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Lamentablemente es una conocida frase en el entorno de la política actual. Pero no es algo nuevo, dependiendo de los autores sus orígenes podrían ser del tratado “De la dignidad y progreso de las ciencias” del escritor inglés Francis Bacon (1561-1626).
También hay quienes sostienen que proviene de la comedia “El Barbero de Sevilla” del escritor y musicólogo parisino Pierre-Augustin de Beaumarchais (1732-1799).
Pero lo cierto es que la calumnia, como conducta, fundamentalmente en los últimos años, (coincidentemente con el auge de las redes sociales), a través de las cuales esta práctica se ha potenciado, y es en la política donde ha tenido la más amplia cabida.
Calumniar e insultar maliciosamente a los adversarios se usa como táctica básicamente en dos ocasiones. Cuando el calumniador no tiene argumentos sólidos y verdaderos para atacar a su oponente, o cuando el desespero por recibir notoriedad lo lleva a esa absurda ruta. En ambos casos confían en que, de la calumnia algo quede para generar daño reputacional, al contrario, pensando que con ello su posición ante la opinión pública mejorará.
Para la Real Academia Española, la calumnia es una “acusación falsa, hecha maliciosamente para causar un daño”, así como la “imputación de un delito a sabiendas de su falsedad”.
Napoleón Bonaparte solía decir que “el mal de la calumnia es semejante a la mancha de aceite: siempre deja huella”. Dicho de otra manera y más clara, el uso de la mentira penetra hondo en la opinión pública, igual que el aceite en la tela, con el agravante de que posiblemente resultará muy difícil borrar por completo el efecto de una acusación falsa.
Con el aumento de la penetración de las redes sociales, y como estas lo permiten, se puede calumniar hasta de forma anónima, hacerlo viral y dejar graves consecuencias para la persona calumniada, poniéndolo en desventaja sin que ésta tenga la misma capacidad para defenderse.
Ahora, fundamentalmente la política se está volviendo más tóxica, pues se mezcla calumnia, insultos, mentiras, y se ha vuelto una conducta cada vez más común, con otro ingrediente no menos preocupante, las medias verdades y el sacar de contexto ciertas situaciones o palabras del adversario, con lo que al final se embarra la cancha y todos salen salpicados.
Todo lo anterior enrarece el ambiente social de las naciones, las polariza y las sociedades terminan enfrentadas y divididas, pues los ciudadanos se alimentan de verdades a medias o, tajantemente, de información muchas veces falsa; y así pueden llegar a tomar decisiones que los lleve a votar de una u otra manera.
Más grave aún, desde hace más de dos décadas esta modalidad de “hacer política” a contribuido de manera decisiva al desencanto ciudadano y a la perdida de la esperanza por parte de estos con relación a sus líderes, lo cual incide de manera directa, y así lo demuestran múltiples estudios, en la disminución del apoyo de la población a la democracia y sus instituciones.
Ahora, los partidos políticos pueden contribuir para la eliminación de este mal, si incorporaran códigos de conducta estrictos que sancionen internamente a los militantes o candidatos que recurran a la difamación o desinformación, pudiendo llegar a la pérdida de la candidatura.
Paralelamente, se podrían crear tribunales o procesos electorales sumarios (de respuesta en 24-48 horas) para fallar sobre difamaciones en campaña. Si la acusación es falsa, se debe obligar al difamador a publicar la rectificación con el mismo alcance y pauta publicitaria que usó para la calumnia antes del día de la elección.
También habría que diseñar formatos de debate político donde comités independientes de verificación (conformados por la ciudadanía, por las academias, etcétera) que cotejen los datos presentados por los candidatos en vivo, penalizando el uso de mentiras o ataques personales descontextualizados. No menos importante seria la transparencia en el financiamiento de propaganda digital, la identificación y neutralización de redes de bots, y sin dudas los Estados deben trabajar en la alfabetización mediática y la formación cívica de los ciudadanos.
El fomentar campañas públicas de alfabetización digital para que los ciudadanos aprendan a verificar fuentes, identificar noticias manipuladas y no compartir contenidos sin cerciorarse de su veracidad, cortando así la cadena de transmisión de la calumnia, es otra herramienta que la población debería poder tener acceso de manera fácil.
En conclusión, “calumnia, calumnia que algo queda” se ha vuelto un mantra que esta destruyendo las democracias y por ende a las sociedades, por lo que hay que ponerle un parado ya.