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16 de Ene de 2022

Columnistas

Victoriano Lorenzo Troya (1867-1903) (1)

“Nunca se podrá ocultar la verdad histórica, imposible, tal y como se intentó al pretender desaparecer el legado de un hombre como Victoriano Lorenzo Troya”

Eran las 5 de la tarde del 15 de mayo de 1903 cuando el pelotón militar, integrado por 12 hombres uniformados, fusila al coclesano Victoriano Lorenzo Troya. Luego, sin ataúd, es sepultado en fosa común, como si se tratara de despreciable despojo humano, depositan en un lugar desconocido a la legendaria figura istmeña de finales del siglo XIX e inicio del XX. Las balas mataron al hombre terrenal, pero hicieron de él un personaje con ribetes legendarios y cuasi mitológicos. Sin embargo, y en dirección contraria, los mismos grupos dominantes que prohíjan, seis meses después, la separación de Colombia, pintan a Victoriano como bandolero de la sierra y encarnación detestable de la cholería. Y en ese proceder le acompañan las familias interioranas que mantienen la hegemonía desde la sabana antropógena que irriga el río Zaratí.

La muerte del istmeño es de lo más emblemática, porque no se trata solo del ultraje a la dignidad humana de un patriota, sino del fruto de un largo caminar que inicia en el siglo XVI cuando los españoles arrasan con los indígenas que moran en las sabanas y se apropian de las fértiles tierras que los aborígenes habitaban próximo a la costa y en las estribaciones de la montaña. Los mismos campos que, debido al exterminio, los colonizadores se ven precisados a repoblar con nativos provenientes de Centroamérica. Porque una cosa parece quedar clara en los estudios históricos de los últimos tiempos, Victoriano y su gente están emparentados con grupos originarios de esa zona central de América Latina.

Cuando en los últimos años del siglo XIX y primeros del veinte, en época de la Guerra de los Mil Días, Lorenzo Toya y su gente se suman a los contingentes liberales de Belisario Porras Barahona, han pasado 300 años de despojo en una evolución social plagada de sufrimiento, exclusión humana y desprecio por el pueblo llano que él personifica.

Todo este proceso está lleno de un simbolismo que eriza la piel cuando se piensa en la rebelión de los cholos que encarna el istmeño. Tema relevante e insuficientemente estudiado, porque, así como Belisario Porras Barahona se convierte en el primer ideólogo de la orejanidad, quiero decir, de los campesinos mestizos de la península de Azuero y otras zonas nacionales, Victoriano es el adalid del cholo, el indígena también mestizo, que, al igual que Porras, no se avergüenza de su progenie cultural. La diferencia estriba en que el tableño tiene la formación académica para plasmarlo en su alegato cultural de 1881, El Orejano; mientras que Lorenzo Troya no escribe sobre el tema, porque tampoco le hace falta, porque lo blande en la hoja del sable; cual Quijote panameño que arremete contra los molinos de la alienación colectiva de su gente.

Victoriano es cholo, de baja estatura y usa una espada que prácticamente le toca el suelo. Sí, cholo mestizo, fruto de los amores entre indios y negros coloniales; cómplices en el amor de sus respectivas condiciones de clase sometida por los gamonales de la sabana.

Hasta bien entrado el siglo XIX sus coterráneos han sido culturizados, obligados a adaptarse a la sociedad occidental con la espada y la cruz. Están allí, pegados a la montaña, porque no hay para donde irse, incluso cazados por los indígenas mosquitos de la costa caribe de Centroamérica, los que desde el siglo XVIII descienden por el río Calovébora para capturarlos y venderlos a ingleses y franceses que merodean el Istmo con la intención de arrebatarle a los hispánicos el monopolio del comercio. Me refiero a los mismos imperios que influyen decisivamente en las independencias de 1821 y 1903, no por el plausible deseo de que fuéramos libres, sino porque el Istmo servía a intereses estratégicos y mercuriales.

Decir que Victoriano comprendía los entresijos de la geopolítica mundial que propició su muerte, sería mentir. Lo suyo era algo más pragmático, más centrado en reivindicaciones puntuales. El cholo sabía en dónde se expresaba la causa real de sus males colectivos y por ello, esperanzado, se alía estratégicamente al liberalismo progresista. Había visto en Penonomé, San Carlos, Capira y otros poblados el peso que tenían los herederos del poder colonial, de quienes ya dijimos que proclamaron la independencia de Panamá de España y luego negociaron la separación de Colombia. Mejor no lo pudo decir Belisario en su opúsculo La venta del Istmo, así como en la frase de combate que algunos atribuyen a Victoriano: “La pelea es peleando”.

Esa lucha por el poder, como vía de acceso para resolver problemas de injusticia social, hay que mirarla en un contexto más amplio; porque el Cholo coclesano se erige en emblema de redención social que igualmente aflora en otras latitudes. Como en el caso del General de Hombres Libres, Augusto César Sandino, y su rebeldía defendiendo a Nicaragua de la invasión estadounidense, lucha que escenificó entre 1927 y 1933, antes de su alevoso asesinato en 1934. Lo cual, en el siglo XX, coloca a Victoriano como zapador de las guerrillas populares que en dicha centuria aflorarán en América Latina. En este sentido Victoriano es más que un campesino de extracción indígena que se revela en Panamá, expresa los problemas no resueltos de una América Latina que creyó en los pregones ideológicos de la Revolución francesa, pero que, al terminar el siglo XIX, descubre que no se han hecho realidad, que son solo promesas.

Mientras tanto en Panamá, transcurrió gran parte del siglo XX para que la figura de Lorenzo Troya dejara de ser la imagen del bandido que baja de la sierra para hacer justicia a su manera y se le ubicara como lo que realmente fue: la voz de su raza. Y aún en los tiempos actuales, no faltan los corifeos que miran en la alianza Victoriano-Belisario un interés exclusivamente liberal, dejando de lado que la redención nacional, cuando se encamina a retar el poder económico y político que se asienta en la zona de tránsito, siempre ha sido producto de la unión campesina y el arrabal capitalino, como en el caso de Buenaventura Correoso, Belisario Porras Barahona y Omar Torrijos Herrera, obviamente con las peculiaridades históricas de cada caso.

Y al parecer se repite la misma historia, como la que se refleja en la efeméride que acabamos de conmemorar, el Bicentenario de la Independencia de Panamá de España, ya que su génesis no fue solo la hechura del mercantilismo transitista, sino producto del modelo agropecuario, del eje Villa de Los Santos-Natá, que es en donde realmente se fragua el proceso de independencia, modelo que se contrapone al eje Panamá-Portobelo-Nombre de Dios. En este sentido, como aconteció con Victoriano, pareciera que existe una perversa y solapada tendencia de destruir los símbolos o íconos culturales del pueblo istmeño. Me refiero, por ejemplo, a la imagen de Rufina Alfaro -verdad o leyenda-, a lo mejor conseja popular, no lo sabemos aún, pero sin duda un personaje que ha generado conciencia de patria y que el panameño reconoce como ícono de lo que representa la independencia, de su rol protagónico, del papel popular y aún del feminismo de la anónima campesina interiorana del siglo XIX. Visión chata que no comprende el poder revolucionario del mito en la conciencia e identidad de los pueblos.

Sociólogo

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