09 de Dic de 2021

Columnistas

¿Cuál constituyente?

“Si cada estamento particular se reúne y precisa sus reclamos, y más adelante se reúnen los distintos estamentos en asamblea general, podremos construir un poder de apoyo para contener los desmanes del sistema actual”

La constituyente originaria, que algunos reclaman como “desiderátum”, para serlo, no basta con definirse como no paralela, sino que debe recabar para sí el poder real. Toda constituyente originaria o fundacional define los poderes del Estado, los crea, los organiza, los regula y los nutre con una nueva legalidad.

La Asamblea chilena, por más que se arroga poderes para redactar con entera libertad sus contenidos, está taponada por un Ejecutivo que no adopta el programa de la Asamblea y no acepta liberar a los presos políticos que lucharon por su convocatoria.

Observemos que los recientes acontecimientos de Chile, en los cuales una movilización popular masiva y sistemática, después de un par de años de saturar las calles, logra concretar la convocatoria y realización de una constituyente, nos muestran los riesgos de un camino que mezcla reclamaciones justas, pero sin destruir el poder fáctico precedente. Esto es lo que se llama una constituyente paralela.

Como puede verse en el ejemplo citado, los poderes precedentes campean dentro de un panorama de abusos y represiones que dejan en el balcón a los poderes centrados en la legitimidad del voto mayoritario. Esto que describimos es la esencia de una constituyente paralela. Un ejemplo previo, ya distante en el tiempo, fue la constituyente paralela de Colombia, en 1991, construida con la fuerza de una utopía que se encaramó sobre la fuerza del “voto sin poder”, más claro aún, sin la fuerza que instrumentare el desarme de los instrumentos oligárquicos.

Lo anterior nos está indicando que la forma de una constituyente no es decisoria en materia de definir su calidad democrática, pero lo que sí la define es el proceso de su construcción, esto implica que abordemos los mecanismos de participación genuina que fluyen dentro del proceso constituyente, pero antes veamos lo que perturba esa participación.

Lo que sucede en Panamá es que el poder económico realmente conocido y el paralegal han destruido y corrompido la participación, transformándola en un circo de convocatorias circenses y carnestoléndicas en las cuales el pueblo se subsume y se pierde a sí mismo, guiado por el engañoso aforismo “del lobo un pelo”. El voto queda comprometido por el mecanismo clientelar estructurado para cada circuito electoral.

A la observación anterior, añadamos que la representación territorial está desvirtuada por la estructuración de los circuitos citadinos que tienen disimilitudes internas y muchas veces adolecen de falta de continuidad territorial. Nos preguntamos, igual que el lector, ¿cómo sortear el poder de los mecanismos plutocráticos que adulteran una elección?

Veamos, en primer lugar, los inconvenientes de la representación territorial cuando sus irregularidades crecen cual ramas sin podar: un caso se daba en Francia, cuando los barrios de los sectores obreros se diferenciaban de los sectores acomodados imponiendo candidatos de estirpe obrera; De Gaulle resolvió este escollo mezclando circunscripciones obreras con otras de gente acomodada, impidiendo que se diera una fuerte representación obrera. Por otra parte, y en nuestra latitud, Torrijos resolvió la necesidad de incentivar una mirada al campo profundo para balancear el carácter transitista de nuestra mirada institucional, para ello convocó a una asamblea de representantes de corregimiento, cuya balanza estaba inclinada por una mirada ruralista. Ese “sesgo” bien intencionado fue “corregido” por las sucesivas modificaciones electoralistas que nos trajeron a la condición actual.

Se nos plantea concebir una participación popular que supere al mecanismo electoralista degradado de la actualidad. Proponemos echar una mirada al mecanismo de representación estamentaria como salida urgente y tal vez temporal a la presente situación.

Hay una racionalidad económica implícita en la representación estamentaria. La sociedad actual, por su forma de trabajar, se reconoce en distintos estamentos sociales: los educativo-culturales; los de transporte y acarreo terrestre; los de transporte y acarreo marítimo; los de transporte aéreo, logística y servicios de apoyo terrestre¸ los agroforestales; los sanitarios; los industriales; los de construcción; los de administración del Estado; los canaleros, los de seguridad y protección de bienes y ciudadanos, indígenas, etc.

Los mecanismos de participación estamentarios no requieren de complicadas campañas electorales, ya que su ámbito decisorio natural es la asamblea del estamento; podrán existir dificultades y discrepancias, como en todo mecanismo de colaboración y participación entre humanos, pero siempre son más fáciles de abordar que en un conglomerado circuital sin adhesión interna. Cada estamento puede autoconvocarse y establecer la forma como ha de concurrir a la reestructuración del Estado. Más adelante podrá ponerse de acuerdo para la representación territorial de los pobladores que no están reflejados en ningún estamento.

Si cada estamento particular se reúne y precisa sus reclamos, y más adelante se reúnen los distintos estamentos en asamblea general, podremos construir un poder de apoyo para contener los desmanes del sistema actual. Tal vez por ahí sea la salida del pantano actual ya que estaríamos sorteando a los mecanismos electocráticos vigentes.

Si revisamos en la historia reciente los mecanismos de las Asambleas Constituyentes protagonistas de los episodios revolucionarios mundiales, podremos constatar que, en la base de los Estados generales, o de los Consejos obreros, siempre están mecanismos de agrupamiento embrionario que se construyen sobre la base de la movilización de los estamentos de producción, de servicio y de defensa. Hay que rascar las páginas de la historia.

Médico

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