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13 de Apr de 2021

Nicomedes Frías G.

Columnistas

'Almendra'

“Ese día no me gané un real, pero no cambiaría nada […], pues, aprendí, en poco más de cuatro minutos, a disfrutar el verdadero y dulce sabor de la almendra, gracias al maestro Víctor Paz”

Serían, tal vez, los cuatro minutos más apreciados de mi vida musical. Fue un sábado en la tarde, a inicio del siglo XXI, en el ya finado Club Habana Colonial, un bar que lastimosamente tuvo una efímera vida.

Allí fue donde probé por primera vez el ron cubano Varadero, una verdadera delicia para el paladar, tanto me impresionó su olor, su cuerpo y sabor que aún busco un ron que se le compare.

De escenario pequeño, era el epicentro del cuarto ensayo en tres semanas, pero nosotros, afinados y prestos para luchar con las piezas standard o tradicionales del jazz latin. Un compromiso que lo tomábamos muy en serio.

1… 2… 3… e iniciábamos con “Autum Leaves”, seguido de diferentes piezas.

Pasaba el tiempo entre copas, cambios de tonalidades, sugerencias de nuevos mambos, improvisaciones y no nos percatábamos de que el bar se llenaba poco a poco, claro en ese entonces escaseaban escenarios en donde los amantes del jazz podrían disfrutar su género favorito sin costo alguno, aunque sea de un pequeño grupo de aficionados que se atrevía a recorrer los siempre complicados terrenos del mundo del jazz.

En medio de los acordes de “Bilongo”, todo el público se percata de quién ha llegado. Con su sombrero de ala anchas, sus anteojos y sentado en la barra, casi como sacado de una escena de Casablanca, el gran Víctor “Vitín” Paz es reconocido por casi todos en el bar. Nadie supo cómo ni por qué fue a ese lugar, no era un lugar popular ni de músicos estrellas, pero allí estaba.

Lo admito, que Víctor Paz se siente en algún bar y escuche a seis aficionados del jazz te hace sentir liliputiense. Mientras tocaba las últimas notas de la pieza pensaba… “no puedo fallar… no puedo fallar ante la presencia del maestro”. Bien decía Blades, “!La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida!”. Pero en esta ocasión le evadí la mirada y me concentré en la pieza, rogando que terminara lo más pronto y pulcramente. Y así fue.

Una vez terminamos este set, la primera trompeta y yo nos acercamos al maestro para presentarnos, pero más que nada era para averiguar si teníamos su aprobación de la pieza.

Muy lento en su hablar, medido y con ojos que irradiaban franqueza dijo: “Joo… esa trompeta como que quiere salir volando por la ventana… hay mucha fuerza”. Sonríe levemente, como aprobándolo.

Luego me dice: “Y tú complementas bien en la segunda trompeta”. “Gracias, maestro, llevamos muchos años tocando juntos”, le respondo.

En la conversación hubo un silencio. Luego el maestro hace una panorámica del bar y dice: “bueno, sigan tocando, quiero seguir escuchándolos”. “!Sí… creo que eso fue una aprobación!”, pensé.

Esas palabras llenaron mi confianza y la del grupo, y sin saber que lo mejor estaba por venir, nos sentíamos como clase aprobada. “Estamos haciendo las cosas bien”, me repetía. Luego seguimos tocando con más cuidado que nunca.

Minutos después llegó el turno de “Almendra”, busco mi partitura y escucho un escándalo entre la gente, el maestro se abrió paso por la multitud, se acercó al escenario y preguntó: “¿Qué pieza viene?”. “Almendra, maestro”, le advirtió nuestro pianista. “Bien, ¿me permiten que les dirija?”. “!Por supuesto, maestro!”. Nada más fueron 10 segundos de instrucción y al ruedo.

Durante toda la pieza, seis pares de oídos y ojos estuvieron atentos a sus instrucciones. A pesar de que era la primera y única vez que nos dirigía, era imperdonable fallarle al maestro en el escenario.

Al dirigir, sus órdenes eran tan claras que cada ademán se convertía algo así como en las luces de un auto en una casi desconocida y oscura carretera, acelerando, desacelerando, subiendo, bajando, ¡en curva... frena! Un gran y confortable viaje musical de poco más de cuatro minutos.

Al final, como se esperaba, “Almendra” quedó fantástica. El público extasiado aplaudía. Doce palmas detrás del maestro también aplaudíamos, fue tan grandiosa su dirección que tuvieron que pasar tres días para darme cuenta de que los aplausos de la gente eran tanto para él como para nosotros. Los míos eran para el maestro, que nos enseñó cómo matizar de una manera elegante, sutil, audaz y hasta desafiante, no irrespetando la pieza, todo lo contrario, enriqueciéndola.

Luego de “Almendra”, el maestro se retiró lentamente del bar con una pequeña sonrisa, esa fue la última vez que lo vi. La experiencia para mí fue como si Elizabeth Taylor fuera a mi casa a ver Cleopatra.

Minutos después de esta imborrable lección, el ron Varadero sabía más dulce, mi vieja trompeta sonaba mejor y se los juro, no pude borrarme por una hora la sonrisa de mis labios de tanta emoción. Es más, a medida que hago este escrito, aún aparece.

Ese día no me gané un real, pero no cambiaría nada de lo que ocurrió en la Habana Colonial, pues, aprendí, en poco más de cuatro minutos, a disfrutar el verdadero y dulce sabor de la almendra, gracias al maestro Víctor Paz. Una lección, que, de no suceder, tal vez me hubiese tomado toda la vida.

Periodista