José Javier Rivera, vicepresidente del centro de conciliación y arbitraje de la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá, habló en exclusiva...
Cuando era estudiante, tuve una profesora extraordinaria, una socióloga italiana llamada Ornella Pellegrini. En una de sus clases, entre los años 1999-2000, planteó una pregunta que, en ese momento, sonó inquietante: ¿Quiénes serían los pensadores del futuro? La preocupación no era menor. Partía de su propia observación, ya que cada vez más estudiantes orientaban sus decisiones académicas hacia profesiones con mayor demanda y mejores ingresos. La vocación comenzaba a ceder terreno frente a la lógica del mercado.
Recuerdo que insistía en algo que para ese momento parecía una exageración, pero que con el tiempo ha cobrado sentido, cada vez menos jóvenes optaban por disciplinas como la filosofía, la sociología o incluso la bibliotecología.
Detrás de su reflexión había una advertencia profunda y adelantada a sus tiempos, cuando una sociedad deja de valorar el pensamiento crítico, corre el riesgo de empobrecer su capacidad de entenderse a sí misma.
Recordé aquel momento a raíz del fallecimiento del filósofo alemán Jürgen Habermas, uno de los pensadores más influyentes de las últimas décadas, cuya obra dejó una huella profunda en la forma en que entendemos la democracia, la comunicación y el rol de la ciudadanía. Su legado no solo se mide en sus libros o sus debates, sino en la capacidad de haber puesto en el centro de la discusión una pregunta esencial, cómo dialogan el poder y la sociedad.
Pero con esta reflexión no busco detenerme en sus textos ni en sus aportes. Va un paso más allá. Es, en realidad, una invitación a mirar de frente la realidad política que atraviesa hoy nuestra sociedad, donde el debate público parece cada vez más superficial, más emocional que racional, y donde la construcción de la opinión colectiva se aleja peligrosamente de aquel ideal crítico que alguna vez sostuvo la vida democrática. Nuestra sociedad habla de manera permanente, pero pocas veces es realmente escuchada.
En ese contexto, la conversación pública pierde profundidad, y la política deja de ser un espacio de deliberación para convertirse, muchas veces, en un ruido constante sin dirección ni propósito.
Los temas políticos, en no pocos casos, carecen de convicción. Se debilita la defensa de ideas, y en su lugar emerge, con demasiada frecuencia, un silencio cómodo, casi cómplice, que sustituye a la voz firme de quienes deberían sostener sus principios.
Vivimos un momento en el que el pensamiento parece haber sido desplazado, cuando en realidad es más necesario que nunca. Porque entender el mundo de las ideas políticas, esas que orientan decisiones, definen rumbos y transforman sociedades, no es un lujo intelectual, sino una condición indispensable para construir un futuro con sentido.
Como decía el propio Habermas: “Avergüénzate de morir hasta que no hayas conseguido una victoria para la humanidad”. Que esa no sea solo una frase para citar, sino una exigencia propia que nos incomode, que nos obligue a actuar. Porque una sociedad que deja de pensar, deja también de decidir su destino.