• 22/04/2026 00:00

Nuestra fuerza, nuestro planeta

Hemos llegado a otro Día Mundial de la Tierra. El mensaje es claro para este año empoderemos para proteger el planeta. No se trata de lo que hacen otros, se trata de lo que hace cada quien para lograr ese objetivo, en el hogar, en la comunidad y el ecosistema que nos mantiene vivos, pero es ideal sumar ciudadanos para que las causas sean hechos comunales permanentes.

El tiempo no da vueltas, pero deja marcas. Y hoy, esas marcas están en el suelo que pisas, en el aire que respiras, en el agua que algún día podría faltarte o en la ausencia del canto del ave que llenaba tu espíritu. A cuatro años del 2030, con la Década de la Restauración Ecológica en su recta final, Panamá ya no puede seguir aplazando una pregunta incómoda: ¿por qué cuidar la naturaleza sigue siendo cosa de “expertos” y no el reflejo de una generación que depende de ella para vivir?

No es que falten diagnósticos. Sobran informes, fechas conmemorativas y lemas bonitos. Pero mientras tanto, el bosque sigue desapareciendo, el agua se vuelve más escasa y contaminada y el clima extremo ya no es una amenaza lejana, es parte de la rutina. No podemos ignorar lo que se ha logrado, sino de aceptar que la urgencia ya no da para más aplausos y se requieren acciones. Es plantar árboles, cuantos más mejor; es limpiar la acera y la quebrada; es educar al niño para que limpie y nunca ensucie su entorno. Es no dejarle todo a la autoridad colapsada. Que usemos, pero nunca abusemos de la madre naturaleza.

El lema mundial para este 22 de abril de 2026, “Nuestra fuerza, nuestro planeta”, suena poderoso, sólo si cada quien asume su responsabilidad con el planeta cada día y no una vez al año. Está en tener las herramientas, la información y una nueva idea de lo que significa “progreso”, que nunca debe tener en la ecuación la destrucción ambiental o la contaminación, si no todo lo contrario, debe ser de restauración ecológica. Siempre es posible en cada obra humana, lograr un cuota de restauración, pero para ello debemos estar conscientes de la huella ecológica en cada acto que hacemos.

Panamá, Costa Rica y Nicaragua entre otros países viven entre dos océanos. Su historia, su riqueza, su presente dependen de cuencas, bosques y costas vivas. Y sin embargo, seguimos impactando con fuerza los ecosistemas frágiles que tenemos, presionando territorios indígenas y viendo cómo el clima golpea la agricultura, el turismo y hasta la generación eléctrica. Aquí no hay dos caminos: economía y naturaleza van juntos o se hunden juntos. Requerimos recursos vitales. El futuro necesita paisajes vivos. Ignorarlo no es realismo, es torpeza estratégica.

Es imperativo un poco más de conciencia colectiva, pero sobre todo falta una arquitectura de participación ciudadana real. “Nuestra fuerza” será verdad cuando dejemos de ser espectadores y empecemos a ser coautores de las decisiones que moldean nuestro barrio, nuestras playas, nuestras áreas naturales que nos rodean. Cuando los empresarios midan su éxito también por el bosque que dejaron en pie y el bosque que ayudaron a restaurar. Cuando en la escuela o universidad sepamos leer un ecosistema con la misma claridad que un estado de cuenta.

El empoderamiento no se decreta. Se construye con información clara, con rendición de cuentas, con respeto a quienes hace siglos saben vivir sin destruir. Las políticas ambientales no pueden seguir secuestradas por los ciclos electorales. Necesitan convertirse en pactos de generación, con incentivos reales para la economía circular, sanciones ejemplares para quien degrade y, sobre todo, poder ciudadano para que las comunidades decidan sobre lo que les afecta.

Insistimos, necesitamos un público comprometido para que sea imparable. Pero para que eso renazca en Centroamérica, tiene que dejar de ser un evento y volverse un hábito. ¿Qué significa eso en nuestro día a día?

Exigir que los parques se conecten con corredores biológicos. Elegir productos que no estén diseñados para durar poco. Apoyar una política fiscal que premie la energía limpia. Y en nuestras casas, restaurar antes que reemplazar.

La naturaleza no necesita más fechas en el calendario. Necesita que cada día recordemos que el planeta no es un recurso que se acaba, sino un hogar que se cuida con reciprocidad. Cuando entendamos que proteger la Tierra no es un sacrificio, sino la inversión más inteligente de nuestras vida, entonces sí habremos encontrado nuestra fuerza. Y el planeta dejará de ser un tema de especialistas para convertirse en lo que siempre debió ser, o sea un proyecto de todos.

Aún estamos a tiempo. Dejemos legado de vida. Dejemos a nuestra partida terrenal un planeta más verde, más azul, más limpio, más restaurado para las generaciones que no han nacido y que no merecen nacer en un planeta roto o destruido o contaminado. Seamos responsables, pero sobre todo respetuosos de la madre naturaleza. Así podemos conmemorar con el Día de la Tierra 2026.Un ciudadano empoderado de sus responsabilidades ambientales es la ruta para un futuro verde real para nuestro planeta. Nunca dejemos que la desidia nuestra lo destruya.

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