• 02/10/2026 00:00

¿Cuál debería ser la función principal de la Policía: reaccionar o prevenir?

Hay una pregunta sencilla que puede ayudarnos a repensar la seguridad pública: ¿cuándo queremos que llegue la Policía? La respuesta inmediata probablemente sea “lo antes posible”. Pero podemos ser más ambiciosos: idealmente, querríamos que algunas de sus capacidades hubieran intervenido antes de que fuera necesario llamarla.

Cuando ocurre un robo, una agresión o un homicidio, esperamos una respuesta rápida y profesional. Necesitamos que la Policía proteja a las personas, controle la situación, preserve evidencia y contribuya a la investigación. Esa capacidad reactiva es indispensable. Sin embargo, desde la perspectiva de la víctima, incluso una reacción policial impecable llega después de que el daño se produjo.

El desafío no consiste en reemplazar reacción por prevención, sino en lograr un mejor equilibrio entre ambas. Y Panamá no parte de cero. Por el contrario, cuenta con experiencias que muestran que este camino es posible. El trabajo de las Unidades Preventivas Comunitarias (UPC), con experiencias como las de Samaria y El Chorrillo, constituye un ejemplo valioso de cómo la presencia policial puede evolucionar desde una lógica predominantemente reactiva hacia otra basada en proximidad, conocimiento del territorio, prevención y construcción de confianza con la comunidad. Estas experiencias demuestran algo fundamental: la prevención no es una idea abstracta ni una función ajena al trabajo policial. Es una forma concreta de producir seguridad. La cercanía con la comunidad permite conocer problemas antes de que escalen, identificar factores de riesgo, comprender las dinámicas territoriales y articular respuestas con otros actores públicos y comunitarios.

Pocas instituciones poseen un conocimiento tan directo de lo que ocurre cotidianamente en un territorio como la Policía. Cada llamada de emergencia, denuncia, patrullaje, intervención, conflicto vecinal, incautación o investigación genera información. La proximidad comunitaria agrega algo especialmente valioso: relaciones y conocimiento del contexto que permiten comprender mejor esos datos. El siguiente paso consiste en transformar sistemáticamente esa información en conocimiento para anticipar riesgos y orientar decisiones.

El delito y la violencia no se distribuyen uniformemente. Determinados lugares, horarios y circunstancias concentran más incidentes. Algunas personas son victimizadas reiteradamente. Un número reducido de individuos puede estar relacionado con una proporción significativa de la violencia. Algunos conflictos presentan señales de escalamiento antes de producir consecuencias graves. Identificar esas concentraciones permite intervenir antes.

Si el análisis muestra, por ejemplo, una concentración de robos en ciertos lugares y horarios, la respuesta no tiene necesariamente que ser aumentar el patrullaje en toda la zona. Puede ser más eficiente focalizar recursos en determinados puntos y horarios, analizar qué condiciones facilitan los delitos, trabajar con vecinos y autoridades locales para modificarlas y posteriormente evaluar los resultados.

La misma lógica puede aplicarse a problemas más complejos. Frente a la violencia doméstica, identificar tempranamente situaciones de alto riesgo puede evitar una escalada letal. Frente al crimen organizado, analizar conexiones entre drogas, armas, dinero, logística y facilitadores permite atacar capacidades criminales antes del próximo incidente. En puertos, fronteras y cadenas logísticas, el análisis de riesgos permite concentrar controles donde pueden producir mayor impacto.

Esto resulta especialmente relevante para Panamá. Su posición geográfica, puertos, aeropuertos, fronteras, plataforma logística y financiera y, naturalmente, el Canal constituyen enormes fortalezas nacionales. Esa conectividad también genera riesgos. Controlar todo, todo el tiempo, sería imposible y extremadamente costoso. Identificar dónde se concentra el riesgo permite utilizar mejor los recursos necesariamente limitados.

Aquí las experiencias de las UPC adquieren un valor adicional. El desafío podría ser no solamente preservar aquello que funciona, sino aprender sistemáticamente de esas experiencias, medir sus resultados e identificar qué componentes pueden adaptarse y replicarse. ¿Qué cambió en esos territorios? ¿Qué intervenciones funcionaron mejor? ¿Qué información permitió anticipar problemas? ¿Qué formas de cooperación con los vecinos produjeron mejores resultados? Esta es la lógica de la policía basada en evidencia: identificar lo que funciona, medir sus resultados y fortalecerlo. Más allá de registrar patrullajes, operativos o detenciones, una gestión preventiva se enfoca en una pregunta clave: ¿qué cambió gracias a la acción policial?

¿Disminuyó la violencia? ¿Se redujeron los robos? ¿Bajó la revictimización? ¿Mejoró la seguridad en determinados espacios? ¿Aumentó la confianza de la comunidad? Panamá cuenta así con algo particularmente valioso: experiencias propias sobre las cuales construir. Las UPC de Samaria y El Chorrillo muestran un camino posible. El desafío no es sustituir lo que la Policía Nacional hace bien, sino medirlo, aprender de sus éxitos, perfeccionarlo y extender su lógica allí donde resulte apropiado. Porque una Policía que llega rápidamente cuando la necesitamos presta un servicio esencial. Una Policía que conoce su comunidad y contribuye a evitar que sea necesario llamarla presta un servicio todavía mejor.

* El autor es miembro del think tank de CLIPP
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