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09 de Mar de 2021

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Roberto Antonio Pinnock Rodríguez

Columnistas

Médicos cubanos: ni dioses ni demonios

En mis años de estudiante, cuando realizábamos trabajos de extensión universitaria en el centro de salud que tenía el Hospital del Niño en Don Bosco de Samaria en San Miguelito, el doctor José Renán Esquivel nos reiteraba con frecuencia que, enorgullecerse por tener que contar con más hospitales, era lo mismo que enorgullecerse por tener que disponer de más cementerios en un país; ambas, hablaban del fracaso de la atención de salud.

En mis años de estudiante, cuando realizábamos trabajos de extensión universitaria en el centro de salud que tenía el Hospital del Niño en Don Bosco de Samaria en San Miguelito, el doctor José Renán Esquivel nos reiteraba con frecuencia que, enorgullecerse por tener que contar con más hospitales, era lo mismo que enorgullecerse por tener que disponer de más cementerios en un país; ambas, hablaban del fracaso de la atención de salud. Sin embargo, el expresidente Martinelli, ha justificado la faraónica ciudad hospitalaria. O, recientemente, el presidente actual y el director de la CSS venden como un éxito, disponer de cada vez más camas hospitalarias para atender los inmanejables casos positivos de la COVID-19. Guiados por la sabiduría del Dr. Esquivel, padre de la Salud pública panameña, esto no es otra cosa que la manifestación de un modelo y un sistema de salud totalmente fracasado ante la pandemia.

Este fracaso, por cierto, no es de la salud pública “per se”, sino del modelo fraguado desde los años 80, ajustado a la lógica mercantil, promovida por los banqueros del imperio. Se sabe, que las entidades financieras internacionales establecían, por ejemplo, que había que desmantelar todo andamiaje estatal que impidiera los pingües negocios de los mercaderes de la salud o dicho en su lenguaje tecnócrata, que había que evitar una “competencia con el sector privado, donde quiera que prevalezcan las condiciones de competencia” (Banco Mundial,1984. Panamá: Cambio estructural y prospecto de crecimiento) entre otras cosas, se habló de la liquidación del Laboratorio de Producción de Medicamentos de la CSS, lo cual se consumó dos décadas después bajo la administración de René Luciani-Martín Torrijos, teniendo de excusa el escándalo del Dietilenglicol. Igual, se hablaba de la “amenaza del exceso de médicos” (Moreno, 1985) por la política de fomento de más personal de salud, propiciada por el Dr. Esquivel, siendo ministro de Salud y los que le sucedieron, mientras el general Torrijos condujo las riendas del Estado.

Desde 1984, todas las administraciones gubernamentales y sus partidos políticos, aportaron sus toneladas de arena para desmantelar al modelo de salud pública que venía fortaleciendo el ámbito de la prevención y la promoción de la salud. Entrado el siglo XXI, el modelo ya estaba nuevamente volcado hacia la atención hospitalaria y la curación, abandonando la atención primaria, con la prevención y la promoción incluidas. De igual forma, el sistema estaba más fraccionado que nunca, observado en el distanciamiento real entre la CSS y el Minsa.

Hoy, este sistema fraccionado y el modelo particularista hospitalario, basado en la curación y la concepción de atender la enfermedad y no la salud, nos explota en la cara. A la altura de noviembre, teníamos más de seis veces la cantidad de muertos por COVID-19 de Cuba, siendo que su población es mayor a la nuestra y más de 10 veces la cantidad de decesos de Uruguay, con similar tamaño poblacional que el nuestro. Tanto en Cuba como en Uruguay, con regímenes distintos, hay un denominador común: prima un sistema único de salud y se prioriza la atención primaria y la promoción de salud, generadora de una cultura sanitaria que reduce los comportamientos “irresponsables” de la población.

Aun así, las autoridades se mantienen fieles a ese modelo -en el discurso declaran lo contrario-, de manera que sus acciones van orientadas más a resolver los problemas de la atención hospitalaria, para evitar las muertes, que, a evitar los contagios con prevención y promoción de la salud, que implican participación y organización comunitaria, a la que los tomadores de decisión gubernamental han evitado incurrir.

En este escenario llegan los legionarios de la medicina cubana. Aquí, surge una interrogante: ¿Nuestras autoridades les permitirán poner en juego toda su experticia para enfrentar al virus en los establecimientos médicos que les asignen?, por ejemplo, ¿podrán contar oportunamente con los insumos y equipamientos requeridos?

Personalmente, me temo que, a lo sumo, las autoridades sanitarias darán condiciones para que sus aportes se restrinjan a lo que esté dentro del fracasado modelo de salud fraccionado y curativo hospitalario; esto es, para que atenúen las muertes y no para que reduzcan los contagios. No esperemos más de lo que les permitirán aportar, a fin de cuentas, los médicos y médicas provenientes de Cuba no son ni dioses ni demonios, pero efectivos si intervienen colectivamente y no de manera aislada.

Sociólogo y docente de la Facultad de Medicina de la UP.