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20 de Ene de 2022

Columnistas

Variante ómicron, ¿amiga o enemiga?

“De no lograr la distribución equitativa de las vacunas a nivel global, el alfabeto griego podría quedarse corto para albergar toda la nomenclatura de los linajes que emerjan en el futuro”

La variante B.1.1.529, recientemente clasificada como ómicron, fue notificada a la OMS por las autoridades sanitarias sudafricanas el 24 de noviembre de 2021, aunque la muestra para la secuenciación genómica había sido tomada 2 semanas antes. Este nuevo linaje viral presenta un inusitado número de mutaciones, algunas de las cuales generan especial preocupación. Se han identificado más de 50 cambios en el genoma del SARS-CoV-2, de los que una treintena está en la proteína pico (la mitad en la pequeña fracción que se une al receptor celular ECA-2). Como comparación, las variantes alfa, gamma, beta o delta tienen entre 8-12 mutaciones en toda la extensión proteica. Ómicron ya ha sido detectada en miles de personas en alrededor de 60 países, incluyendo Latinoamérica. Aunque perturba la gran cantidad de modificaciones estructurales, este evento no necesariamente provoca una mayor peligrosidad del virus. Podría ocurrir, de hecho, que las peculiares sustituciones, inserciones o deleciones de aminoácidos específicos modifiquen tanto la forma tridimensional de la llave (proteína pico) que la misma no embone tan herméticamente en la cerradura (receptor ECA-2), algo que dificultaría su rápida entrada hacia el interior de la célula y la subsecuente disrupción tisular masiva que típicamente ocurre durante la infección grave.

Para ser catalogada como variante de preocupación, el linaje debe reunir los siguientes requisitos: presentar mutaciones en el genoma que estén asociados a un conocido incremento en la transmisibilidad, provocar mayor agresividad de la enfermedad resultante o reducir la capacidad inmune inducida por la infección natural, la administración de anticuerpos monoclonales o la aplicación de vacunas y que, además, pueda entrañar un retroceso para el control de la pandemia. Las evidencias preliminares sugieren que ómicron es 3 veces más transmisible que delta, que el riesgo de reinfección es superior a todas las variantes precedentes, que la mayoría de casos está ocurriendo en personas no vacunadas (con o sin COVID previo), que una vasta proporción de afectados ha presentado cuadros asintomáticos o leves (por edad joven, inmunidad parcial o menor virulencia intrínseca) y que las vacunas parecen conferir protección parcial, particularmente cuando ha transcurrido poco tiempo después de la segunda dosis o mejor aún luego del refuerzo (por la abundancia de anticuerpos contra la proteína pico presentes en la sangre de los recién inmunizados).

Se piensa que este sustancial salto evolutivo de ómicron, en contraste con las demás variantes registradas a la fecha, haya podido acontecer por la infección de un paciente inmunosuprimido, en quien la replicación viral puede persistir por varios meses, lo que propiciaría que el SARS-CoV-2 vaya mutando progresivamente dentro del propio individuo. De hecho, un 20 % de la población de Sudáfrica es portadora del VIH. Otra plausible hipótesis es que el virus haya sido entremezclado, bilateralmente, entre humanos y animales, en una especie de zoonosis inversa. En más de 20 especies de visones, felinos, venados y otros animales domésticos o silvestres se ha demostrado la presencia del patógeno en sus mucosas respiratorias. Los virus solo pueden mutar cuando ellos se reproducen, contagian y propagan activamente en un lugar donde no existen barreras adecuadas para detenerlo (vacunas, mascarillas, distanciamientos, ventilaciones). África tiene las peores coberturas de vacunación en el mundo y es, por tanto, un terreno fértil para la emergencia continua de nuevas variantes. De no lograr la distribución equitativa de las vacunas a nivel global, el alfabeto griego podría quedarse corto para albergar toda la nomenclatura de los linajes que emerjan en el futuro.

Mientras se obtiene información robusta sobre el comportamiento de ómicron, es vital instruir a la población sobre que, para reducir el riesgo de contraer la infección, independientemente de la variante viral implicada, se debe continuar con las medidas de salud pública ya comprobadas en efectividad, como uso de la mascarilla, distanciamiento físico, buena ventilación de interiores, alejamiento de espacios concurridos y vacunación completa, con dosis de refuerzo para los grupos más vulnerables. Urge, además, el rápido desarrollo y autorización de tratamientos antivirales potentes que mejoren el pronóstico de la COVID-19. Dos medicamentos, molnupiravir (Lagevrio, Merck) y PF-07321332 (Paxlovid, Pfizer), probablemente no afectados por las mutaciones del SARS-CoV-2, están actualmente en el proceso de análisis por parte de FDA y EMA para su comercialización.

Un novedoso hallazgo, aún en prepublicación no revisada por pares, sugiere que la variante ómicron ha adquirido una secuencia de codificación genética (ins214EPE) de uno de los coronavirus causantes del resfriado común (llamado HCoV-229E), algo que pudo ocurrir por recombinación (promiscuidad entre microbios del mismo género) dentro del organismo de un enfermo portador de ambos virus en su epitelio respiratorio. Al SARS-CoV-2, para su supervivencia darwiniana y transición a la circulación endémica, le interesa ser más transmisible y menos patogénico. ¿Será este suceso biológico un preludio de la estocada final a la pandemia, tal y como evolucionó el virus de influenza H1N1 entre 1918 y 1920? Esta cepa de gripe mató a casi 100 millones de personas, porque en esa época no había vacunas, sofisticados cuidados médicos ni divulgación mediática, en tiempo real, de recomendaciones basadas en evidencias, para todo el mundo. Aunque soñar con un pronto final no cuesta nada, la única realidad es que la ciencia nos señalará el camino hacia la normalidad. Más temprano que tarde…

Médico e investigador.