Con un consumo per cápita de hasta 400 litros diarios —el más alto de la región—, Panamá enfrenta una crisis de eficiencia donde la mitad del agua procesada...
Señores,
Me dirijo a ustedes con respeto, pero con firmeza para expresarles una realidad objetiva que exige atención urgente y que todos conocemos.
El Instituto Oncológico Nacional (ION) enfrenta condiciones que requieren acciones inmediatas y sostenidas. No se trata de una queja aislada, sino de un llamado responsable a la conciencia pública y a la gestión eficiente de los recursos destinados a la salud.
Esta petición surge luego de conversaciones con algunos pacientes y familiares del ION y las recojo en un solo texto.
Cada día, aproximadamente quinientas personas acuden a este centro para recibir quimioterapias y otros tratamientos para ganarle tiempo al tiempo en la lucha contra el cáncer. A ese número se suman quienes asisten a consultas, laboratorios, procedimientos no invasivos, cirugías, hospitalización y cuidados intensivos. La magnitud de la demanda supera la capacidad de esa infraestructura. En términos simples: el espacio se quedó pequeño, los recursos no alcanzan y el personal trabaja al límite de sus manos y fuerzas.
Por varios días, he acompañado a un familiar tras una intervención quirúrgica, lo que me permitió observar en primer plano aspectos que no deberían formar parte de la experiencia de un paciente oncológico. Citaré algunos ejemplos: Al solicitar agua con la comida, se nos informó que no se proporciona. Sin embargo, pude constatar que no se ofrecía en ningún otro momento. Me indicaron que hiciera uso del agua del lavamanos. En efecto, es potable, pero se usa también, para lavar artículos personales y dejar correr por el caño diversos fluidos productos de drenajes médicos. No hay papel higiénico, ni papel toalla, no hay jabón, ni hay gel antibacterial.
El acceso a estos sencillos artículos en un hospital no son un lujo: son una necesidad básica, clínica y humana.
El inodoro y el baño son áreas desgastadas y diminutas, el agua de la regadera es tan fría, donde la ducha no es refrescante, ni placentera, si no un martirio más.
He visto como algunos pacientes deciden no bañarse y otros tiemblan por la dificultad para regular esa temperatura.
Los elevadores operan a su máxima capacidad, generando esperas prolongadas para personas con movilidad reducida, personas en camilla, con dolor o debilidad, Entre todos manejamos el código: Primero van ellos, los pacientes que más lo necesitan y luego los demás. Algunos otros utilizan las escaleras que se congestionan por personas agotadas que aprovechan los espacios para sentarse.
Las paredes están llenas de mensajes de fe y eso reconforta el espíritu, pero el cuerpo también tiene necesidades concretas. No se pide lujo, ni privilegio: se pide lo mínimo para atravesar la enfermedad con dignidad.
Asimismo, es evidente el desgaste del personal médico, de enfermería, auxiliares, administrativos y trabajadores de apoyo. Hoy vi desplomarse a una enfermera, tal vez por otro motivo ajeno a mi conocimiento, pero en mi entender debido al agotamiento. Un instante allí te desgasta, acaba tus fuerzas y nadie es de hule para estirar sus energías ilimitadamente. He visto doctores llorando en pasillos, agarrando sus gorros quirúrgicos con dolor e impotencia.
Por esto, en ningún momento, me permito pasar por alto la vocación de servicio del equipo de salud, en una palabra, es admirable, pero ningún sistema puede sostenerse únicamente sobre el sacrificio humano y el principio de buen samaritano.
El cansancio acumulado compromete la calidad de la atención y la seguridad de todos. Y en este espacio, solo quiero recordar que cuidar a quienes cuidan también es una responsabilidad del Estado y eso es responsabilidad de todos.
Este mensaje se queda corto ante tal escenario y no solo va dirigido a las autoridades públicas, sino también a la empresa privada, organizaciones civiles y ciudadanía en general. Existen múltiples formas de colaborar: donaciones de insumos básicos, apoyo a programas de infraestructura, equipamiento, alimentación y bienestar del paciente. Este flagelo afecta de una forma a nuestra sociedad entera y es imperante hacer algo.
El contraste entre la atención en la salud pública y la privada resulta cada vez más abismal. Un país que no logra garantizar condiciones dignas de atención para todos sus ciudadanos en momentos de extrema vulnerabilidad debe reflexionar profundamente sobre sus prioridades.
La salud no puede depender de la capacidad económica individual; es un pilar de justicia social. Tomemos modelos de países de la región, que salvaguardan y sostienen este sector.
El instituto necesita intervención urgente, planificación y compromiso real. Dejarlo en el olvido es falta de corresponsabilidad. Invertir en él no es un gasto: es una inversión en vida, en esperanza y en el núcleo mismo de nuestra sociedad.
Señores, esta enfermedad es insostenible a nivel privado y los índices van en aumento, hoy puede ser otro, pero mañana uno.
Este es un llamado a gritos del personal médico, de pacientes y familiares del oncológico, ojalá sea escuchado y atendido con la prontitud que la situación amerita. Actuar con responsabilidad y conciencia social evitará que la crisis se profundice y demostrará que Panamá, es un país que protege a su gente cuando más lo necesita.
Confiada que mi voz llegará al oído de quien pueda cambiar algo de esta realidad y tomar acción, se suscribe de usted,
Icenit Melgar