• 06/01/2026 00:00

El cuento de la educación para superar desigualdades sociales

Recientemente, se está abanicando con más fuerza la idea de que hay que fomentar mayor educación adecuada a los requerimientos del cambiante mercado de trabajo. La idea es, ofrecer oportunidades para una supuesta reducción de las desigualdades sociales. Esta expectativa no solamente la fomentan las autoridades oficiales y sus medios de comunicación, sino incluso, la mayoría de líderes sindicales.

Esta mancuerna de educación y reducción de desigualdades sociales viene a ser como el cuento de la zanahoria que le ponían por delante a los burros para que trataran de alcanzarla y así avanzaban, cosa que nunca iba a ocurrir pero que servía perfectamente a los dueños de las cargas que llevaban los asnos. Aquí, se pone la zanahoria viene a ser la educación entendida en términos de escolarización o instrucción de aquello que requieren las empresas, no de aquello que requiere el desarrollo autónomo del país. Por supuesto, que los propietarios privados de las empresas entienden que el desarrollo del país se alcanza con el crecimiento de sus ganancias, no de los conglomerados de trabajadores, nosotros no entramos en sus ecuaciones de desarrollo.

En realidad, esta mancuerna de más educación para reducir desigualdades no ha dado evidencias de ser ciertas en el común de los países con economías de mercado. De acuerdo con diversos estudios efectuados durante los últimos 30 años -entre ellos el de Vincec Navarro de la Johns Hopkins University- en todos los países de la Unión Europea, creció el nivel educativo notablemente, más no así, se redujeron las desigualdades sociales: “Todo lo contrario, han ido aumentando, lo cual era de esperar, pues la estrategia de la igualdad de oportunidades no toca las raíces del crecimiento de las desigualdades” (Navarro, 2014).

El análisis similar hecho en nuestro país a partir de los propios registros del INEC nos habla de que en efecto, teniendo de referencia base el año 2000, mientras la población calificada creció casi un 20 %, durante las dos primeras décadas del siglo XXI, la brecha entre el conjunto de los ingresos de los dueños privados de capitales y el conjunto de los ingresos de los que dependemos de nuestra capacidad para trabajar, se expandió unas seis veces más de la que ya existía a inicios de este siglo (Pinnock, 2019). Es decir, la población respondió al llamado de más y más educación -dentro de esas políticas que se han vendido desde el año 1990 como de “igualdad de oportunidades”- sobre todo de escolaridad de tercer nivel, pero aun así la desigualdad entre los propietarios de empresas medianas y grandes y los de clases trabajadoras, también siguió aumentando... y con mayor intensidad cada vez.

El aumento de la educación se convierte en esa especie de zanahoria del cuento, toda vez que lo que determina que ella tenga algún sentido favorable a la reducción de las desigualdades o no, proviene de la dinámica de quienes controlan el mercado laboral, o sea, de las empresas, no tanto de los trabajadores.

Ciertamente, cuando se observa la estructura económica productiva del país, particularmente la calidad de los puestos de trabajo, cabe concluir que mayor educación no garantiza alcanzar los ingresos que sacan del círculo de la pobreza a nadie, por cuanto, el mercado de trabajo solamente ofrece puestos para trabajadores cualificados, educados en un tercer nivel de escolaridad, a solamente dos de cada diez puestos que ofrece. Esta proporción viene casi que inalterada desde los años 1960, aunque cabe decir que en cuanto a personal semicualificado (operarios técnicos), la proporción ha mostrado cierto repunte desde la última década (Cfr. Pinnock, 2020 y 2015, Página FLACSO).

Las cifras del último censo son reveladoras al mostrar que dentro de esa minúscula proporción de puestos que son ofrecidos, hay otras proporciones que desdicen el mito de que la empresa privada es la que genera esos puestos de trabajo que no encuentran empleados idóneos para estos. No referimos al hecho de que cuatro de cada diez puestos (dentro de los dos que ofrece el conjunto de las actividades económicas) son generados en los puestos del Estado. Solamente dos son puestos ofrecidos por las empresas privadas, Pero adivinen, tres de cada diez de ese total ofrecido por la estructura productiva, lo ocupan los propios dueños o patronos (nivel de gerencia o dirección), el resto son generados por los llamados trabajadores por cuenta propia o trabajador y hasta trabajadores familiares (Pinnock, 2024. Cuarto Informe sobre la situación del trabajo en Panamá, Udelas).

Esto es lo que viven y sienten los cada vez más graduados/as de tercer nivel -universitarios o institutos especializados- cuando no encuentran empleos que correspondan a su grado de instrucción escolar.

Al respecto, comienza a dorarse la “zanahoria”, con un nuevo -no tan nuevo- cuento. El de que hay que adecuar los aprendizajes y currículos a los nuevos requerimientos del “mercado de trabajo”, el de las inteligencias artificiales (IA), el de la informática de datos para logística, el del manejo del idioma inglés, etc.

Todo indica que la estructura en su esencia no variará, la proporción de puestos propios de categorías cualificadas, no aumentará significativamente -acaso suba a tres de cada diez puestos- lo que determina que aunque haya mucha más gente estudiada, de poco servirá para que alcance ingresos que reduzcan la desigualdad. Aunque, por lo planteado por el gobierno Trumpulino, en la fantasmagórica generación de empleos por venir, el cuento de la zanahoria seguirá dando sus frutos.

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