• 29/01/2011 01:00

Brutalidad policial... la otra cara de la tragedia

E ran las seis de la tarde, en los noticieros se sucedían imágenes dantescas. Entre gritos de dolor, auxilio, súplicas, llamados a sus s...

E ran las seis de la tarde, en los noticieros se sucedían imágenes dantescas. Entre gritos de dolor, auxilio, súplicas, llamados a sus seres queridos y llanto, siete jóvenes se sofocaban y literalmente ardían dentro su celda convertida en pira luego de que aparentemente el efecto explosivo de una bomba lacrimógena incendiara los colchones. Afuera según ‘La Prensa’, 31 policías, tres custodios, once bomberos y algunos reporteros eran testigos y protagonistas de un acto de ‘lesa humanidad’, como se les llama a aquellos crímenes que por su naturaleza ofenden, agravian o injurian a la humanidad en su conjunto.

Las súplicas fueron desoídas y en una mezcla de sorna brutal, los ciudadanos escuchamos gritos de saloma, chiflidos, ataques verbales a la hombría, ‘porque lloras, si enante eras feliz’, ‘sal por la puerta’ (estaba cerrada), Agua… no son hombrecitos… ¡Muéranse!

En un afán de ‘controlar un motín’, los agentes encargados de hacer cumplir la ley, olvidaron lo más sagrado de su juramento ‘preservar la vida, honra y bienes de los ciudadanos’. Finalmente, ya con quemaduras en más del 70 % de sus cuerpos, entre jirones de piel, la vara policial descarga su furia en la anatomía de los afectados.

La Brutalidad policial es un término utilizado para describir el uso excesivo de fuerza física, asalto, ataques verbales y amenazas por policías y otras fuerzas del orden público. El término también se puede aplicar al mismo comportamiento de los oficiales de prisiones.

¿Pero cuáles son los factores que pueden influir para que un agente policial o custodio transgreda los principios básicos de una conciencia ciudadana se convierta en un sádico abusador? conversión estudiada por el psicólogo Philip Zimbardo y la que llamó ‘El efecto lucifer‘.

Trágicamente, lo ocurrido en nuestra prisión se sucede en menor y a veces mayor grado, en todas las prisiones del mundo y las causas son dolorosamente parecidas.

La situación de los encarcelados no es tan diferente a la de los carceleros. Los primeros buscan ansiosamente su libertad, los segundos tienen la obligación de mantenerlos recluidos hasta que cumplan su condena. Posiciones e intereses encontrados generan, con frecuencia, resentimientos y aversiones similares entre las partes.

Los reclusos se deprimen, se tornan ansiosos y agresivos con la separación forzada de sus familias. Un medio carcelario hostil, sobrepoblación, poca presencia de programas de resocialización, drogodependencia, formación laboral, manejo de la ira, falta de privacidad y mezcla de los internos sin tomar en cuenta sus personalidades y delitos, constituyen el caldo de cultivo para el carácter criminógeno de nuestros centros penitenciarios. Hacinamiento, corrupción, violencia e insalubridad son cuatro de los principales problemas de acuerdo con la Clínica Internacional de Derechos Humanos de la Universidad de Harvard.

Custodios y policías, por su parte, tienen que trasladarse de sus casas a los penales, que en muchos casos están retirados de la ciudad, pasar las horas de su trabajo bajo encierro, expuestos a el estrés laboral, la insatisfacción con el trabajo o el salario percibido, el deseo insatisfecho de cambio de puesto de trabajo, un carácter aversivo de supervisión, que atiende sólo a los déficits, errores y nunca a los aciertos y esfuerzos, conflictos con los internos, superiores y compañeros, existencia de reglas obsoletas, el elevado número de personas a atender, insuficientes recursos, falta de normas claras, poca valoración de la antigüedad y el hecho común de no recibir reconocimientos ni estímulos, fuera de su salario hace que no se identifiquen con los objetivos de su institución.

Faltos ellos mismos, de conocimientos de mediación, psicología penitenciaria, manejo de la ira e inmersos en un sistema donde el liderazgo posicional de algunos superiores no se correlaciona con ejemplo que deban recibir de ellos, permiten un estado de conflicto donde se difumina el sentido común e impera la obediencia ciega y disciplina basada en la fuerza, no en la psicología.

Carceleros y reclusos se ven mutuamente como adversarios y enemigos potenciales producto de la mentalidad de ‘nosotros contra ellos‘ Esa paranoia inconsciente poco a poco conduce a la deshumanización del entorno. Se sienten amenazados y responden de la misma forma.

El Efecto Lucifer sólo puede contrarrestarse con valentía y determinación. El cielo y el infierno están dentro de nosotros mismos dijo Juan Pablo segundo. La diferencia está en afirmarnos en nuestros valores y ser fieles a nuestra ética.

Evitar caer en el lado oscuro depende de nuestra capacidad de negar una orden inmoral, decidir libremente que algo está mal a nuestros ojos, aunque el entorno nos aliente a hacerlo.

*ASOCIACION CONCIENCIA CIUDADANA

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