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En nuestra columna anterior discutimos qué es la ideología y por qué todos tenemos una. Ahora vamos a discutir las condiciones por las que los canales de información y participación cumplen un rol fundamental en el desarrollo de nuestras posturas ideológicas. Además, el límite práctico de la ideología en nuestras sociedades, y ciertos riesgos sociales y políticos al respecto.
En cuanto a lo primero, la relación con los canales de información, terminamos diciendo que en las sociedades actuales no todo el mundo puede estar informado de todos los temas, debido entre otras cosas a la complejidad de los temas que hoy se abordan. Nadie puede ser hoy un Leonardo Da Vinci que sepa y practique de todo, por lo que las posturas y opiniones frente a los diversos asuntos de la sociedad se tienen que simplificar, reducir a construirse desde cápsulas de información en las que se confía más que en otras, y que terminan añadiendo peldaños en la construcción mental que se tiene del mundo.
Con respecto a esas fuentes de información, en su momento, antes del internet, uno podía informarse con discursos públicos y espacios como la prensa, la radio y luego la televisión. Los partidos políticos servían entonces como canales de participación política que a través de discursos y programas de gobierno podían hacer que un ciudadano confiara en la visión que cada uno de ellos tuviera de la sociedad.
Pero con los partidos políticos comenzó a pasar algo, se comenzaron a parecer mucho entre ellos y desdibujarse la distancia que había entre uno y otro. La ciencia política comenzó a reconocer el surgimiento de un nuevo partido, el partido cartel, que iba a priorizar ser elegido en el gobierno antes que defender una postura, tendiendo por ello a posiciones políticas menos claras, dado que una postura definida me aleja de un sector de la sociedad, pero una postura difusa me mantiene como opción de todos.
Además, estos partidos tendieron a privilegiar relaciones clientelares con el Estado, dado que lo más importante es mantenerse en el poder, no cumplir con un programa. Si a todo esto se suma que con la televisión y luego las redes sociales aumentó la personalización de esos partidos, entonces ahora se vota más por el carácter de una persona y qué tanto se cree que lo haría bien, menos por programa e ideología. Los mismos partidos políticos aparecen con unos de los más bajos niveles de favorabilidad ciudadana según el CIEPS.
Con respecto a otros canales de información, las redes sociales trajeron que nos informemos más con memes, hashtags, e influencers. Raisa Urribarri expone en el Informe de la IV Encuesta de Ciudadanía y Derechos del CIEPS que los canales de información más utilizados para informarse por la ciudadanía panameña son, en su orden, WhatsApp (74,8%), televisión convencional (72,3%) e Instagram (71,8%). Luego de ellos, pero con menores porcentajes, TikTok (59,7%), Youtube (57,6%) y Facebook (56,8%). Cinco de los primeros seis son canales de información digitales.
En cada uno de estos medios cada persona se forma una idea que es propia, pero inevitablemente influenciada por intermediarios, influencers, formadores de opinión o bodegas digitales, que en el caso de los canales digitales están creando su espacio en el clima de confrontación que los algoritmos de las redes sociales favorecen. Si además solo veo o sigo a los que piensan como yo, pues refuerzo mi visión y cada vez me alejo más de las de otros, sumando al clima de polarización que tantos expertos denuncian.
Este es un problema para una sociedad en la que cuatro de cada cinco personas desconfían del otro, según las encuestas del CIEPS. Cualquiera que sea el rumbo que tome el país, es imposible construir un sendero conjunto si se alimenta aún más el clima de desconfianza y sospecha que la ciudadanía y algunos medios y canales de información propician con respecto de otras formas de informarse. En este caso informarme con los que piensan como yo alimenta la ideología propia, la robustece, pero es como hacer crecer solo los músculos de un brazo y no del otro, creando un esperpento.
Otro límite práctico de la ideología como atajo mental para ver y hacer política es su incapacidad para descender al nivel en que la complejidad de los asuntos públicos es requerida. Está bien que todos tenemos una, que la defendemos y que vemos el mundo desde ella, pero un problema como la dotación de agua potable en una provincia requiere de un nivel de detalle que no va a ser resuelto solamente con una bandera u otra. Requiere también formación y discusión técnica, un elemento que no reemplaza la postura ideológica pero debiera complementarla si es que quiere llegar a puerto.
La solución, por supuesto, no es despojarse de la ideología, un ejercicio inútil porque esos son mis lentes del mundo, la forma en que mi vida y mis espacios me dejan ver el mundo; pero sí comprender sus limitaciones, sobre todo en el quehacer político. Es importante abrir aún más la mirada a otras posturas y sujetarse a la crítica pública como forma de balancear el rumbo.