18 de Sep de 2021

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

Cerrar escuelas también condujo a más muertes

“[…] ni siquiera el propio modelo matemático que constituyó en teoría la base de los cierres prolongados de escuelas en Panamá, proyectaba utilidad alguna de estos en reducir muertes […]”

En artículo previo (“Los encierros probablemente aumentaron muertes”, La Estrella de Panamá, 10.05.2021) vimos que el propio modelo del Imperial College London (ICL), usado para encerrar a la población sobre el supuesto de que era para “salvar vidas”, en realidad proyectaba que el encierro conduciría a más muertes totales que una estrategia de protección selectiva de las personas en alto riesgo, básicamente los mayores de 70 años. Pues bien, ese mismo modelo también proyectaba que cerrar escuelas era otra medida que conduciría a más muertes totales que la alternativa de mantenerlas abiertas.

El modelo del ICL exploraba diversas estrategias en diversos escenarios. La estrategia que combinaba aislamiento de casos sospechosos, cuarentena en casa para quienes cohabitan con los casos sospechosos, y distanciamiento social selectivo para los mayores de 70 años (estrategia, recuerde usted, en que el resto de la población continuaba conduciendo su vida con práctica normalidad, sin confinamiento domiciliario, restricciones de movilidad, ni cierre de establecimientos bajo el odioso criterio de “no esenciales”), resultaba la estrategia con menor número de muertes totales, frente a la estrategia que combinaba los mismos primeros dos elementos de la ya mencionada, pero que en vez de recomendar distanciamiento social selectivo de la población en alto riesgo (los mayores de 70), lo ordenaba para toda la población. Más no siempre es más.

En cuanto a cerrar escuelas y universidades, una de las estrategias evaluadas por el modelo era precisamente la de añadir estos cierres a la estrategia de “protección focalizada” ya mencionada de recomendar el distanciamiento solo de la población mayor de 70 años. En todos los escenarios hipotéticos proyectados por el modelo, la adición de cierres de escuelas y universidades resultaba en considerablemente mayor número de muertes totales. Por “considerablemente mayor” me refiero a entre 60 y 77 por ciento más muertes totales, según el escenario. Corridas del modelo por otro grupo investigador corroboraron estas proyecciones contraintuitivas: “confirmamos que la adición de cierres escolares y de universidades al aislamiento de casos, cuarentena doméstica, y distanciamiento social [selectivo] de los mayores de 70, conduciría a más muertes, comparado con el escenario equivalente pero sin los cierres de escuelas y universidades” [BMJ 2020;371:m3588].

Sin embargo, el Gobierno británico no atendió dicha implicación contraintuitiva del modelo y ordenó cierre de escuelas y universidades. ¿Por qué lo hizo? Graeme Ackland, uno de los coautores del artículo arriba citado, comenta en pieza de opinión publicada en la misma edición de BMJ: “probablemente, el impulso natural de alguien enfrentado a un resultado que choca con sus ideas preconcebidas es la negación, y los científicos no son diferentes en este sentido. El Reino Unido había planificado para una epidemia de influenza, y las escuelas son un caldero de transmisión de influenza. Así, aunque la baja infectividad y morbilidad de los jóvenes era entendida ya en marzo, puede haber sido difícil de aceptar qué tan distintos realmente son la influenza y el covid-19, y pudo haber algún nerviosismo en intentar cualquier cosa contraintuitiva basada en un modelo”. Sí, los científicos no son inmunes a la disonancia cognitiva. Ackland continúa: “la lección general del modelo es simple. Las intervenciones efectivas son aquellas que se enfocan fuertemente en proteger a los vulnerables. Medidas más amplias sobre toda la sociedad resultan contraproducentes en el largo plazo”.

Siempre he dicho en mis críticas a los encierros y demás restricciones, que no critico tanto las decisiones adoptadas en marzo de 2020 como el hecho de que las autoridades hayan demostrado absoluta indisposición e incapacidad para reevaluar dichas decisiones a la luz de nueva evidencia. Pero esto ya es otra cosa. Esto apunta a que las autoridades o sus asesores leyeron el informe de un modelo, anunciaron a la faz del país que basaban su estrategia en ese modelo y que, según este, había que cerrar el país y encerrar a la gente, y ahora resulta que ese mismo modelo arrojaba que la estrategia que eligieron era una que resultaría en más muertes que otras estrategias menos draconianas. No conforme con ello, el Gobierno mantiene más de un año después, exactamente la misma estrategia (las escuelas siguen cerradas, y en Chiriquí y Veraguas acaban de adoptar nuevamente toque de queda general).

Tenemos entonces que ni siquiera el propio modelo matemático que constituyó en teoría la base de los cierres prolongados de escuelas en Panamá, proyectaba utilidad alguna de estos en reducir muertes, y más bien proyectaba que estos cierres resultarían en mayor cantidad de muertes. Es muy preocupante que ni los tomadores de decisiones que han dicho durante más de un año que las restricciones se basaban en evidencias científicas, ni aparentemente sus asesores, hayan entendido las implicaciones del modelo matemático sobre el que decidieron basar la estrategia de restricciones draconianas impuestas sobre la población. Seguirán entonces tomando exactamente las mismas decisiones contraproducentes.

Abogado