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- 27/09/2017 02:01
Inspiración armenia
La mención de dos nombres ‘duduk' y ‘saz' pudiera no significar nada acá, aparte de parecer sonidos onomatopéyicos sencillos. Sin embargo, corresponden a sendos instrumentos musicales que son utilizados en la música armenia y en un vasto territorio que incluye las culturas indoeuropeas y se extiende hasta las estepas siberianas. Ellos son el centro de armonías extrañas que se han mantenido bajo las montañas escondidas al mundo exterior.
Las condiciones de encierro de esos pueblos y en especial de Armenia han permitido que sus aportes creativos se mantengan guardados y con poca influencia externa, salvo del vasto manto árabe en Persia (actual Irán), como del influjo turco y el trasiego de actividades y experiencias del Mar Negro, un punto de referencia donde se encuentra un sinfín de circunstancias históricas, políticas y religiosas que configuran el carácter de su gente.
Vardan Hovanissian y Emre Gultekin son dos renombrados intérpretes de la música que alude precisamente a ese vasto escenario, a través de un cuarteto que han creado y que tiene sede en Bélgica. Ellos se han constituido en un núcleo que se alimenta en la inspiración de esos pueblos y han recogido los aportes esenciales para crear un repertorio que transporta a los oyentes a esa atmósfera misteriosa, llena de, retoques y melancólica esencia.
El grupo, que lleva el nombre de ambos, ofreció un concierto producido por Óscar Productions con el World Music Panamá dentro de su programación para 2017. Un contrabajo, el duduk, el saz y un tamborín —percusión— constituyeron el fondo del concierto; el alma que reprodujo sensaciones extrañas por lo desconocidas y llenas de un sortilegio que recuerda a la magia gitana, escondida entre los parches de bosques caucásicos.
Vardan ejecuta el duduk una especie de oboe o flauta de doble lengüeta con varios agujeros que por su forma tubular produce un profundo, pero cálido halo sonoro. Su vigencia proviene de la quinta centuria antes de nuestra época y sirvió para guardar musicalmente toda la evolución de esa patria celosamente guarnecida en las tierras elevadas situadas entre Turquía, Georgia, Azerbaiyan en un punto mediterráneo entre los mares Negro y Caspio.
Emre, de una familia cercana a los ritmos por su padre, se acomoda el zas sobre las piernas; sus dedos se mueven entre las cuerdas —siete— de esta especie de guitarra de cuerpo ovalado y largo cuello. Existe en varias dimensiones y él utiliza la conocida como tambur. Nació en Bélgica pero sus padres provienen de Turquía; también de allá es esa variante de guitarra que le enseñó a usar su progenitor. Se ocupa también del acompañamiento con su voz.
El concierto ofrecido esa noche constituyó una selección del repertorio de piezas extraídas de la variedad armenio-turca, enriquecida con aportes de países vecinos que beben fuentes comunes árabes; pero con tintes europeos y compases del jazz con la finalidad de atraer al público occidental. Las largas notas del duduk nos hacen recordar las historias de caravanas y palacios en las noches de evocación ensoñadora y mágica.
Ambos, Vardan y Emre han logrado combinar musicalmente sus estilos, así como los acordes semejantes para mantener ese sesgo antiguo de los cánticos religiosos de Armenia con el enfoque turco de raíces bizantinas y otomanas, que se expandió desde múltiples pueblos vecinos que atravesaron los Balcanes y se asentaron en los territorios más planos de tan compleja geografía.
Esa fue la resonancia que hubo en la sala durante la presentación del cuarteto. Diferente en su acústica y con una fuerza que trae el pasado, pero que se expresa con modulaciones que la hacen universal y más cercana. Así fue la experiencia que se disfrutó y que resulta raro escuchar localmente, pero que enriquece los sentidos de la audiencia panameña.
PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.