28 de Sep de 2021

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Rafael Carles

Columnistas

En defensa de la democracia

“Algunas democracias establecidas desde hace mucho tiempo, como la estadounidense, están siendo amenazadas en formas que alguna vez se creyeron impensables”

Muchas personas ven la democracia en peligro. Tras el fin de la Guerra Fría y la caída del Muro de Berlín en 1989, la democracia se perfilaba como el sistema de gobierno del futuro. Pero ahora el estado de la democracia se ve diferente. Escuchamos sobre retrocesos, decadencias, incluso indicios del surgimiento de una especie de autoritarismo en varios países. Algunas democracias establecidas desde hace mucho tiempo, como la estadounidense, están siendo amenazadas en formas que alguna vez se creyeron impensables.

Por eso, para revertir esta tendencia y promover la permanencia de la democracia en nuestro país, lo primero que debemos hacer es quitarnos de la mente la idea de que la democracia es como una receta universal que puede aplicarse igual en todas las sociedades del mundo. La característica central de la democracia, que quienes gobiernan pueden hacerlo solo con el consentimiento del pueblo, ha evolucionado a través del tiempo de forma independiente y diferente en los países.

Durante varios milenios y en varios continentes, la democracia fue una institución en la que los gobernantes gobernaban conjuntamente con consejos y asambleas del pueblo. La gente, o al menos una fracción importante de ella, ejercía este poder de muchas formas diferentes. En algunos casos, el gobernante era elegido por un consejo o asamblea y se limitaba a ser el primero entre iguales. En otros casos, el gobernante heredaba su posición, pero enfrentaba restricciones para buscar el consentimiento de la gente antes de tomar acciones tanto grandes como pequeñas. La alternativa a la democracia era la autocracia, un sistema en el que una persona gobernaba por su cuenta a través de subordinados burocráticos a quienes reclutaba y remuneraba.

Por supuesto, un retorno a la democracia antigua no es posible ni deseable. Pero la democracia de antes nos puede ayudar a comprender mejor las debilidades de la democracia actual. Y si la miramos bien y de cerca, puede incluso ayudarnos a hacer que la democracia actual cumpla mejor con su razón de ser: llevar el poder al pueblo.

La gran diferencia entre la democracia antigua y la actual es que anteriormente era un fenómeno a pequeña escala. Cuando la gobernanza era local como antes, los consejos tendían a reunirse con mucha frecuencia, ya sea para crear leyes o asignar impuestos. Esa pequeña escala tenía una implicación crítica para la naturaleza de la política: quienes participaban en política tendían a hacerlo de forma directa y profunda. En la democracia actual, la participación es muy superficial y quienes lo hacen es por conveniencia y para exprimir hasta la última gota al sistema.

Esto ha hecho que, para la mayoría de nosotros, la democracia significa solo votar en elecciones cada cuatro o cinco años, y que otros toman las decisiones por nosotros. Este arreglo tiene el riesgo de convertir a las personas en ciudadanos desinteresados y a las sociedades en poblaciones sometidas. Una forma de abordar el problema es reducir la escala y delegar más poder a las provincias y los municipios de manera que la toma de decisiones se realice a un nivel más local. Históricamente, esto se promovió mediante inversiones en la difusión de información. Recordemos aquel primer experimento en Estados Unidos con la publicación, en 1787, de los “Federalist Numbers” y la aprobación de la Ley del Servicio Postal en 1792, que permitió la distribución subvencionada de periódicos.

El mundo de hoy es muy diferente al de 1792; los ciudadanos, si quieren, pueden ahogarse en información y desinformación. Esto sugiere que debemos pensar en nuevas ideas para poder conectar mejor a los ciudadanos con el Gobierno, brindándoles fuentes de información veraz que estén en contacto con la realidad. Los medios de comunicación enfrentan condiciones económicas globales que están llevando a su desaparición, por lo que un subsidio a los medios confiables podría ser un dinero bien gastado. Sin embargo, siempre hay que cuidarse de los periodistas y medios que han escogido la fácil tarea de criticar y han olvidado su función de informar, educar y entretener, lo que ha ahuyentado aún más la función de consumir información veraz.

Al final, las lecciones son claras. La democracia permanecerá siempre que seamos capaces de aprender de la historia y entender que este sistema de gobierno es mucho más amplio y profundo de lo que a menudo se presume. Porque solo decir que el modelo democrático está gastado, es señal de que no hemos hecho la tarea ni mucho menos prestado la debida atención que merece el tema. Personas de todo el mundo y a lo largo de siglos han dado testimonios suficientes de que cuando se crean instituciones democráticas y se practica la democracia, el bienestar y el espíritu humano florecen.

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