• 04/06/2022 00:00

Un comercio desafiante: la ruta virreinal Génova-Panamá-Lima

La presencia genovesa en el virreinato peruano y en Panamá cobró mayor visibilidad a partir del s.XVIII

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“Soy un extranjero adicto a la causa de América y los de mi clase han recibido protección y amparo del mismo Supremo Gobierno” (Juan de Anzardo, AGN, leg. 467, exp. 163; 1822).

La presencia genovesa en el virreinato peruano y en Panamá cobró mayor visibilidad a partir del s.XVIII. Génova, como aliada de la Corona, gozaba del privilegio de contar con la denominada “Carta Real de Naturalización” que permitía el desplazamiento de los comerciantes ligures por los vastos territorios americanos. Este brazo económico llegó a ser tan importante que, en el censo de extranjeros de 1775, el 34% de los extranjeros que residía en Lima eran genoveses, su número aumenta al 50% para la ciudad de Cádiz en la misma época (Campbell, 1972; Bustos, 2005; Lévano, 2019). Sin embargo, las vicisitudes y sinsabores de la guerra de independencia reducen su presencia en Lima al 23% en 1830 (Lévano, 2019), disminución que también se siente en las relaciones con Panamá.

La historiadora Brilli (2011) señala que el número de casas comerciales, de bodegas y de representantes ligures en Cádiz era el tercero en importancia después de los franceses en 1791. Varias de esas casas comerciales tenían nexos con el Istmo y la Ciudad de los Reyes. Sin embargo, algunos genoveses -en un afán de insertarse más rápidamente en la sociedad que los acogió- se interesaron en servir en la milicia virreinal, tal es el caso de Lorenzo Manzanero, natural de la villa de Porra, que “[…] formó parte del Batallón Provincial de Milicias de Infantería Española de Lima y se incorporó en 1784 con el grado de teniente; en 1786, alcanzó el grado de capitán” por cuyos servicios el Cabildo le adeudaba unos 6 mil pesos “[…] de habilitación que hice a los cien soldados que estaban a mi cargo acuartelados, dándoles camisas, zapatos, medias, plata y dos pagas de mi salario, como le consta al habilitado teniente don Francisco Concha” (AGN, Protocolos Notariales, 1835, citado por Lévano, 2019). 

En 1810, parte de ese batallón -aún sostenido por Manzanero- fue trasladado al teatro de operaciones de Nueva Granada y Panamá. Manzanero también se destacó por su lealtad al Rey aportando dinero para apoyar al ejército expedicionario realista que partió hacia Chile en 1818 en el fallido intento de detener la marcha del Libertador San Martín. Don Lorenzo -después de todo tenía un temperamento ligur dado al negocio- se dedicó al comercio del pisco ampliando su red de distribución desde Ica y Lima hacia Jauja y Huancavelica en la sierra peruana (AGN, Cabildo, CA-JO-1, leg. 114, exp. 1939, Lima 1787, citado por Lévano, 2019). 

La adversidad tocó a su puerta cuando sus bajeles fueron incautados por el gobierno virreinal para apoyar el esfuerzo de guerra transportando suministros a las fuerzas en liza, lo que lo arruinó al no poder traer y llevar mercancías (“géneros de Castilla”) entre Panamá, Cádiz y Génova.

Uno de los grandes comerciantes de la mencionada ruta transcontinental hasta Génova fue el ligur José Rodulfo y Estela, natural de Calizano, que residió primero en Panamá “[…] donde contrajo nupcias con doña Josefa Olasugarre (cuya grafía aparece también como ‘de Casagarre’). De este matrimonio tuvo dos hijos, Isabel y José (Lévano, 2019). Rodulfo era uno de los cuatro propietarios de la fragata ‘Reina de los Ángeles’ “[…] que comerciaba desde Cádiz con puertos del Pacífico (Iquique, El Callao, Guayaquil, Panamá, San Blas y California)”. 

Según Lévano, a este circuito Rodulfo le añadió una ruta terrestre dentro del virreinato peruano que unía El Callao con Lima, Huamanga (ciudad productora de azogue) y la zona minera de Yauricocha. En 1817, su barco transportó tropas del regimiento de Burgos desde Cádiz hasta El Callao. Al igual que a Manzanero, la ruina le sobrevino cuando la fragata fue confiscada con fines militares en California por las autoridades virreinales y se perdió toda la carga de cacao y otros bienes que aguardaba en Guayaquil. Sin embargo, su prestigio como ‘buen pagador’ era tan notorio que el Tribunal del Consulado Limeño le concedió garantías para que pudiera recuperarse. 

Sin embargo, una nueva confiscación de su barco en 1818, esta vez perpetrada en Lima para apoyar el desplazamiento de los ejércitos realistas que iban al Alto Perú, casi lo lleva a la inopia de no ser por 9 mil pesos que recibió en 18 vales reales (AGN, Tribunal del Consulado, TC-GO-3, leg. 19, exp. 984; 1818, citado por Lévano, 2019). Como muchos otros genoveses asentados en diversos territorios de la monarquía española, la coyuntura independentista modificó su vida cotidiana y alteró los mercados, así como los términos de intercambio.

Si bien la historiografía actual está redescubriendo progresivamente a otros actores de la epopeya independentista, los genoveses ocupan un capítulo particular al lograr desarrollarse en diversos rubros económicos durante el período virreinal. Realizaron alianzas con sus propios paisanos y con otros comerciantes limeños hasta los umbrales mismos de la independencia y, durante el proceso, dividieron sus lealtades entre la Corona o la República. 

Ellos sobrevivieron al descalabro de los circuitos comerciales y a la devastación generada por las guerras de independencia porque diversificaron sus negocios lo que hizo posible que, cuando arribó el capital inglés en forma de empréstitos o de inversionistas una vez alcanzada la victoria de Ayacucho (1824), tuvieran éxito en varias de sus nuevas alianzas.

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