• 04/04/2021 00:00

Cultura: ¿apocalípticos o integrados? (II)

“Esta suerte de escándalo, surgido hace unas semanas en torno al Ministerio de Cultura y la contratación de gente más cercana a la jueza Polo que a Sinán o Roque Cordero, nos pone sobre el tapete un atisbo del norte que guía la política cultural del Estado”

Podemos suponer que la propuesta genérica sobre industrias naranjas del BID es altruista y pretende incorporar a la cadena económica productiva a artistas y artesanos, no obstante, no cavila sobre los propósitos de unos y otros que son diametralmente opuestos en su esencia y en su fundamento. Esta es una reflexión indispensable, por cuanto definirá el talante con el que trataremos cualquier manifestación creativa.

Aparte de la mayor o menor destreza que posea un artesano que confecciona sombreros que hace que su producto sea más o menos bonito, vistoso o delicado en su acabado, su motivación y su fin estarán signados por el intercambio mercantil de él. Su exhibición terminará en el escaparate de la tienda. La motivación en su ejecutante no reside en una necesidad espiritual por expresarse, por decir algo que cree alguien tiene que atender. Se trata de un bien utilitario y la repetición de ese primer acto creativo, al poco tiempo, se vuelve mecánica y se vacía de arte. Es artesanía.

Esta forma de enfrentar su trabajo en un artista es inconcebible. En la esencia del arte está la necesidad de comunicación espiritual, en donde lo material es subalterno. Ese ethos se encuentra en Altamira y Lascaux y lo vemos también en Leonardo, Shakespeare y Margot Fontaine. Si no, ¿por qué aquel chamán se fue a lo más recóndito de la caverna, para expresar ese deseo por el bisonte o el venado a un ser abstracto? Si no, ¿por qué los largos años de estudio y sacrificio del violinista o la bailarina?

Es imprescindible que se reflexione sobre el destino del hombre panameño que queremos. La jueza Polo es una exitosa emprendedora de la actuación. Factura y entretiene a una gran multitud; tiene un escenario bellamente iluminado y construido y genera empleos. Sin dudas, logra el primer objetivo de la empresa naranja, pero… ¿qué nos deja? ¿Cuál es el aporte espiritual que dimana de su espectáculo? ¿Es justo el intercambio? Creo que no.

Esta suerte de escándalo, surgido hace unas semanas en torno al Ministerio de Cultura y la contratación de gente más cercana a la jueza Polo que a Sinán o Roque Cordero, nos pone sobre el tapete un atisbo del norte que guía la política cultural del Estado. ¿Qué queremos como nación? ¿Qué tipo de hombre queremos que aparezca en nuestro horizonte? ¿Más Glorias Guardia, Alfredos Sinclair y Clarence Martin? ¿O nuestro ideal sea la imagen de Sorolo, nombre que un cantante popular hizo famoso en alguno de sus pregones?

A quienes les ha correspondido la inmensa responsabilidad de darle dirección a la cultura nacional en esta etapa que comienza y que se ha decantado por la versión integrada de la cultura, quisiera que pusieran en la balanza lo que Umberto Eco reconoció hace más de medio siglo y que hace más intrincada una solución: «El problema de la cultura de masas es en realidad el siguiente: en la actualidad es maniobrada por “grupos económicos”, que persiguen finalidades de lucro, y realizada por “ejecutores especializados” en suministrar lo que se estima de mejor salida, sin que tenga lugar una intervención masiva de los hombres de cultura en la producción». ¿Se ha visto el cambio de paradigma con este componente?

En conclusión, un ministerio de Cultura, entendido desde el punto de vista de los integrados, tiene que lidiar con casi todo lo que hace el ser humano y eso es demasiado. Alguien siempre estorbará. La industria naranja tiene más posibilidades de subsistir que la enseñanza, formal y no, del arte y de su valoración. ¿Por qué poner a competir a ambos mundos? A la hora de repartir el presupuesto, ¿a quién le concedo mayor importancia: al joven que produce más «pasta» o al chico incordio que requiere mucha atención? ¿Al artesano o al bailarín? ¿Al tallador de tagua o al estudiante de violín? Después de todo, «¡Para qué diablos sirve un poeta!».

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