• 07/01/2026 00:00

De la invasión a Panamá al intervencionismo en Venezuela: la vigencia de la doctrina Monroe

El pasado 20 de diciembre se cumplieron 36 años de la invasión de Estados Unidos a Panamá, realizada bajo el pretexto de detener a Manuel Antonio Noriega. El ejército estadounidense se desplegó a lo largo y ancho del territorio nacional, asesinando a más de 1,823 panameños y panameñas, destruyendo sitios emblemáticos e incendiando sectores enteros, como el barrio mártir de El Chorrillo.

La ocupación dejó una profunda secuela de afectaciones económicas, psicológicas y sociales, propias de una intervención militar contra un país pequeño por parte de la mayor potencia militar del mundo. Panamá, además, había permitido la presencia de 14 bases militares y la residencia de familias y tropas estadounidenses en su territorio.

Hoy, la hermana República Bolivariana de Venezuela enfrenta una intervención que, guardando las proporciones, se justifica bajo las mismas razones esgrimidas en Panamá. En Venezuela, se reporta la captura del presidente Nicolás Maduro y de su esposa; mientras que en Panamá, tras trece días de la invasión, Manuel Antonio Noriega se entregó en la Nunciatura Apostólica. Sin embargo, la falta de confianza en las informaciones actuales impide confirmar la veracidad de lo que se difunde.

Pareciera que el presidente Donald Trump, en su ambición de controlar América Latina, busca retrotraer políticas contra las que tantos latinoamericanos han luchado. Así lo advierte el profesor Diógenes Sánchez en su ensayo Cronología de las Doctrinas Imperialistas de la Política Exterior de Estados Unidos y su Impacto en Panamá, donde sintetiza catorce doctrinas, desde la doctrina Monroe hasta el llamado “Trumpismo”. En este espacio señalaremos la primera de ellas, por falta de espacio, que evidencia el retroceso que se está produciendo. Las luchas contra estas políticas han significado represiones, asesinatos y múltiples laceraciones para nuestros pueblos.

La doctrina Monroe, proclamada en 1823 por el presidente James Monroe, se resumía en la frase: “América para los americanos”. Contenía tres disposiciones principales que se convirtieron en pilares de la política exterior estadounidense: la no interferencia de los Estados americanos en los asuntos internos de Europa, la no interferencia de los Estados europeos en los asuntos internos de América y la determinación de impedir cualquier intento europeo de colonizar Estados Unidos. Este hecho histórico parece definir los antecedentes de lo que posteriormente sería la Guerra Fría.

El sexto presidente de Estados Unidos, John Quincy Adams, fue considerado el verdadero ideólogo de la doctrina Monroe. En ella subyacía la idea de convertir a Latinoamérica en una zona de influencia y hegemonía imperial estadounidense, motivada por su riqueza natural y posición estratégica, como en el caso de Panamá.

El Libertador Simón Bolívar ya advertía en su Carta de Jamaica de 1815 las intenciones imperialistas de Estados Unidos. Su sueño era construir la unidad continental con Panamá como capital: “¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el Corinto es para los griegos!”. Por ello impulsó el Congreso Anfictiónico de Panamá en 1826, cuyo bicentenario se cumple este año, con el propósito de cristalizar la unidad hispanoamericana.

En medio de la debilidad y fragmentación de Hispanoamérica, la doctrina Monroe aprovechó la coyuntura para advertir a Europa que Estados Unidos se arrogaba el derecho de salvaguardar la integridad territorial de América. Bajo esa visión, se reafirmaba que los intereses de Europa y América eran distintos, y que no permitirían intervención alguna. Sin embargo, este principio se convirtió en el pretexto para que, en el futuro, fueran ellos mismos quienes se apropiaran de los territorios hispanoamericanos.

Hoy, a la luz de nuestra memoria histórica y de las heridas aún abiertas por las intervenciones extranjeras, se impone el llamado a reafirmar la unión y la soberanía de los pueblos latinoamericanos. Solo desde la solidaridad, la conciencia crítica y la defensa de nuestra dignidad podremos impedir que se repitan las imposiciones que han marcado nuestro pasado. La unidad continental que soñó Bolívar sigue siendo una tarea vigente: construir un futuro en el que las naciones decidan por sí mismas, libres de tutelas y dominaciones, y en el que la voz de nuestros pueblos sea la fuerza que guíe su destino.

Rechazamos con firmeza la intervención gringa impulsada por Donald Trump, que pretende perpetuar la subordinación de nuestra región. América Latina no puede ni debe aceptar nuevas formas de injerencia que atenten contra su independencia y su derecho a decidir su propio camino. Cuando los representantes políticos no se plantan con firmeza y ceden al servilismo, corresponde a los pueblos levantar su voz y unirse, como en otros tiempos, para luchar y decir con claridad: no al intervencionismo militar.

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