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- 26/09/2026 00:00
Cambio climático y empresa: prepararse para reducir pérdidas y daños
Una inundación que paraliza una planta, una sequía que reduce la disponibilidad de agua o una tormenta que interrumpe el transporte pueden convertirse rápidamente en problemas financieros. Para una empresa, el cambio climático ya no pertenece únicamente al ámbito ambiental: puede afectar ingresos, costos, activos, personal, proveedores y capacidad de cumplir contratos. Prepararse para estos impactos es, por tanto, una decisión de gestión empresarial.
Los Planes de Adaptación al cambio climático de las empresas les permiten tomar las medidas que requieren para incrementar la resiliencia climática, que es la capacidad de anticipar riesgos, prepararse para ellos, responder cuando ocurren y adaptar las operaciones para reducir perdidas y daños futuros. Significa conocer dónde están las vulnerabilidades y decidir qué medidas de adaptación permiten mantener funcionando el negocio gestionando riesgo climático para reducir o evitar pérdidas y daños.
El primer nivel de acción es el corto plazo. La empresa necesita identificar los riesgos climáticos inmediatos sobre instalaciones, trabajadores, logística, energía, agua y proveedores tanto para enfrentar inundaciones como sequias.
Algunos ejemplos, una bodega situada en una zona inundable puede requerir barreras, drenajes mejorados, protocolos de emergencia y rutas alternativas de distribución; una operación expuesta a tormentas necesita respaldo eléctrico, comunicaciones redundantes y procedimientos claros para proteger al personal y reiniciar actividades; una industria expuesta a sequías, por ejemplo, puede reducir su dependencia mediante eficiencia hídrica, reutilización y sistemas de captación de lluvia.
El segundo nivel corresponde al mediano y largo plazo. Aquí la pregunta cambia: ¿qué inversiones harán que la empresa sea menos vulnerable dentro de cinco, diez o veinte años? Puede implicar rediseñar instalaciones, diversificar proveedores, reubicar equipos críticos, mejorar sistemas de refrigeración, incorporar almacenamiento energético o asegurar fuentes alternativas de agua.
El tercer nivel consiste en minimizar pérdidas y daños. La adaptación debe integrarse en decisiones financieras, seguros, mantenimiento, compras, inversión y planificación de continuidad. Bain & Company, en “El manual del CEO para la resiliencia climática”, publicado dentro de su guía de sostenibilidad de 2025, plantea la resiliencia como una cuestión vinculada directamente con las operaciones y la estrategia empresarial. Su análisis señala que los ejecutivos de operaciones sitúan el aumento de la resiliencia entre sus principales prioridades, junto con la reducción de costos.
Los beneficios son concretos. Una empresa preparada puede recuperar operaciones con mayor rapidez después de un evento extremo, proteger mejor a sus empleados, reducir interrupciones de suministro y disminuir daños en activos. También puede responder con mayor orden a requisitos regulatorios, exigencias de aseguradoras, bancos, inversionistas y clientes que incorporan cada vez más el riesgo climático en sus decisiones.
La resiliencia también puede fortalecer la posición competitiva. Una cadena de suministro diversificada ofrece alternativas cuando un proveedor falla. Una planta que utiliza menos agua es menos sensible a restricciones durante una sequía. Una instalación protegida contra inundaciones puede evitar reparaciones costosas y semanas de inactividad. Cada medida tiene un costo, pero también puede reducir la exposición a pérdidas futuras.
El punto de partida no exige modelos complejos. Requiere conocer los activos críticos, identificar los fenómenos climáticos que pueden afectarlos, estimar las consecuencias operativas y financieras, y priorizar medidas según costo, urgencia y capacidad de reducir pérdidas y daños. Después, ese análisis debe incorporarse al presupuesto, la estrategia y las decisiones de inversión.
La resiliencia climática empresarial consiste, finalmente, en mantener la capacidad de operar cuando las condiciones cambian. Para los líderes empresariales, adaptarse significa proteger capital, personas, continuidad y capacidad de competir. La pregunta práctica ya no es si el clima puede afectar al negocio, sino qué tan preparado está el negocio para responder ante eventos climáticos extremos y de lento progreso. Esa preparación permite decidir antes de la emergencia, asignar recursos con criterio y evitar que una amenaza conocida se convierta en una crisis mayor.