• 03/07/2023 00:00

Comunicación, noticias falsas y politiquería

“En este tiempo de campañas politiqueras, a la par de la propaganda política, cobra valor un proceso educativo que lleve a la ciudadanía a ser más selectiva y crítica a la hora de consumir los mensajes que los políticos le presentan”

Para que las sociedades se enfoquen en un proceso de rectificación, y en ese proceso atender las aristas que forman parte de los modelos de corrupción que las ahogan, es importante tomar pasos significativos frente al tema de la comunicación humana y sus varias dimensiones, las cuales deben cumplir con un solo objetivo: velar por el bienestar y el desarrollo de la especie.

No creo que exista algún sector de la sociedad que se atreva a discutir esto: Gobiernos y otros componentes de los Estados, trabajadores de la comunicación (periodistas, reporteros, editores, etc.), dueños de medios y toda la gama emisores y receptores. Cada sector tiende a percibir su espacio y sus procesos comunicacionales desde perspectivas individuales (dimensiones, las llamaría yo), en donde hacen lo posible por imponer su visón, su criterio y sus intereses. Ya en el pasado habíamos expuesto estás premisas, hoy las ampliamos a la luz de la enorme influencia de las noticias falsas (“Fake News”) en la sociedad.

No estoy a favor de que los Gobiernos controlen los medios ni limiten o censuren la opinión de uno o varios sectores (eso incluye a los poderosos dueños de los medios). Pero en ese mismo sentido, ningún sector en particular debe hacer lo mismo. En nuestros países en desarrollo se sigue la constancia mundial de aglutinar los medios de comunicación bajo el control de grandes consorcios mediáticos. Es más que obvio lo que eso significa: la definición de los procesos comunicacionales y el control de la codificación de los mensajes. Eso lleva a la formación o deformación del contexto social de nuestras sociedades para alinearlos cultural, política e ideológicamente.

Para mí, de muchas maneras, la comunicación sí es un servicio público. No debemos perder de vista que el Estado somos todos y el Gobierno es otra cosa. El Estado tiene necesariamente que abrir plazas para que haya garantías y espacios de desarrollo aceptables. Los procesos y los medios de comunicación deben estar al servicio de esas causas las 24 horas al día.

El oficio de la comunicación, a través del periodismo, por ejemplo, debe tener como objetivo la tarea de informar. Pero ese objetivo no debe ser en el marco de parámetros definidos por los intereses de los propietarios de los medios, y por las relaciones que éstos sostengan con los centros económicos y de poder. Debe brindar un panorama coherente y objetivo de lo que se informa, asentado en una investigación profunda, seria y con el ánimo siempre de educar. Y esto va de la mano con la exigencia por realizar una labor periodística de excelencia y alejada de cualquier influencia; eso incluye la presente necesidad de convertir los espacios informativos audiovisuales en espectáculos llamativos y sensacionalistas. Para trasmitir información, no es necesario adornarlo con tantos globos y pitos.

El teórico francés Dominique Wolton, estudioso e investigador de los temas de comunicación, hace unos años tituló uno de sus libros con la frase: “Hay que salvar a la comunicación”; salvarla “de su banalización, del vaciamiento de su contenido generados por lo que llama 'la filosofía tecnológica y económica' que domina las reflexiones sobre el tema”.

Hoy, en la era digital, más que cualquier otro tiempo del pasado, es importante salvar la comunicación de los desafíos que presentan las noticias falsas. La rápida difusión y la viralidad de la información errónea a través de las plataformas de redes sociales y los canales en línea, contribuyen a la distorsión del discurso público y la erosión de la confianza en la información precisa. La manipulación de hechos y narrativas para servir agendas particulares explota los prejuicios de las personas, más en estos tiempos en que los consorcios de medios han mostrado signos más claros de alineación ideológica.

La falta de alfabetización mediática y habilidades de pensamiento crítico entre las personas, amplifica aún más el impacto de las noticias falsas. El consumo superficial de noticias y la dificultad para diferenciar fuentes confiables de fuentes no confiables contribuyen a los desafíos. La lucha contra las noticias falsas requiere un enfoque multifacético, que incluya la alfabetización mediática y prácticas responsables de difusión.

En este tiempo de campañas politiqueras, a la par de la propaganda política, cobra valor un proceso educativo que lleve a la ciudadanía a ser más selectiva y crítica a la hora de consumir los mensajes que los políticos le presentan.

Comunicador social.
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