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16 de Ene de 2022

Columnistas

El espíritu solidario fraterniza

“[…] una solidaridad efectiva tiene que desterrar de sus aires la desconfianza y el odio, levantar barreras y fomentar los abrazos de verdad, […]”

Nuestra época, cuajada de inseguridades, nos invita a la acción del donarse y despojarse, a fijar la mirada en aquello que nos enternece y nos despierta la alegría; porque los sollozos pueden ser muchos y variados, pero con una actitud generosa dispuesta a compartir, mediante un lenguaje de cercanía, clemencia y afecto, nada se resiste y todo se sobrelleva.

Lo importante es dejar que obre el corazón para que florezca la vida, con un lenguaje fructífero y armónico, que es lo que en verdad nos fraterniza, a través de la semilla del abrazo y el fruto de la esperanza.

Realmente, despertamos hambrientos de compañía, nos movemos entre pedestales y aires materialistas, aislados y encerrados en nuestras miserias mundanas, sin apenas tiempo para cambiar de andares. La orientación tomada no puede ser más cruel.

Tenemos que aprender a no falsearnos a nosotros mismos, a llamar a las cosas por su nombre y a poner en el centro de nuestros pulsos, un justo proceder de solidaridad social que implique a toda la familia humana; y, con tal ademán, enfrentarnos a todas las situaciones absurdas que sufrimos.

En efecto, si en verdad ansiamos poner nuestros interiores a punto, para que nuestras proximidades se concierten, tenemos que activar el amor de amar amor, como manera de transitar por aquí abajo; y, así, podremos celebrar nuestra armoniosa unidad en la diversidad de acordes. Es cierto que tendremos que recordar a los diversos Gobiernos del mundo que han de respetar sus compromisos con los acuerdos internacionales; pero, además, también nosotros deberemos cooperar conjuntamente para hacer progresar el bien colectivo, en un contexto global, con una creciente e injusta desigualdad. Ante esta realidad tan angustiosa, tenemos el deber de ayudarnos mutuamente, en parte para poder reconstruir nuestra vida y poder enmendar también nuestra conciencia.

Desde luego, una solidaridad efectiva tiene que desterrar de sus aires la desconfianza y el odio, levantar barreras y fomentar los abrazos de verdad, destronar los frentes mediante una atmósfera de escucha y diálogo permanente, poniendo en primer plano las cuestiones que concilian, por ínfimas que puedan parecernos. Una memoria reconciliada, sin duda, es uno de los grandes valores para reunirnos y resolver los contrastes que nos distancian.

Una humanidad insensible acaba destruyéndose ella misma, pues su modo de actuar prepotente y violento, desmotiva la mano tendida y el buen pulso del alma, ante tanta calamidad sembrada por nosotros mismos. Un consciente soplo fiel no puede continuar negando los derechos sociales y económicos, tampoco la asistencia a los servicios de salud o el mismo derecho a la educación, algo esencial para poder subsistir y participar plenamente en la vida de la comunidad. La protección y la adhesión a los valores y principios fundamentales aminoran los conflictos también.

Debemos empeñarnos, por consiguiente, en no discriminar y en visionarnos internamente, al menos para comprendernos más y entendernos mejor. Por algo empieza el cambio, tampoco perdamos la confianza, ni el esfuerzo mutuo, perseverante e inteligente. Si acaso, que los buenos talentos de los donantes nos infundan el mejor talante adherente. La solidaridad al poder, sobre todo si va acompañada de autenticidad y justicia. Dicho queda.

Escritor

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