29 de Nov de 2021

Columnistas

Decodificando valores: tiempo

“No tengo todas las respuestas sobre cómo inculcar [...] el valor del tiempo, pero sé que, de no hacerlo, todos perdemos vida, dinero y tiempo”

El tiempo, la cuarta dimensión en la que vivimos, es amorfo, transparente, voluble y en muchos casos incontrolable. El tiempo no distingue de razas o clases sociales y se distribuye equitativamente a todos. No podemos detenerlo o acelerarlo y aunque ordenemos el nuestro, está abrumadoramente influido por los demás.

“El tiempo es oro”, dicen. Pero si es así, el tiempo puede ser pesado, vendido, cotizado y convertido en joya. No, el tiempo es más valioso que cualquier diamante y la pregunta es cómo los individuos dentro de su sociedad valoran su tiempo como el de otros. Aun cuando valoremos nuestro tiempo mucho más que el de los demás, la preguntas es: “¿cuánto más?”.

Me parece que sociedades exitosas y felices valoran colectivamente mucho más el tiempo de otros que aquellas más pobre y miserables y esto es evidente a todos los niveles; desde el acceso a servicios básicos hasta reuniones personales. En estas sociedades, “de primer mundo”, como se apodan, es común ver menos tráfico y menos filas, más acceso a tecnologías que facilitan el acceso a servicios y productos, menos burocracia y más orden en lo referente a propiedad privada, al transporte y en general a la relación entre personas. La puntualidad, por ejemplo, varía mucho entre culturas y me parece que existe una correlación directa con la prosperidad. En la rica Alemania, por ejemplo, se valora mucho más que en la pobre Irán.

Gran parte de la prosperidad de los países se basa en el transporte público, que ahorra mucho tiempo y estrés a la ciudadanía, además del ahorro económico. Pero la atención al “tiempo de otros” es evidente también en situaciones menos grandiosas, como esperar a la luz verde del semáforo. En algunas sociedades querrán pasar lo más rápido posible, pues valoran el tiempo de los que esperan atrás, mientras en otras se jugará con el celular y no les importa si menos carros pasan por su descuido.

La compañía americana Amazon ha desarrollado, a un alto costo, un sistema que permite a una persona comprar productos sin pasar por un cajero. Este sistema permite recortar costos y hasta reducir robos, pero su principal motivación es ahorrar tiempo al consumidor.

Una cita llega puntualmente a la oficina de un profesional o un oficial público, el cual se encuentra en medio de una acción, como una conversación o escribiendo un documento. ¿Cuánto tiempo le parecerá correcto retardar a su cita antes de que interrumpa su acción? Algunos la interrumpirán de inmediato y otros la dejarán esperando. El problema está en aquellos que “dejan esperar” a otros, pues ellos no piensan que, en esta acción única y particular, están perpetuando una cultura de “que el otro espere”, sin considerar que la próxima vez, “el otro” serán ellos. Y como granos de arena, esta cultura de menospreciación construye una montaña de ineficiencia y desidia que al final disminuye nuestra calidad de vida, que irónicamente es casi imposible de medir, por lo tanto, la mayoría de la gente, la determina erróneamente como incambiable.

Pero esto no es cierto. La valoración del tiempo de otros es posible estando intricadamente relacionada a otros valores como nuestra afición por los demás, a la eficiencia y al trabajo duro, pues valorar el tiempo de otros es obviamente más difícil que no hacerlo.

Existen ya tecnologías que ayudan. Por ejemplo, una aplicación en que se sigue por GPS al transporte público y así el usuario puede saber exactamente cuándo su bus llega. O una aplicación que coordina citas entre personas pudiendo comunicarse si existe un retraso. Pero la tecnología no es suficiente. Debe implementarse una masiva campaña educativa que promueva “el tiempo de otros es el nuestro también”. No tengo todas las respuestas sobre cómo inculcar en una sociedad el valor del tiempo, pero sé que, de no hacerlo, todos perdemos vida, dinero y tiempo.

Arquitecto

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