25 de Sep de 2021

Roberto Díaz Herrera

Columnistas

La guerra mundial pro y antivacunas

“La sociedad tiene pleno derecho de exigir información confiable y sin censuras, siendo la vida un derecho de primera generación […], consagrado, en todas las constituciones y en convenios internacionales, como innegables Derechos Humanos”

Pocas veces en mis años -que ya son extensos e intensos- he visto una verdadera “guerra mundial” ante cantidad, de médicos, biólogos, inmunólogos, epidemiólogos y otros especialistas, tanto a favor como en contra del uso de las actuales vacunas. Aprobadas como emergencia sanitaria por la crisis mundial planetaria, se hicieron a título de exprés, saltándose fases obligantes para vacunas anteriores, realizadas en años y no en solo seis meses, como las que prueban hoy; no hubo tiempo para la fase de experimentos con animales antes del uso en humanos.

Los médicos que las avalan basan su defensa en “evidencias robustas”, apoyados en informes de las propias fabricantes, pese a que médicos en el mundo postulan fármacos antivirales y otros, ya existentes, que bloquean e inutilizan este virus atendido en fases tempranas (algo que se descuidó mucho). La sociedad mundial, bombardeada por la guerra mediática que nos aterrorizó, esperó el milagro de una cura que detuviera la pandemia. El baño de agua fría es que al final los sistemas han reconocido “que las vacunas no curan, no evitan infecciones ni que infectemos a otros, pero si nos invade el virus sus efectos serán más leves”. El “milagro” se desvaneció.

Los sistemas oficiales, de buena fe, es lógico, avalan su uso, confiados en que se logre una pronta inmunidad de rebaño. Sin embargo, cada vez se agregan más voces científicas calificadas, que no solo dudan de los esperados efectos benéficos, sino que hacen denuncias sustentadas, según sus experticias, de que estos productos hechos a la carrera harán mucho daño, en especial a plazos medios y largos.

¿Qué nos queda a los comunes y silvestres? Navegar entre las dudas e incertidumbres. Mucha gente siente que juega a una ruleta rusa ante la información oficial: “El 80 % no sentirá nada o muy poco; el 20 % será hospitalizado y algunos por edad y comorbilidades diversas ingresarán a una UCI, donde es una lotería salir vivos”. Esta fabricación exprés -alegan especialistas- atenta contra la comprobación de inmunogenicidad y por ende, de seguridad. Atropellan la máxima de Hipócrates: “No hacer daño”.

Científicos opuestos decididamente a estas vacunas, nos dicen que el uso del ARN mensajero, jamás utilizado en humanos, puede alterar el código genético, con lo cual son impredecibles sus efectos, sobre todo a plazos medianos y largos. Ya hay reportes de secuelas leves, pero también severas y muertes en diversos países. En secreto, médicos amigos nos cuentan de pacientes conocidos que las sufren en Panamá, condenados los galenos al silencio, en vez de oportunos reportes para investigación.

Si algo debemos a Mr. Google es leer, pensar y analizar, aún a legos en Medicina, tal como médicos o ingenieros pueden tener información en materia de Derecho. Finalmente, no creemos “que la Ciencia aporte mucho a la humanidad prohibiendo y censurando opiniones técnicas solo porque contraríen las versiones oficiales”. ¿Ya dejó de ser ensayo y error?

Siendo legos en Medicina, aprovechamos solo para informar lo que nos llega sobre esta guerra de controversias, donde los sistemas oficiales tienen el mazo en la mano y los que expresen contradicciones son solo “conspiradores” que reciben el golpe. Esa ecuación -sin paridad de oportunidad en las exposiciones- tampoco creemos que es “Ciencia”.

La sociedad tiene pleno derecho de exigir información confiable y sin censuras, siendo la vida un derecho de primera generación en el planeta, consagrado, en todas las constituciones y en convenios internacionales, como innegables Derechos Humanos. Y eso sobrepasa “el control del Gobierno o los sistemas oficiales de salud”.

Si, no siendo médicos, acudimos al Convenio de Helsinki, en su artículo 37, leeremos este concepto: “Cuando el médico no encuentre una cura oficial comprobada, podrá ensayar bajo su criterio científico cualquier terapia bajo el consentimiento informado del paciente o su representante legal, si considera que puede aliviar el sufrimiento del paciente o salvarle su vida”. Dicho Convenio data de 1964 y fue precisamente la Asociación Médica Mundial la que lo redactó. Entre nosotros hubo un caso público y notorio. El de una doctora sencilla de un área pobre, quien, por atender abnegadamente en atención primaria y salvar vidas sin letalidad ni mortalidad, fue acusada “por sabios inquisidores” de brujería y se le mandó del Minsa una doctora y una abogada para investigarla. Ella -abogada también- comprobó sus atenciones oportunas y sin víctimas. Casi la condena la “Nueva Santa Inquisición Médica”.

Abogado y militar retirado.