con criterios sensatos una decisión.

En La Estrella de Panamá deja un vacío enorme, durante los últimos años fue uno de sus columnistas semanales. Sumado a sus empeños hay que destacar su interés, con las limitaciones que impone un artículo de opinión, de cumplir puntalmente con dar su visión sobre los acontecimientos locales e internacionales.

Durante el tiempo en que los periódicos La Estrella de Panamá y El Siglo estuvieron asediados por la Lista Clinton, su palabra, su pluma y su cercanía fueron de los más significativos respaldos que recibimos y no lo olvidaremos.

Marco A. Gandásegui, hijo, sociólogo notable, era periodista de formación, en una ocasión me comentó que en la hemeroteca de La Decana del periodismo nacional estaban los escritos de su padre, nos quedó pendiente una conversación más profunda sobre esa historia, pero intuí, claramente aquella vez, por qué usaba el “hijo” al final de su nombre; era por una profunda admiración a su padre y como homenaje a lo que significó en su vida.

Reconocer las virtudes y el aporte que deja a su patria el profesor Marco A. Gandásegui, hijo, será un deber para cumplir cuando salgamos de este periodo de pandemia, en el que se ha dado su sensible partida; sin embargo, casualmente, porque nos encontramos en las presentes circunstancias y por las importantes reflexiones que como sociedad tendremos que hacer ante lo que estamos viviendo, es que no podremos dejar de tener presente el pensamiento de un panameño que dedicó, con honestidad, lo mejor de su intelecto a servir a Panamá y su patria grande latinoamericana.

Abogado, presidente del Grupo Editorial El Siglo - La Estrella de Panamá.