• 20/12/2010 01:00

A 21 años de la invasión

L o profundo era el temor, escribir es consecuencia de haber presenciado, el 19 de diciembre de 1989, la perversa invasión por fuerzas a...

L o profundo era el temor, escribir es consecuencia de haber presenciado, el 19 de diciembre de 1989, la perversa invasión por fuerzas armadas estadounidenses a mi patria, callar es ocultar.

Con lágrimas y gran dolor vi, sentí y presentí desde el comedor de mi casa las primeras bombas. Círculos naranjas iridiscentes caían del cielo sobre el suelo de mi patria. La primera bomba, al caer a las 12.46 del día 20 de Diciembre, desbastó todas las luchas soberanas. El Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá, antes de dejar de funcionar, registró 417 explosiones. El bombardeo se extendió a distintas zonas del país. Solo en la ciudad capital cayeron 422 bombas. Durante las primeras 14 horas del bombardeo cayó una bomba cada dos minutos en alguna región del país. El ejército invasor utilizó a nuestro país como campo de prueba de la tecnología bélica más avanzada.

La maldad y la saña insaciable de los terroristas-soldados nos llenaron de luto y desesperación. El despliegue de poder desencadenado sobre un país tan pequeño y una población tan indefensa no tiene nombre. La historia señalará este evento como uno de los más miserables del siglo XX.

Debo destacar que 160 mujeres-soldados participaron en una operación que ellos decidieron llamar ‘Causa Justa’, pero tan justa como la invasiones de Vietnam, Granada, Irak y Afganistán. Después se preguntan por qué la gente los detesta.

El barrio popular de El Chorrillo fue destruido completamente. Después del bombardeo el ejército invasor se desplegó y ametralló a la gente que vivía en ese barrio durante más de 72 horas. Exactamente 3,993 viviendas fueron consumidas por el incendio que provocaron las bombas, los productos químicos. Según el censo de los mismos afectados, más de 14,170 personas perdieron sus viviendas, todos sus enseres. El 40% de los que vivían en el área eran menores de catorce o mayores de sesenta años.

En la fosa común del Jardín de Paz encontraron 123 cadáveres calcinados: ochenta civiles, cuarenta y tres militares. El responsable de la medicina legal de Panamá contabilizó en la morgue 516 muertos. Según el Comando Sur solo hubo 50 ‘víctimas’, más de 6,000 heridos. El Pentágono aceptó que murieron 314 panameños. La Conferencia Episcopal Norteamericana denunció que no menos de 3,000 seres humanos habían fallecido. El reverendo Jesse Jackson estimó la cantidad de muertos en 1,200. Según la organización Internacional Human Right la cifra de muertos bien pudo llegar a 4,000, sin contar heridos, discapacitados y desmembrados.

Los invasores pagaban hasta seis dólares por cada cuerpo que recuperaban los pepenadores de los escombros. Centenares de cadáveres hubo que sacarlos con grúas y tractores debajo de la madera calcinada, de los hierros retorcidos. Más animados por borrar las pruebas que por otra cosa, los invasores recogían los cuerpos, los congelaban, los tiraban al mar con bombas de inmersión. Al resto se le enterró en fosas comunes.

El poeta cineasta Pedro Rivera y el cineasta Fernando Martínez recogieron una serie de testimonios de un importante número de personas que sufrieron en carne viva esta invasión. Producto de ese esfuerzo es ‘El Libro de la invasión’, prologado por Elena Poniatowska, editado por Fondo de Cultura Económica, un vademécum coral, una sinfonía de voces sufrientes contra el olvido. Individuos y diversos grupos humanos, con sus propios nombres, reviven los sucesos, peripecias, traumas, decisiones que tuvieron que tomar, unos como protagonistas, otros en salvaguarda de sus propias vidas. Veamos, el testimonio de Neribel Bonilla:

—‘Mi niña todavía pregunta por su padre, como si todavía estuviera trabajando. Le digo que está en el cielo. Si le digo la verdad, llora, pregunta... Mejor le digo eso. Cualquier cosa que oye, así sea un trueno, se asusta y dice que es bomba, que son los gringos que vienen...’.

El testimonio de Eduardo Cubillas:

—‘Como todo panameño, esperaba la caída drástica del gobierno. Pero nunca pensé en las barbaridades que se cometieron. Ellos tienen lo que querían, nosotros nada. Los civiles recibimos la peor parte. Con su tecnología pudieron agarrar a ese general Noriega, llevárselo en un bolsillo, sin necesidad de masacrar al pueblo...’.

O del colonense Eleuterio Lee, en cuya casa cayó una bomba, entre otras desgracias, un pedazo de metal se incrustó en el cráneo de su hijo de 3 años:

‘Al niño la operación le resultó bien, pero el metal le tocó parte del cerebro. El cerebro es una cosa que manda todo el cuerpo y no se reproduce. Ese daño es irreparable. No sé como lo va afectar en el futuro. El médico dice que no va a desarrollarse bien en sus estudios. Lo puede afectar la vista, el oído, cualquier cosa...’.

Cientos de testimonios rabiosos, enternecedores, como estos constituyen la mejor prueba de los innecesarios, necios, estúpidos comportamientos en los que incurren seres humanos —los líderes de los países más poderosos del planeta— sin ninguna necesidad trascendente, como ocurrió en Panamá el 20 de Diciembre de 1989.

Ojalá acciones como estas no vuelvan a ocurrir jamás, en este, ni en otro país de nuestra América.

El recuerdo de la invasión permanece como herida abierta en mi corazón.

*PSICÓLOGA Y DOCENTE UNIVERSITARIA.

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