Temas Especiales

15 de May de 2021

Avatar del Rafael Carles

Rafael Carles

Columnistas

Somos revolucionarios

Nací en Panamá en enero de 1959, lo suficientemente tarde como para no contaminarme de la radiación nuclear de Hiroshima ni salpicarme de los embates psicológicos de la Segunda Guerra Mundial, pero sí a tiempo para disfrutar los discos “Sticky Finger” de Rolling Stones y “Stairway to Heaven” de Led Zepellin.

Nací en Panamá en enero de 1959, lo suficientemente tarde como para no contaminarme de la radiación nuclear de Hiroshima ni salpicarme de los embates psicológicos de la Segunda Guerra Mundial, pero sí a tiempo para disfrutar los discos “Sticky Finger” de Rolling Stones y “Stairway to Heaven” de Led Zepellin. Con nosotros aparecieron los primeros pantalones de basta ancha, el cabello largo arreglado, las patinetas con ruedas de goma, las fiestas hawaianas, los festivales del colegio y la onda de los “jets”. Crecimos en una época cuando no había celulares, todos jugábamos deportes, usábamos chivas de Boca La Caja para ir y venir del colegio, y nos graduamos de una escuela de jesuitas que estaban entonces más de moda que ahora, a pesar de que ni soñaban en tener un papa. Pero, al igual que tantos otros “baby boomers”, tuvimos que conformarnos con la inconformidad y apreciar lo que teníamos.

Sin lugar a duda, las décadas de los años 60 y 70 fueron buenas para ser joven. Todo parecía estar cambiando a una velocidad sin precedentes y el mundo parecía estar dominado por los jóvenes. Afloraba una revolución en un mundo que experimentaba una explosión social. Nuestra revolución era de ideas, capaz de cimentar movimientos y definir direcciones. En Panamá, fue tan fuerte que creó la rebelión del 9 de Enero, donde un grupo de estudiantes decidió enfrentar a un batallón del ejército de la nación más poderosa del mundo. Sin haber llegado a los 10 años, ya habíamos visto a un presidente romper relaciones con el imperio yanqui. Y vivimos una época en que la franja canalera se convirtió en un objetivo nacional para la consecución de la soberanía total.

Cuando analizamos las ideas de esos tiempos y las ponemos en retrospectiva, todo parecía entonces una locura. No fue, por ejemplo, hasta que Henry Kissinger vino a Panamá, en febrero 1973, para una reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que en Washington resonó nuestra firme convicción de que no había otra salida más que sentarse con los panameños a negociar un nuevo acuerdo para sacar las bases militares estadounidenses del territorio de la Zona del Canal.

Esas fueron ideas revolucionarias que igualmente sirvieron en otras latitudes para declarar guerras, derrocar Gobiernos y crear embargos petroleros. Ideas que permitieron que un Premio Nobel de la Paz, otorgado a Kissinger y Le Duc Tho, no fuera aceptado por lo desequilibrado que estaba el mundo. Ideas que allanaron el camino para terminar la guerra del sudeste de Asia. Ideas que permitieron que miles hicieran fila para viajar y estudiar en los países de la cortina de hierro, a pesar del idioma que hablaban o las ideologías que practicaban. Ideas que convirtieron el deporte y los juegos olímpicos en verdaderos certámenes de hegemonía política.

Por eso, cuando miramos hacia atrás, no puedo evitar sentir el privilegio de haber nacido en esa época. En lo particular, la educación jesuita que recibimos fue revolucionaria en todo el sentido de la palabra. Nos enseñaron humildad y solidaridad. Aprendimos a estudiar y convivir con compañeros pobres y nos abrieron la mente a muchas realidades con el Servicio Social Javeriano. Además, la doctrina pedagógica de Paulo Freire, basada en la teología de la liberación, influyó de muchas maneras y sirvió para realizar las renovaciones que serían necesarias años más tarde en nuestra vida.

De esa revolución de ideas sacamos el coraje y la valentía para resistir posteriormente la opresión, los encierros y el exilio. Y de ella también obtuvimos la claridad para comprender que la tal revolución militar octubrina no fue más que la destrucción de la democracia y la irrupción de la institucionalidad en el país, y que como ciudadanos estábamos obligados de por vida a impedir que algo similar volviera a suceder en Panamá.

Nadie debería sentirse culpable por haber nacido en el lugar correcto en el momento correcto. Nosotros, en Panamá, los de nuestra generación, fuimos afortunados. Ayudamos a cambiar el mundo y el mundo cambió para ayudarnos a nosotros. Todo parecía posible: a diferencia de los tiempos actuales, nunca dudamos de que hubiera un trabajo interesante para nosotros y, por lo tanto, no sentimos la necesidad de desperdiciar nuestro tiempo en algo tan trivial como ir a una “escuela de negocios”. La mayoría de nosotros obtuvimos títulos en ciencias o ingeniería, derecho o medicina, economía o psicología, historia o geografía, física o química. Dedicamos energía a discutir lo que estaba mal en el mundo y cómo cambiarlo. Protestamos por las cosas que no nos gustaban y teníamos razón al hacerlo. Al menos, a nuestros propios ojos, fuimos una generación revolucionaria.

Empresario