El IMHPA prevé menos lluvias en el Pacífico y alerta sobre impactos en agricultura, agua potable, energía y Canal de Panamá
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Agrega La Estrella en Google ↗️Es curioso tener que sufrir y temer al reino de lo microscópico. Sin embargo, a lo largo de nuestra historia como seres vivos, nuestros cuerpos han sido el campo de batalla de la guerra más antigua y silenciosa que hemos librado.
La guerra contra los agentes patógenos siempre ha estado ahí: en el filo de un metal oxidado, en cada estornudo, en cada gota de saliva o sangre; una guerra que, a lo largo de los siglos, ha diezmado poblaciones enteras. Una de estas grandes batallas se llevó a cabo hace no más de seis años con la pandemia de COVID-19, y actualmente otra mantiene en alerta a autoridades sanitarias de distintos países tras el brote de hantavirus vinculado al crucero MV Hondius, algo que demuestra que la vigilancia epidemiológica no puede bajar nunca la guardia. Sin embargo, a pesar de esto, uno de los grandes logros de los últimos 150 años ha sido poder reconocer a este enemigo minúsculo.
El descubrimiento de los agentes patógenos como causantes de las plagas ha permitido desarrollar herramientas para hacerles frente, lo que ha salvado millones de vidas a lo largo de estos 150 años. De hecho, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, los esfuerzos globales de vacunación han salvado al menos 154 millones de vidas en los últimos 50 años, el equivalente a seis vidas por minuto. Actualmente, las vacunas previenen entre 3.5 y 5 millones de muertes cada año. Esto no solo ha incrementado nuestra calidad de vida, sino que además ha logrado aumentar la esperanza de vida de nuestra especie.
Una de las más importantes herramientas han sido las vacunas, un invento de 1796 elaborado a partir de fluidos de vacas enfermas de viruela (de ahí proviene el término “vacuna”, derivado de “vacuno”). La erradicación de esta enfermedad en 1980 fue uno de los mayores logros de la ciencia y de la cooperación humana.
Desde entonces, y hasta la casi erradicación de la poliomielitis y el control del sarampión o el espantoso tétanos, hemos vivido en una especie de Pax Vaccina, solo interrumpida por los horrores de 2020, que nos recordaron las tragedias que vivieron nuestros ancestros en su lucha contra las enfermedades contagiosas. Sin embargo, resulta absolutamente preocupante ver cómo un movimiento de personas —los llamados antivacunas—, motivados muchas veces a partir de información incorrecta que circula sin filtro en redes sociales cuestiona estas herramientas sin considerar la evidencia que las respalda. Las dudas son comprensibles; lo que no podemos permitirnos es que la desconfianza desplace a los datos.
Por ello la entrada al país de enfermos de sarampión —enfermedad controlada en Panamá desde hace casi 31 años— o los casos de lepra en 2025, son un recordatorio de que el peligro está latente y de que la seguridad de nuestras familias y de nosotros mismos puede verse amenazada por la irresponsabilidad de unos cuantos. Resulta especialmente preocupante en el caso del sarampión, pues esta enfermedad representa cerca del 60% de las vidas salvadas gracias a los programas de vacunación infantil en los últimos 50 años, según datos de la OMS.
Es vital que nuestro país continúe vigilante respecto a estas amenazas de salud y, sobre todo, que la población coopere con las autoridades sanitarias y esté pendiente de las campañas de vacunación, que son la envidia de muchos países hermanos. Es cierto que pueden surgir dudas respecto a una vacuna, y eso es normal; es natural tener reservas. Es deber nuestro, como ciudadanía, informarnos y exigir cuentas a las autoridades. Sin embargo, hay una diferencia entre una posición ideológica, basada en premisas pseudocientíficas, y una posición basada en hechos científicos.
Nadie quiere ver a una persona enferma cargando las cicatrices y deformidades que trae consigo la polio, una enfermedad que pasó de paralizar a cientos de miles de niños cada año a quedar prácticamente erradicada en gran parte del mundo gracias a la vacunación masiva. Creo que nadie quiere ver a un familiar suyo sufriendo por enfermedades como la viruela o la rubéola. Sencillamente, creo que dejar a la suerte la salud de un niño frente a uno de estos males, solo porque un “gurú” de la salud dijo en un video de YouTube que una vacuna podría causarle autismo, es tan imprudente como dejarlo jugar a la ruleta rusa.
Por años, como nación, hemos logrado hitos en salud que muchas otras están a años luz de alcanzar. Esto ha sido gracias a nuestro personal de salud, a líderes que han creído en el valor de estas campañas de vacunación y al pueblo que confía en nuestros profesionales. Sigamos vigilantes y continuemos el buen trabajo. Hay mucho por hacer, es cierto, sobre todo en regiones de difícil acceso y comarcas indígenas. Pero, en estos momentos, lo importante es continuar con lo que se está haciendo y mejorarlo, antes de ver cómo un problema que ya estaba superado vuelva a causar un dolor innecesario.