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06 de Mar de 2021

Desmond Harrington-Shelton

Columnistas

Los irreparables fallos penales amañados

“Joe aportó su grano de arena […]; nos enseñó que desenvainar contra gigantescos molinos de viento da frutos a las finales e inspiración a sus similares en el presidio […]”

En 1965, hubo un asalto y muertos en Boston, donde el joven Joe Salvati (24 años) había sido señalado falsamente como partícipe y por esto pasó 30 años tras las rejas. Peor aún, su némesis, el FBI-Boston, ocultaba evidencia “prima facie” que lo hubiese exculpado desde el principio.

Él es puesto en libertad condicional en 1997, se recupera rápidamente y opta por desgarrarle el velo a la añeja fabricación en su contra. El recuperar tiempo perdido como jugar mayor tiempo con sus nietos y reclinarse en su mecedora, tomaría un segundo lugar hasta el lograr limpiar su nombre y obtener una revisión a su inmerecida sentencia.

Cuatro años después, y gracias a su perseverancia y estoicismo, Joe logra que el Departamento de Justicia de EU descubra la información que ocultaba el FBI-Boston. En el 2001 es formalmente absuelto.

Salvati tiene que haber sido un fuera de serie, ya que su esposa lo esperó esos 30 largos años, junto con sus cuatro hijos, que jamás lo negaron como piedra angular de la familia. Hace unos años, el Estado le otorga $30 millones y Joe no hace digna la minúscula restitución mencionándola, sino el indeleble daño que aquel fallo le hizo en no ver a sus hijos crecer, asistir a sus bodas y presenciar los bautizos de sus nietos.

Lo que no nos contará es que su mayor dolor fue el ser negado por muchos de sus amigos durante su estancia en la cárcel, el ser conspicuamente señalado por extraños en la calle cuando fue liberado condicionalmente y más aún, haber caído en lenguas viperinas de su respectivo Peyton Place por personajes que nunca lo llegaron a conocer, pero graznaron desde un púlpito.

Le minaron oportunidades de levantar cabeza en el umbral de un difícil siglo XXI. También, puede que Joe no nos cuente la cantidad de sueños y ambiciones personales en que jamás podrá embarcarse, debido a aquella zorra llamada geriatría. Joe aportó su grano de arena en su corto tránsito libre por este planeta; nos enseñó que desenvainar contra gigantescos molinos de viento da frutos a las finales e inspiración a sus similares en el presidio (o autoexilio). Yo empatizo con Joe; mi autoexilio e infierno fue de quince años.

Ingeniero en Sistemas y Telecomunicaciones.