29 de Nov de 2021

Columnistas

Una estrategia para salvar vidas

“En el segundo sorbo, enredado entre los fideos de la sopa, un trozo de pollo escapó hacia la garganta. De manera súbita el almuerzo se transformó en un escenario de angustia”

La pandemia permitió decantar mis relaciones sociales. El encierro me llevó a filtrar la pertinencia de algunas de ellas, entre otras, prescindir de redes sociales y particularmente de aquellos grupos de “wasap” que no me dejaban dormir. Eliminé varios grupos tóxicos y la acción me ha traído alivio, descanso sosegado, y dejar fuera de mi sistema los malos pensamientos. Ya los especialistas en salud mental me recomendaron eliminar lo que daña, evitar el consumo de desinformación, agresividades y basura mediática. Me he sentido libre, ligero y feliz. La riada de la pandemia arrastró a quienes no me aportaron nada y trajeron a flote lo valioso y los sustantivo en mi vida.

La semana pasada retomé mi intención de exaltar esas relaciones que la COVID-19 no arrastró al olvido. Decidí reunirme en un restaurante local para compartir un almuerzo. Karla y yo nos dimos cita y estuvimos puntuales para honrar esos valores rescatados en pandemia. Karla sonriente y radiante, y tras sus anteojos brillaba la alegría que la caracteriza. Compartimos unos abrebocas ante de comenzar. Como siempre, la mesa es el escenario más gratificante para ello. La mesa y compartir alimentos, siempre resulta un acto, sino el más ancestral, el que refuerza lazos sociales entre quienes están convidados, sin embargo, tiene el potencial de convertirse -de manera súbita- en un escenario de terror.

La plática giró en torno a la gratitud por estar con vida en pandemia, la seguridad del hogar, el privilegio de ver crecer a los hijos, el teletrabajo, la docencia en pantalla, los problemas de salud mental y otros temas. El asunto del Código Electoral y los diputados de la Asamblea -por lo desmoralizante- no fue tema del almuerzo. Los meseros sonrientes trajeron la carta, pusieron agua y el asunto arrancó. El cardápio sugirió algunas propuestas. Me decanté por unos aperitivos para compartir y una sopa. En el transcurso de los años me he refinado por caldos, humeantes, fragantes y ligeros. Ya he descubierto que el metabolismo del cuerpo me funciona mejor con alimentos ligeros, más verduras y menos carnes rojas. Karla acertó con un platillo oriental, también sano y de colores brillantes.

Henry Heimlich fue un galeno de origen norteamericano y egresado, como algunos panameños que conozco, de la Universidad de Cornell. Heimlich se recibe como médico en el año de 1943 y es reconocido como aquel que crea -en el año de 1974- una estrategia para el tratamiento de las personas que se encuentran, en algún momento, sofocadas por una obstrucción traqueal. La operación es conocida mundialmente como la Estrategia de Heimlich, en honor a su nombre. La Estrategia de Heimlich es incorporada a nivel mundial como los procedimientos validados, junto con la reanimación cardiopulmonar, como métodos efectivos para salvar vidas.

Los alimentos llegaron. Me declaro amante del picante y mi sopa no puede prescindir de los aromas y los sabores del ají. Sorbí una cucharada del humeante platillo. En el segundo sorbo, enredado entre los fideos de la sopa, un trozo de pollo escapó hacia la garganta. De manera súbita el almuerzo se transformó en un escenario de angustia. No podía respirar y escupí parte de la sopa sobre la mesa. Karla no entendía lo que ocurría, otros comensales del local se levantaron de sus mesas y escaparon, inquietos y sin ganas de intervenir en la escena. El mesero se acercó tratando de ayudar golpeando mi espalda. Me agotaba en el esfuerzo de respirar y ordenar mis pensamientos mientras trataba de entender qué estaba ocurriendo. Todo fue confusión, sudor y líquidos añadidos a la escena. De dónde no sé, los paramédicos aparecieron y no terminaban de acertar el qué hacer para lograr que yo volviera a respirar. Según la Cruz Roja y la Asociación Estadounidense del Corazón recomiendan dar fuertes palmadas en la espalda o introducir un dedo en la garganta. Opté por lo último, combinado con un reflejo de tos que logró expulsar el trozo de pollo, el cual voló en una línea elíptica que fue seguida por la mirada de los seis especialistas de emergencia, los meseros del restaurante y por supuesto, por Karla, quien -entonces aliviada- observaba desde el otro lado de la mesa. Respiramos todos y regresé a la realidad.

Para quienes no están familiarizados con la Estrategia de Heimlich, acá la describo. Abraza a la persona desde atrás con los dos brazos. Agarra tu pulgar con la mano y ciérrala en forma de puño. Luego apoya el puño con el pulgar sobre el abdomen, en un punto a media distancia entre el ombligo y el final del esternón. Seguidamente pon la otra mano encima y aprieta con fuerza hacia arriba y hacia adentro. Una vez hecha la maniobra, revisa si la persona ha logrado expulsar el objeto que la estaba asfixiando.

No hay números concretos, pero encontré como referencia que, desde que fue adoptada, se han salvado algo cerca de 100 000 vidas solo en los Estados Unidos. Me sumo a los números y a la lista de quienes se han beneficiado de ella, entre ellos Ronald Reagan, Cher, el exalcalde de Nueva York, Edward Koch, los actores Elizabeth Taylor, Goldie Hawn, Walter Matthau, Carrie Fisher, Jack Lemmon y Marlene Dietrich. Clint Eastwood salvó con ella al director de un torneo de golf en California, al que se le había atrancado un trozo de queso.

Terminé el almuerzo -respirando y tranquilo- con una infusión de frutos rojos y manzanas, para entonces confirmar que de la intensa experiencia emerge entre los dueños de restaurantes, administradores de centros comerciales, personal paramédico, agentes de seguridad, la oportunidad de capacitar, para que puedan entender cómo un puño y un apretón en el lugar apropiado, y en el momento oportuno, puede salvar vidas. Tú que me lees, te invito a entender, practicar e integrar la Estrategia de Heimlich a tu acervo y con ello, aumentar la posibilidad de salvar una vida, la tuya, o la de alguien más.

Ingeniero

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