18 de Sep de 2021

Avatar del Jorge Anel Samaniego Ríos

Jorge Anel Samaniego Ríos

Columnistas

¿Quién quiere cambiar?

“El cambio que necesitamos viene de adentro. Es una batalla que debemos librar con nosotros mismos, y son precisamente esas batallas las más difíciles, […]”

“El cambio es la única constante”, declaraba el filósofo presocrático griego Heráclito de Éfeso, por allá por el año 500 a. C., aproximadamente. Una llama crepitante es el devenir cotidiano, siempre cambiante, irrepetible. Pero fuego, es fuego.

Una tendencia de este siglo XXI es la búsqueda del cambio. La sociedad anhela cambios que impacten de manera importante su actualidad. Un golpe de timón diferente que nos enrumbe hacia derroteros beneficiosos para todos. Nos hemos transformado en la “sociedad de los anhelos”. Todos anhelamos mejores días, exigimos cambios; pero, ¿por qué no cambian las cosas?

Otra tendencia actual es la “virtualidad” de todo. Estamos tan metidos en el mundo de las redes, que nuestra percepción de la realidad se ve obnubilada por las luces de las pantallas inteligentes. Estamos convencidos de que un “like” en la pantalla puede hacer una diferencia real en el mundo. Nos empeñamos en quejarnos por redes sociales y hasta generamos campañas que exigen que los Gobiernos cambien su rumbo, “o ya verán” … ¿Ya verán qué? Exigir y amenazar desde un teléfono. ¡Já!

Amenazas de movilizaciones multitudinarias, llamados a protestar, y cuanta cosa se nos ocurra invaden la internet, con coloridos despliegues de creatividad, pero no son más que gritos mudos, meras morisquetas animadas que no difieren de las tiras cómicas que veíamos en la televisión cuando éramos niños. Pensándolo bien, sí son diferentes. Incluso siendo niños entendíamos que las cómicas no eran reales, mientras que ahora, siendo adultos, apostamos a que sí lo son. “Firma esta propuesta, y la Tierra será plana” … Idioteces semejantes son temas de interés en el mundo tecnológico.

El fuego del cambio declarado por Heráclito nos ha quemado. Nos ha quemado al punto en que hemos perdido las terminaciones nerviosas y no sentimos que nos quema. En vez de sentirnos horrorizados ante el dantesco espectáculo de vernos arder, nos sentimos hipnotizados por la luz de las llamas, como si pudiéramos prescindir de nuestras extremidades, y finalmente hasta de nuestro cuerpo sin tener que padecer la muerte, y el fin de nuestra experiencia en este plano. Desconexión total de nuestra realidad corpórea.

Llevando esta escena a lo colectivo, la sociedad actúa de manera similar. Vemos el mundo arder por las marcadas diferencias económicas, por la guerra, por el hambre y la falta de educación, pero “eso no es acá” … ¿En serio no es acá? ¿Acaso tenemos otro planeta hacia el cual escapar, en caso de que dañemos este de manera irreversible?

Somos expertos en opinar sobre los asuntos que afectan países vecinos, pero no vemos que tenemos los mismos problemas, o, acaso, que los nuestros sean hasta peores. En nuestro disparate, hemos llegado a creer que el fin del mundo es “aplazable”, y que por solo creer que no nos tocará a nosotros verlo, no sucederá. Mientras pensamos esto, cavamos nuestra propia tumba con cada acto egoísta que generamos.

La disciplina genera hábitos, y los hábitos se convierten en costumbres. Para poder generar los cambios que anhelamos, debemos dejar la comodidad de las redes, y empezar a actuar. El cambio que necesitamos viene de adentro. Es una batalla que debemos librar con nosotros mismos, y son precisamente esas batallas las más difíciles, pues somos el enemigo en una paradoja suicida.

Nadie puede querer a otra persona sin quererse primero a sí mismo. Para querernos, tenemos primero que aceptarnos. Nadie es perfecto, y no podemos querernos a medias. Debemos abrazar lo bueno con lo malo, y hacer un firme propósito de mejorar aquello que no nos gusta para vivir mejor. Pensemos en ello como una limpieza de la “casa” que habitamos, literalmente. Sacudir aquí, barrer allá. Abrir puertas y ventanas para que las brisas frescas y saludables del cambio puedan entrar. Una mente cerrada no puede cambiar, y tampoco es saludable. Creer que siempre tenemos la razón no solo demuestra que vivimos equivocados, sino que también es prueba tangible de incapacidad.

Culpar a los demás de nuestros errores, no estar dispuestos a escuchar opiniones, apartar a los que piensen diferente, y encima, autoproclamarnos como exitosos, teniendo el peor desempeño posible, son declaraciones innegables de incompetencia retrógrada, propia de zascandiles.

Cualquier parecido con los gobernantes de todos los países golpeados por la crisis actual es mera coincidencia. Al final, ellos no llegaron allí solos, nosotros los elegimos. Y viendo lo mal que actuamos como individuos, debemos estar bien representados.

Queremos el cambio, pero, ¿quién quiere cambiar?

Dios nos guíe.

Ingeniero civil.