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- 11/04/2015 02:00
La cumbre de la encrucijada
El Gobierno de Nicolás Maduro ha convertido a Venezuela literalmente en un Estado forajido, algo impensable hace 30 años atrás, cuando ese país sudamericano era considerado el faro de la democracia en América Latina, y al cual todos acudían para pedir auxilio y protección ante las dictaduras en la región. La VII Cumbre de las Américas, que tiene lugar en Panamá, es el escenario perfecto para poner en liza a todos los Gobiernos que hasta el momento han guardado un insólito silencio ante los desmanes contra los Derechos Humanos protagonizados por Maduro y sus colaboradores inmediatos.
Las protestas contra el mandatario venezolano se iniciaron el año pasado, luego de una serie de hechos detonantes que tienen su inicio en su propia legitimidad, una discusión que tiene lugar desde el mismo instante en que fue erigido como sucesor del finado Hugo Chávez, en medio de una serie de componendas de oscuros propósitos vinculadas al deceso del exlíder bolivariano. Luego, el asesinato de una actriz y ex reina de belleza provocó la ira estudiantil en varias partes del territorio venezolano y, poco después, el encarcelamiento del líder opositor Leopoldo López subió las llamas de las protestas.
Esto es apenas la punta del iceberg en un país donde la hostilidad es el pan de cada día. El descontento que experimentan los venezolanos a causa de la brutal escasez de alimentos y medicinas, y de la creciente tasa de homicidios, casi inmanejable por las autoridades, ha provocado serios cuestionamientos a la gestión de Maduro, quien ha respondido inmisericordemente con una represión jamás vista en la historia republicana de ese país.
La reciente decisión de Barack Obama de considerar a Venezuela como una amenaza para la seguridad de los Estados Unidos, más su acercamiento a Cuba, desnuda aún más las falencias y desatinos en los que ha incurrido internacionalmente el heredero de Chávez, un hombre que desde su inicio ha sido considerado un incapaz para resolver la severa crisis económica que enfrenta Venezuela.
La otra pata de la mesa son las acusaciones por parte de los Estados Unidos en torno a las vinculaciones del régimen de Maduro con el narcotráfico y el lavado de dinero, mediante el uso inescrupuloso del régimen cambiario, a través de la petrolera estatal PDVSA, firma que recientemente fue expulsada del sistema financiero internacional, a causa de estos señalamientos que la asocian con el blanqueo de capitales en las bancas de Suiza, China, Rusia y Andorra.
En esta VII Cumbre de las Américas, el Gobierno estadounidense tiene el compromiso de abordar el tema venezolano, aún a costa de la oposición de los sempiternos aliados del régimen bolivariano. La balanza podría colocarse a favor del presidente Obama, si las naciones que guardan silencio alzan su voz de una buena vez, ergo Colombia, México, Brasil, Chile y Costa Rica, y a la espera de que otras como Honduras, Perú, Paraguay, Guatemala, Canadá y República Dominicana mantengan una postura de condena al régimen madurista. Del anfitrión, Panamá, no se espera más que neutralidad, aunque el presidente Juan Carlos Varela ha manifestado una tibia inclinación a abogar por el mandatario venezolano.
A simple vista pareciera que Obama tiene las de perder, pero también tiene en Cuba a un invalorable comodín. Raúl Castro está ante el dilema de refrendar la mano que le ha tendido el mandatario norteamericano o de ratificar su sempiterno apoyo a régimen chavista. Obama trabaja a largo plazo. Su estrategia parece la de un mapa de navegación. No obstante, está dispuesto a parar en seco las hostilidades del Gobierno venezolano. Si los líderes de la región se lo proponen, la VII Cumbre de las Américas podría ser la más importante de todas las realizadas hasta ahora, o simplemente podría quedar como una reunión más de un incoloro turismo presidencial.
* PERIODISTA, ANALISTA, POLITÓLOGO; DEFENDE, DEFENSORES DE LA DEMOCRACIA.