• 13/02/2012 01:00

El dilema de la básica

D oña Meche había recorrido los pasillos del supermercado con cautela. A sus años ha aprendido que en ese lugar las prisas y emociones l...

D oña Meche había recorrido los pasillos del supermercado con cautela. A sus años ha aprendido que en ese lugar las prisas y emociones le distraen lo suficiente como para hacer malos cálculos. Esas cuentas que se hacen mal y que cuestan caro frente a la caja registradora.

Además, con los inestables precios ha dejado de confiar en su último referente, y por más que hayan pasado pocos días desde su más reciente visita al supermercado, verifica los precios una y otra vez. Ya no puede confiar, los productos suben de precio casi que por minuto.

Con todas esas delimientantes de su contexto, doña Meche avanza impulsando su carretilla. Pasa delante de los detergentes y productos de limpieza, toma uno o dos productos, y luego se detiene frente a las escobas y trapeadores, como estas no tienen precio y la máquina que los verifica no funciona, le pregunta a un empleado por el valor de una escoba, se regresa con la expresión en neutral; suspira y devuelve la escoba. Así va transcurriendo el tiempo y el recorrido de Meche.

Pasó frente a los cereales, los enlatados, artículos de aseo personal, embutidos y bebidas frías. Más adelante se encontró con los sobres de bebidas instantáneas, el pan de molde, las carnes y de regreso intentó llevar una golosina, para endulzarse la vida que tanto trabajo le cuesta mantener dignamente.

Meche recorrió el local sin abandonar la cautela con que se revistió desde su arribo al sitio. Siempre pendiente de cambios en los precios, sacando la cuenta y revisando un ‘papelito’ medio marchito por el uso que la acompañaba durante todo el recorrido.

Al papel le iba tachando lo que incluía en la carretilla. Otros productos en su papel eran marcados con una ‘X’. Esos eran ajustes en el presupuesto sobre la marcha, o tal vez habían cambiado de precio y por lo tanto ella reorganizaba su prioridad.

Con el transcurso de los minutos y la constante reestructuración de sus planes, ‘por fuerzas ajenas a su voluntad’, una sensación de incomodidad le fue invadiendo, finalmente se dirigió a la caja. La fila era larga, ella tenía una semilla de incertidumbre en el pecho, los precios cambian lo suficientemente rápido como para robarle la confianza en sí misma. Llegó a la caja y empezó a sacar la compra de la carretilla, en su ‘papelito’ los ‘reprogramados’ eran muchos. Finalmente le tocó el turno de facturar su compra. El sonido de la registradora le aceleraba el corazón, con cada timbrazo electrónico, Meche sentía crecer su incertidumbre, no podía estar segura, necesitaba acabar con la ansiedad. Los pensamientos le atacaban sin piedad, ‘¿y si no me alcanza?, ¿y si el precio marcado ya no es?’... Estaba a punto de una crisis emocional.

El último timbrazo de la lectora de código de barras había sonado hacia 2 segundos, el silencio le confirmó lo que sus ojos veían, todo había terminado; el momento de la verdad había llegado. En fracciones de segundo levantó la mirada hacia la pantalla de la caja registradora, la cinta de su factura le obstruía la vista... no tenía alternativa, así que preguntó: ‘¿Cuánto es?’, la respuesta confirmó sus temores. No tenía dinero suficiente, tenía que devolver productos. Con una mueca en la boca y casi en secreto le dijo a la persona en la caja que debía ‘replantear la factura’. Meche sentía que el piso se abría bajo sus pies. Quería desaparecer, estaba avergonzada. Para colmo de males, como había que borrar artículos de su cuenta, la cajera debía llamar a un supervisor. Para eso debe sonar otro timbre y hacer parpadear una lámpara sobre la caja. Al menos todas las personas en 5 metros a la redonda notan que algo sucede.

Doña Meche tuvo que hacer lo que ahora quiere institucionalizar el gobierno. Ante la impotencia de poder detener la inflación, proponen sacar alimentos de la lista de la Canasta Básica. Qué forma tan superficial de atender el problema. Doña Meche lo hace por instinto de supervivencia, frente a la implacable caja registradora del supermercado. El gobierno lo propone como una medida de poder decir que la canasta básica ha bajado de precio. Lo cierto es que mientras la ciudadanía intenta sobrevivir y el gobierno disimular, los precios siguen subiendo ante la impotencia de unos y la ineficacia de otros.

PERIODISTA

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