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17 de May de 2021

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Jorge Luis Prosperi Ramírez

Columnistas

Aún estamos en riesgo, ¡no te relajes, panameño!

“Este respiro que el control de la epidemia le ha proporcionado a los hospitales y establecimientos de salud, puede no ser permanente, y hay que estar preparados”

El comportamiento actual de la epidemia de COVID-19 en nuestro país, genera sentimientos encontrados y argumentos ambivalentes. Por un lado, estamos felices y optimistas porque los indicadores de la enfermedad muestran una clara tendencia hacia la baja, pero eso mismo se convierte en una preocupación, cuando vemos que en la mayoría de los países del mundo la situación es otra. Pero ¿será que estamos en riesgo?, o ¿podemos relajarnos un poquito? Vemos los argumentos disponibles y actuemos en consecuencia.

Para comenzar, la OMS informa recientemente que: “la pandemia de COVID-19 no muestra signos de alivio, y la incidencia mundial de casos y muertes ha aumentado a un ritmo preocupante desde mediados de febrero de 2021”. Un tercio de los casos y muertes acumulados a nivel mundial por COVID-19 se ha informado solo en los últimos tres meses, y los casos semanales alcanzaron niveles similares al pico anterior en enero de 2021. La tasa global de letalidad por infección también mostró un aumento con respecto a enero, impulsado, en gran medida, por un aumento en la Región de las Américas, de la cual formamos parte.

Pero ¿por qué ha pasado eso? De acuerdo con la comunidad científica internacional, es probable que los resurgimientos en los últimos cuatro meses hayan sido impulsados tanto por la aparición de variantes más agresivas del SARS-CoV-2, que ya están en Panamá, como por el uso inconsistente o abandono temprano de las medidas sociales y de salud pública. Ya sea por cansancio o por la llamada “euforia por las vacunas”, causante de que algunas personas asuman que las vacunas han terminado con la pandemia, al menos donde viven. Y eso no es así, pues hasta que no alcancemos más del 70 % de inmunidad colectiva, no saldremos de esta.

Lo más peligroso de este asunto, es que mientras el virus siga circulando, más variantes aparecerán, muchas de ellas asociadas con una mayor transmisión, mayor gravedad de la enfermedad y, lo peor, un mayor riesgo de falla de la vacuna o reinfección.

En ese sentido, nuestro país no está exento de riesgo, al contrario, y lo subrayo para que no quede duda, el riesgo para la salud pública nacional sigue siendo muy alto. Y es así porque no somos una isla que vive en una burbuja invulnerable, a la cual no la afecta el contexto mundial. No es así. Aunque somos un pequeño país, con relativamente pocos habitantes; nuestra posición geográfica nos coloca en una posición favorable para el arribo de variantes con implicaciones fenotípicas e importancia global. Pero, de nosotros depende que ese riesgo no se transforme en realidad.

En ese sentido, el último informe de la OMS subraya lo que ya sabemos y venimos haciendo: “la prevención y el control de infecciones y el cumplimiento con las medidas sociales y de salud pública han demostrado ser fundamentales para mitigar y limitar la transmisión y las muertes por COVID-19”. Esas medidas deben ser monitoreadas y ajustadas continuamente para tener en cuenta la intensidad de la transmisión y la capacidad del sistema de salud en todos sus niveles. Nuestra estrategia de comunicación debe fortalecerse para garantizar el compromiso ciudadano y evitar la fatiga pandémica, amén de permitir la recuperación progresiva y ordenada de la economía.

Por otro lado, nuestro sistema de salud debe aprovechar para fortalecer su capacidad integral de resolución. Este respiro que el control de la epidemia le ha proporcionado a los hospitales y establecimientos de salud, puede no ser permanente, y hay que estar preparados. Revisemos y mejoremos el estado de la infraestructura existente; compremos, al mejor precio y calidad disponible, las camas y equipos necesarios; aprovechemos las mejores opciones de negociación y compra de medicamentos, como el oxígeno y la terapia sistémica con corticosteroides para aquellos con COVID-19 grave o crítico y; no menos importante, fortalezcamos los procesos de educación y capacitación permanentes de nuestros recursos humanos.

Al final, el elemento necesario e indispensable para garantizar nuestra protección en el mediano y largo plazo serán las vacunas. Nosotros vamos por buen camino: tenemos acceso a dos vacunas seguras y efectivas y hemos vacunado con dos dosis a cerca del 5 % de la población. El asunto es que para vacunar de forma oportuna a los casi tres millones de ciudadanos que nos hacen falta para alcanzar la inmunidad de rebaño, necesitamos tener acceso a cerca de siete millones de dosis adicionales, y eso sin contar con que probablemente se requieran tres dosis para las vacunas que tenemos.

Como dijo recientemente el director de la OMS, en un mundo caracterizado por la inequidad en el acceso a las vacunas, la humanidad necesita que “los países y las empresas que controlan el suministro global compartan financieramente, compartan sus dosis con Covax de inmediato y compartan sus conocimientos para aumentar de forma urgente y masiva la producción y distribución equitativa de vacunas”. Cierro con el reto final del Dr. Tedros: “Si lo hacemos o no, no es una prueba de ciencia, fuerza financiera o destreza industrial; es una prueba de carácter”.

Médico, exrepresentante de la Organización Mundial de la Salud (OMS).