15 de Ago de 2022

Columnistas

Mesa de diálogo: No despreciar al soberano

Cuando el genio Albert Einstein expresó la frase “mi ideal político es el democrático. Cada uno debe ser respetado como persona y nadie debe ser divinizado” dejó bien claro que nadie debe estar por encima de otros y mucho menos creerse que representa alguna deidad o divinidad con dones especiales.

Cuando el genio Albert Einstein expresó la frase “mi ideal político es el democrático. Cada uno debe ser respetado como persona y nadie debe ser divinizado” dejó bien claro que nadie debe estar por encima de otros y mucho menos creerse que representa alguna deidad o divinidad con dones especiales. Porque lo que sucedió en la mesa del diálogo para algunos “funcionarios públicos, fue una falta de respeto el menú presentado por el pueblo originario”. ¡Habrase visto semejante exabrupto, diría mi madre que es paz descanse!

Y sobradas razones tendría para decirlo.

¿Desde cuándo, en Panamá ofrecer un menú con tuna y sardina, puede ser un irrespeto a quienes fueron puestos para servirnos y a los que pagamos el salario? Máxime cuando ellos mismos decidieron congelar el precio de estos productos en la canasta básica como alimentos fundamentales en la dieta del panameño. ¿Qué tipo de líderes avalaron la conducta de dichos funcionarios y no los llamaron al orden inmediatamente, pues despreciaron el ofrecimiento de quienes diariamente se alimentan de dichos productos y además son originarios?

Nuestra Constitución en su artículo 2 establece muy claramente: “El poder público sólo emana del pueblo. Lo ejerce el estado conforme esta constitución, por medio de los órganos, legislativos, ejecutivo y judicial, los cuales actúan limitada y separadamente, pero en armónica colaboración”. En teoría, toda nuestra vida hemos escuchado esta declaración constitucional, pero realmente lo hemos creído e internalizado con seriedad, ¿tanto gobernantes como gobernados? Sin embargo, pareciera que existe una seria confusión y muchas dudas, pues los gobernantes se creen dignos de respeto, cuando éste se gana, y los gobernados muchas veces no creen que detenten dicho poder.

Un poco de historia sobre pueblos originarios vendría muy bien. La Confederación Iroquesa fue uno de los pueblos más importantes en Norteamérica. Su estructura social, su forma de gobierno y el rol de las mujeres la hace un modelo único que ha sido objeto de estudio de numerosas investigaciones, Se cree que su ideal de democracia pudo haber influido en la Constitución estadounidense. Es más, crearon una liga de naciones, considerada el antecedente de lo que hoy son las Naciones Unidas, antes de la llegada de los colonos, para que no haya dudas. Los estudiosos jamás encontraron formas de esclavitud, las mujeres participaban en la toma de decisiones, existía un consejo de mujeres y eran quienes decidían los cambios de caciques. Lideraban la gens (vocablo que deriva de raíces latinas, la cual puede ser traducida en nuestro idioma como familia, la tribu y la confederación misma. Un líder se diferenciaba rápidamente porque era quien más compartía y colaboraba. En resumen, el sistema político de la Confederación Iroquesa se basaba en el consentimiento de los gobernados. ¡Qué tal!

Tenemos que hacer más vigente el pensamiento del Dr. Justo Arosemena, quien de acuerdo con el historiador Rommel Escarreola, es el autor o constructor de la nacionalidad panameñas, así como quien sentó las bases de nuestra democracia y aún con todo su peso murió siendo pobre. Ante una crisis de la magnitud de la que estamos viviendo se hace urgente fortalecer la institucionalidad, erradicar la corrupción, revertir el juega vivo que corroe dicha institucionalidad, mejorar la educación y controlar la avaricia de las/os mal llamados poderes hegemónicos, pues el verdadero poder es del pueblo, tomar decisiones que contribuyan a cambiar la estructura administrativa pública, condiciones que nos tienen sumidos en una aberrante desigualdad, con la mirada impávida e indolente hacia quienes sufren las consecuencias de esta inequidad.

Y a nuestros “funcionarios públicos y sus adláteres” recordarles lo que el sabio japonés Nichiren escribió en su exilio en la Isla Sado: “El que escala una montaña, tarde o temprano debe descender, El que menosprecia a otro, a su vez será despreciado. El que habla mal de alguien que tienen un bello aspecto físico, renacerá siendo feo… El que calumnia a una familia que abraza la enseñanza correcta, nacerá en una familia de ideas erróneas… Esa es la ley general de causa y efecto y es inexorable.

Docente universitaria, presidenta de Confiarp y honoraria de Apreppa