• 27/02/2026 00:00

Cuando la inteligencia artificial asusta más a los mercados que a la economía

Hay días en que los mercados financieros parecen vivir con el pulso acelerado. Basta una actualización de inteligencia artificial, un anuncio ambicioso o una demostración técnica llamativa para que las acciones en bolsa se desplomen. No porque los ingresos de esas empresas hayan cambiado de la noche a la mañana, sino porque la imaginación de los inversionistas se dispara más rápido que la realidad.

En las últimas semanas hemos visto una secuencia reveladora. Primero, nuevas herramientas de Claude AI y ChatGPT hicieron temblar a empresas de software. Si cualquiera puede escribir software complejo, ¿para qué pagar millonadas por esos servicios? Poco después, avances en herramientas de ciberseguridad de Claude provocaron caídas en el sector accionario de ciberseguridad. Y, si la historia reciente sirve de guía, la próxima actualización de algún modelo potente podría poner en la mira a otra industria completamente distinta.

El patrón empieza a ser claro: cada salto visible de la inteligencia artificial se traduce casi de inmediato en una ola de ansiedad bursátil. Hasta hace poco, muchos veían la IA principalmente como un generador de riqueza económica. Pero surge una pregunta incómoda: ¿qué pasa si la IA avanza tan rápido que deja obsoletos modelos de negocio enteros? ¿Y si la productividad de las máquinas termina destruyendo más empresas y empleos de los que la economía puede absorber? Son inquietudes legítimas. Pero también conviene ponerlas en perspectiva.

La historia económica está llena de episodios en los que una nueva tecnología parecía destinada a arrasar con sectores completos. La revolución industrial, la automatización manufacturera, la digitalización de servicios y la expansión de internet generaron temores similares. En todos los casos hubo ganadores y perdedores —a veces de forma dolorosa—, pero la economía en su conjunto no se quedó sin actividad ni sin empleo. Se transformó. Esto no significa que los mercados estén equivocados al reaccionar. Lo que sí sugiere es que, en muchos casos, están respondiendo a la velocidad de la narrativa, no a la velocidad de los hechos.

Hoy el ciclo parece repetirse con mayor intensidad. Se presenta públicamente una nueva capacidad de IA y, casi de inmediato, se dibuja un escenario extremo: márgenes evaporándose, empleos desapareciendo, modelos de negocio en riesgo. Sin embargo, entre la demostración técnica y el impacto económico real suele existir un trecho considerable. Integrar nuevas tecnologías a gran escala toma tiempo y exige ajustes profundos.

Además, no todos los trabajos ni todos los sectores son igualmente vulnerables. Mientras algunas tareas cognitivas rutinarias sí enfrentan presión creciente, muchas actividades ligadas al mundo físico —infraestructura, mantenimiento, servicios técnicos especializados— siguen dependiendo de habilidades difíciles de automatizar masivamente.

Otro punto que a menudo se pierde es la diferencia entre el impacto en empresas específicas y el efecto sobre la economía en general. Si la inteligencia artificial comprime los márgenes de ciertos intermediarios, sus accionistas pueden sufrir. Pero, al mismo tiempo, los consumidores pueden beneficiarse con menores costos y mayor eficiencia. La historia muestra que cuando bajan los costos de transacción, la actividad económica tiende a expandirse.

Por supuesto, la velocidad del cambio importa. Si la adopción tecnológica se acelera demasiado, pueden aparecer fricciones laborales, episodios de volatilidad y ajustes dolorosos en algunos sectores. Los mercados, que detestan la incertidumbre, reaccionan con especial sensibilidad cuando sienten que el terreno se mueve bajo sus pies. Pero quizá la señal más importante no es que la economía esté al borde de una crisis provocada por la inteligencia artificial. Más bien, lo que revela este episodio es cuán susceptibles se han vuelto los mercados a cualquier narrativa que cuestione el optimismo tecnológico dominante.

La inteligencia artificial seguirá avanzando. Algunas industrias se adaptarán con rapidez; otras tardarán más. Habrá errores de cálculo y correcciones de mercado. Eso es parte normal de toda gran transición tecnológica. Al final, es posible que la inteligencia artificial no destruya el mundo laboral como temen los más pesimistas, sino que termine creando riqueza en áreas que hoy ni siquiera imaginamos. La volatilidad que estamos viendo puede ser simplemente el precio normal de una gran transición tecnológica.

El verdadero error sería caer en los extremos: ni asumir que todo está perdido, ni creer que no existen riesgos reales. En momentos como este, la postura más sensata no es el pánico ni la euforia, sino la cautela informada.

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