• 05/07/2026 00:00

Asamblea Nacional, negociar no es traicionar...

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El miércoles pasado los diputados de la Asamblea Nacional, eligieron a su nueva Junta Directiva, pero la verdadera elección ocurría lejos del pleno. No fue frente a los micrófonos, sino en conversaciones discretas, llamadas telefónicas, cafés improvisados y puertas que se abrían y se cerraban días antes. Porque la política tiene una particularidad, casi nunca comienza donde termina la fotografía.

Muchos actores políticos participaron en diversas negociaciones para poder elegir a esta nueva junta directiva y existe algo que muchos pierden de vista, que no se puede confundir negociar con renunciar a principios. Si nadie estuviera dispuesto a conversar con quien piensa distinto, los parlamentos del mundo estarían llenos de discursos, pero vacíos de decisiones. Ese es, precisamente, el punto de partida para entender la importancia de la Asamblea Nacional como el verdadero tablero del poder democrático. Es allí donde las diferencias deben transformarse en acuerdos y donde las mayorías no se imponen, sino que se construyen.

Entender esta realidad también obliga a romper con una narrativa cada vez más común, la de dividir la política entre “los buenos” y “los malos”. Esa lógica puede ser útil durante una campaña electoral, cuando los candidatos buscan diferenciarse y conquistar el voto ciudadano. Sin embargo, una vez terminan las elecciones, el Parlamento no puede seguir funcionando como si estuviera en campaña permanente. Es que debemos aclarar que la esencia de los parlamentos es otra. Su razón de ser es deliberar, debatir, negociar y encontrar puntos de coincidencia entre personas que representan ideas, circuitos e intereses distintos para beneficiar al país.

En una democracia, dialogar con quien piensa diferente no debería verse como una traición, sino como una responsabilidad y es que se debe aclarar que la negociación política no es el problema; el problema surge cuando las alianzas dejan de servir al país para servir únicamente a intereses particulares. El diálogo fortalece la democracia, pero el reparto de privilegios la debilita.

Durante la elección vimos diputados que entendieron que el adversario político no es un enemigo, mientras otros prefirieron la descalificación y el irrespeto, incluso hacia sus propios compañeros. Esa actitud empobrece el debate y deteriora la imagen de una institución llamada a representar a todos los panameños.

La política puede ser intensa y el debate apasionado, pero nunca debe perder de vista que las diferencias son parte de la democracia y que las instituciones merecen respeto. Gobernar no es imponer; gobernar es convencer. Y la Asamblea Nacional vuelve a recordarnos que, en política, las mayorías no se heredan ni se decretan, se construyen.

Esta elección me hizo recordar el pensamiento del sociólogo y politólogo alemán Max Weber, quien distinguía entre la ética de la convicción, que impulsa a mantenerse fiel a los principios, y la ética de la responsabilidad, que exige valorar las consecuencias de cada decisión. Un buen legislador necesita ambas: convicciones para saber qué defender y responsabilidad para comprender que, sin acuerdos, muchas veces no es posible tomar decisiones en beneficio del país.

El verdadero desafío de la política es demostrar que es posible construir mayorías sin renunciar a los principios y alcanzar consensos sin sacrificar el bien común.

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