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17 de May de 2022

Columnistas

Cositas de la bioseguridad panameña

“[...] aprovechando el momento tan afortunado, hablamos con avidez casi de todo, que si se había puesto las tres vacunas, que la familia, etc.”

¡Qué alegría me da, en estos tiempos aciagos, cuando me encuentro por casualidad con cualquier conocido o conocida que no haya visto ni escuchado nada de ellos en estos dos últimos años!

Esta vez me topé, con el viejo contratista constructor, El Negro Cabrera, a quien nadie conoce por su nombre legal, sino que por el usual, “Nariz de mofongo”, y me sorprendí enormemente. Esa misma sensación de alivio tuve cuando se me reaparecían sobrevivientes de la irresponsable y maléfica tragedia del “guayacolato”, asesino por descuido, que mató a muchos panameños. Pero, esta vez, el encuentro feliz con El Negro Cabrera hizo que tomáramos distancia de las personas para hablar como antes de la presente peste.

Así que, aprovechando el momento tan afortunado, hablamos con avidez casi de todo, que si se había puesto las tres vacunas, que la familia, etc. Pero repentinamente se rascó la cabeza como preocupado, diciéndome: _Sabes que estoy cabreado_ ¿De qué, compita?, si está con vida.

_Mira, hoy se me dañó el día en el súper. ¿Y eso?- Ud. sabe que yo no soy un hombre grosero, pero no permito que me ridiculizen_ ¿Ajá y entonces? _Bueno, que estaba formando cola en la caja del súper, detrás de una señora muy mayor, elegantemente vestida, pagando y regañando a la cajera porque no había limpiado con la toallita el mostrador.

En eso se le van al piso un par de latas que casi llegaron a mis zapatos, para que fue eso, al colocárselas en el mostrador nuevamente, con toda la amabilidad de un negro educado, sacó una botella de alcohol bañando prácticamente a mí, a las latas y empapándose ella misma hasta los codos; y de manera altanera le gritó a la cajera: _Niña, dígale a este hombre que no se me acerque. _¿Y Ud. qué hizo, Negro? _Bueno, no sé por qué lo hice, me quité el barbijo y la toque, diciendo “estás contagiada, vieja bruja y usted no se ha bañado, porque no hay agua”.

Entonces grité gagueando de la pena: _Se, se, seguridad, seguridad, cambie mi mercancía para otra caja que esta señora está contagiada del virus. _¿Y entonces, compita? _La vieja arrugada y bien vestida se bajó el barbijo y sabe de quién se trataba? Ni me imagino. _Pues, de mi primera maestra de primer grado.

Economista, escritor costumbrista.