Temas Especiales

01 de Dec de 2020

Pedro Luis Prados S.

Columnistas

Institucionalidad legislativa

Aristóteles puede considerarse el más tenaz adversario de la democracia ateniense como forma de gobierno porque consideraba que su principal vicio era la demagogia que, al igual a otras formas de gobierno como la monarquía y la plutocracia derivaban en prácticas arbitrarias como la tiranía y la oligarquía.

Aristóteles puede considerarse el más tenaz adversario de la democracia ateniense como forma de gobierno porque consideraba que su principal vicio era la demagogia que, al igual a otras formas de gobierno como la monarquía y la plutocracia derivaban en prácticas arbitrarias como la tiranía y la oligarquía. Su crítica se fundaba en que Atenas era una Democracia Directa con una asamblea ciudadana abierta, la única en la historia, en la cual los ciudadanos se reunían en el Ágora, gran plaza ubicada en la parte alta de la ciudad, y cada cual opinaba sobre los asuntos del gobierno, teniendo natural ventaja aquellos oradores mas elocuentes y con facilidad de convencimiento invocando las pasiones y no a la razón. Típico acto de demagogia y en el cual era experto el gran Demóstenes, motivo por la cual el filósofo griego prefería la monarquía sobre cualquier otra forma de gobierno.

El dominio del Senado Romano en tiempos de la República y su pervivencia durante el Imperio como institución de gobierno representativa, se extendió por toda Europa y encontró naturaleza constitutiva con el surgimiento del liberalismo como sustento ideológico de la democracia burguesa, adquiriendo el importante papel como organismo responsable del equilibrio del poder. Una larga historia ha recorrido el parlamentarismo desde los griegos hasta la actualidad, rebasando los ámbitos del mundo occidental para convertirse en una institución global con diversas características y formas de composición. De igual forma la filosofía institucional que la inspira es la representatividad de los ciudadanos en las tomas de decisiones gubernamentales y en la formulación de leyes equitativas, garantizando el sano equilibrio mediante la prudencia, transparencia y templanza.

Ese recorrido no ha sido fácil, establecer como garante de las decisiones políticas a un organismo en el cual la racionalidad y el consenso sean los instrumentos para las decisiones, ha sido una ardua lucha que tiene sus inicios en las primarias organizaciones clánicas, en donde la ley del más fuerte ?el estadio mas rudimentario del Derecho Natural? era la fuente de poder y de decisión para el resto de la sociedad. Muchos siglos antes que Jean-Jacques Rousseau desarrollara su principio de la Voluntad General y Emanuel Kant enunciara el Imperativo Categórico como instrumentos racionales para alcanzar acuerdos pacíficos y de común aceptación ?conceptos claves para comprender la democracia y el parlamentarismo moderno? la propia evolución social y política de los conglomerados humanos buscaban formas más estables de convivencia.

Por eso la historia está matizada de confrontaciones de quienes han optado la vía del consenso parlamentario para decidir las normas y principios que deben regir la sociedad y no en pocas en ocasiones han sido objeto de persecuciones y disoluciones al enfrentar los intereses del poder dominante. De esas confrontaciones han surgido grandes luchas y cambios en la vida política moderna, como lo fue la disolución de los Estados Generales por el rey francés Luis XVI que precipitó la revolución que cambió la historia de occidente (1789); la clausura del Parlamento Inglés por Carlos II que condujo a una cruenta guerra civil y el establecimiento de la monarquía parlamentaria como modelo de gobierno (1629); la eliminación de Las Dunas por el Zar Nicolás II de Rusia y el movimiento revolucionario que permitió el surgimiento del Estado Soviético (1917), solo para citar algunos ejemplos. De igual forma han sido los cenáculos que hicieron posible la legitimación de nuevos Estados al calor movimientos revolucionarios como la Convención Nacional que creo la Primera República Francesa en 1792, el Congreso de Filadelfia que aprueba la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América en 1776, el Congreso de Angostura que crea la República de Colombia (compuesta por Venezuela, Cundinamarca y Quito) 1819, y la Asamblea Constituyente de 1904 que legitima la República de Panamá y aprueba la primera Constitución del país. Eventos estos, entre tantos otros que revelan el papel protagónico de las instituciones legislativas en la construcción de modelos democráticos.

De igual forma, situaciones adversas han sufrido los organismos parlamentarios producto de su incompetencia y la corrupción de sus miembros, desde las tres” Defenestraciones de Praga” (1419, 1483, 1618) en las cuales los concejales y parlamentarios fueron arrastrados por la turba y en el último caso arrojados por una ventana; la persecución a palos de los parlamentarios franceses por las calles de París en 1848; el reciente lanzamiento de parlamentarios polacos a contenedores de basura y el desalojo de los diputados panameños del recinto por las masas indignadas opuestas al Tratado de Bases de 1947, ponen de manifiesto que si bien el sistema parlamentario es el pivote dorado para la consolidación de la democracia, también puede ser, por la incompetencia, lenidad y oportunismo de sus miembros foco de degradación que expresa la descomposición de un modelo de gobierno.

“Aquel que no conoce la historia está condenado a repetirla”, frase que se atribuye a Napoleón Bonaparte, recoge en gran medida la esa actitud nebulosa que ostenta gran parte de los miembros de la Asamblea Legislativa. De espaldas al país, al electorado, a la opinión pública y a los principios más simples de la Deontología, actúan como si el haber obtenido una curul ?en muchos casos recurriendo a subterfugios como el medio cociente o el residuo? su autoridad emana del Derecho Divino y sus actos están más allá del bien o el mal. Ni siquiera se han puesto a reflexionar cual fue el momento de inflexión en que la ciudadanía dejó de llamarlos “Honorables Diputados” o “Padres de la Patria” para designarlos con el vergonzoso nominativo de “ratas”. No se preguntan por las razones en que sus actuaciones han dejado de convertirse en noticias para mimetizarse en burlonas caricaturas mañaneras, ni siquiera han percibido a nivel personal, cuando acuden a un sitio público, las miradas duras de los asistentes o el precipitado cambio de puesto de los circunvecinos.

Como todo lo bueno se acaba no es mi interés dar recomendaciones, ni expresar frases admonitorias de situaciones venideras. No creo que exista voluntad de cambio ni que uno o un coro de llamamientos pueda modificar prácticas profundamente acendradas y conductas casi genéticas. Así como esas mismas masas indígenas, campesinas, obreras, estudiantiles, marginales y pauperizadas en un gran acto de fe dio sus votos para colocarlos en esa posición privilegiada, harán mea culpa y un acto de contrición por sus debilidades y terminarán imponiendo, de una vez por todas la Voluntad General. Ojalá no sea vía los contenedores de basura…

Educador, escritor.