Biopoder como pospolítica

  • 02/05/2026 00:00

Quizás haya sido Michel Foucault el primero en plantearse el uso del «saber» de la biología como herramienta de poder. Tanto en tiempos ‘normales’ como durante guerras y pandemias, el poder requiere el uso de la ciencia biológica y eso lo transforma en un bio-poder. Veamos cómo el «biopoder» se configura como una modalidad singular de la pospolítica, entendida como un fenómeno que trasciende y ocluye la acción política que se da en las democracias liberales.

En 1974 Foucault lo formuló así: “El control de la sociedad sobre los individuos no se realiza sólo por la conciencia y la ideología, sino también en el cuerpo y con el cuerpo. Para la sociedad capitalista es, ante todo, la biopolítica lo importante”. Su conclusión es tajante: “El cuerpo es una realidad biopolítica, la medicina es una estrategia biopolítica”. Así, la «biopolítica» es una aplicación científica, médica y estadística que, al servicio de la ley y el Estado, convertidos en «bio-poder», ‘disciplina’ la conducta de los individuos. Hoy la tecnología pone un amplio campo de aplicaciones a disposición del poder del Estado que magnifican este poder. Los pasos agigantados que ha estado dando la inteligencia artificial en este sentido en los años más recientes refuerzan la idea que hace cincuenta años había anticipado el pensador francés.

No fue en Vigilar y Castigar (1975), sino en el primer volumen de Historia de la sexualidad (1976) en el que Foucault expuso más detalladamente su teoría sobre la biopolítica. La Edad Moderna inauguró la era de los registros estadísticos (natalidad, propiedad, migración, defunciones), e incrementó la base de datos de los «controles reguladores» de los habitantes para especificar las instituciones sujetas al «biopoder» del Estado liberal, (escuelas, fábricas, ejércitos, hospitales), a las que comúnmente llamamos el «aparato administrativo y técnico» del sistema capitalista.

Según Foucault, antes de la Revolución Francesa de 1789 el monarca disponía de la suprema potestas para decidir, a capricho, sobre la vida o la muerte de sus súbditos, en atención a lo que podía ser considerado un peligro para su dominio. En cambio, a partir del siglo XIX, una vez cruzado el “umbral de modernidad biológica”, el poder soberano sufrió una metamorfosis, a saber; “reglamentó” la sujeción de las personas en concordancia a un orden jurídico y político bajo criterios utilitarios. “Hacer vivir y dejar morir”, fue el slogan que Foucault introdujo, según el cual los gobernantes administran, distribuyen y optimizan la vida de sus gobernados, segregando a aquellos considerados un peligro biológico para el «cuerpo social». Controles regulatorios de la población, tales como los censos, el mapeo de la distribución de las riquezas, y la protección de la salud, sobre todo en tiempos de guerras y pandemias, se imponen desde el biopoder.

¿Por qué la «biopolítica» es una forma de ‘pospolítica’? Así lo explica el propio Foucault: “el hecho de vivir ya no es un basamento inaccesible que sólo emerge de tiempo en tiempo, en el azar de la muerte [sino que] pasa al campo de control del saber y de intervención del poder (...) habría que hablar de “biopolítica” para designar lo que hace entrar a la vida y sus mecanismos en el dominio de los cálculos explícitos, y convierte el saber-poder en un agente de transformación de la vida humana, (...) el hombre moderno es un animal, en cuya política está puesta (...) su vida”.

Para Foucault el «bio-poder» trata de un engranaje tecnológico que gerencia la vida humana disciplinando los cuerpos y fijando las condiciones que posibilitan el desarrollo económico del Estado. Tal biopoder no se sustenta en la sustracción de la vida, la propiedad o la libertad, sino que se basa en la racionalización política de las capacidades humanas que controla. El cuerpo es concebido como máquina, se le sojuzga por medio de disciplinas para domeñarlo y para incrementar su utilidad como agente social.

El biopoder transforma la «norma jurídica» en un «dispositivo», ya que las leyes del Estado intervienen en el ámbito de lo privado cuando se pronuncian contra el aborto, la eutanasia, etc., bajo el pretexto de que se protege la vida y se evita la muerte. Mediante la administración de los servicios de salud el Estado usurpa el derecho de los individuos a decidir qué hacer con sus cuerpos.

Como un caso severo de administración estatal que busca esconder los conflictos que surgen del ejercicio de las libertades, el filósofo francés sostuvo, en otra de sus obras, Seguridad, Territorio y Población, que la biopolítica de la «gubernamentalidad» ha articulado la racionalización económica de los ciudadanos a las necesidades de la sociedad moderna: “ese bio-poder (...) no pudo afirmarse sino al precio de la inserción controlada de los cuerpos en el aparato de la producción y mediante un ajuste de los fenómenos de la población a los procesos económicos”.

Mediante una descripción deslastrada de juicios de valor, Michel Foucault mostró lo descarnado del poder utilizado para domeñar a los habitantes de un país (“el rebaño”) con fines utilitarios, desvirtuando la pluralidad y la imprevisibilidad que caracterizan a la política. Sus planteamientos sobre la gubernamentabilidad, que no es más que una estrategia de dominación reticular, equivalen a la genealogía de una sociedad proto-totalitaria de la que Foucault no ve salida alguna. Esta inevitabilidad prefigura la ‘pospolítica’, pues incluye la pretensión de haber superado todos los conflictos que caracterizan a las democracias liberales.

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