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Actualmente, la falta de empleo es uno de los problemas más graves que enfrentan los ciudadanos. No importa en qué lugar del país se encuentren ni cuál sea su condición social, para miles de panameños, conseguir una oportunidad laboral se ha convertido en una tarea cada vez más difícil.
Cuando hablamos de empleo no estamos hablando únicamente de una estadística. Estamos hablando de una persona que necesita llevar alimentos a su casa, pagar el colegio o los útiles escolares de sus hijos, cumplir con una hipoteca, atender una emergencia médica o, simplemente, tener la tranquilidad de saber que mañana podrá responder por su familia.
Ante esta realidad, muchos panameños han decidido emprender. Han convertido una habilidad, una idea o incluso una necesidad en una fuente de ingresos. Abren un pequeño negocio, venden productos, ofrecen servicios, cocinan desde sus casas o buscan cualquier alternativa que les permita generar el sustento familiar.
Aunque ese espíritu emprendedor es digno de reconocimiento, tampoco podemos romantizar la necesidad.
Emprender por elección es una cosa. Emprender porque no existe una oportunidad laboral es otra.
Panamá requiere que ambas posibilidades existan, pero sobre todo necesita recuperar la capacidad de generar empleos formales, dignos y sostenibles.
En la última encuesta de #VeaPanamá, publicada en La Estrella de Panamá, preguntamos: “Hoy, ¿cómo siente las oportunidades de empleo en el país?”, el 49.7% de los entrevistados respondió que existen pocas oportunidades, mientras que el 41.7% considera que no hay oportunidades.
Es decir, aproximadamente 9 de cada 10 panameños perciben que las oportunidades de empleo son pocas o inexistentes.
Detrás de ese número hay una enorme preocupación social y la situación adquiere una dimensión todavía más delicada cuando hablamos de nuestros jóvenes.
Para muchos de ellos, entrar al mercado laboral parece convertirse en un círculo difícil de romper, les piden experiencia para conseguir el primer empleo, pero necesitan ese primer empleo precisamente para adquirir experiencia; y a esa barrera se suma, en muchos casos, la percepción de que una oportunidad puede depender más de tener un contacto, una recomendación o una “palanca”, que de sus capacidades o méritos.
Por eso debemos entender que hablar de empleo es hablar también de educación, capacitación, emprendimiento, seguridad social, movilidad económica y productividad. No podemos resolver el problema simplemente creando puestos temporales o celebrando cifras que no necesariamente se traducen en mejores condiciones para las familias.
Ronald Reagan pronunció durante su campaña presidencial una frase que ha sobrevivido décadas: “El mejor programa social es un empleo”.
Esta frase contiene una verdad que sigue teniendo vigencia, un empleo formal no solamente genera ingresos. Le devuelve a la persona autonomía y la posibilidad de construir su propio futuro sin depender permanentemente de la asistencia del Estado, de la familia o de terceros.
Cuando un padre o una madre consigue trabajo, no solamente entra un salario a la casa. Entra la posibilidad de planificar, de educar mejor a los hijos, de consumir, de ahorrar y de mirar el futuro con un poco más de tranquilidad. Por eso, frente a la crisis del empleo, no podemos conformarnos con administrar la dificultad.
La verdadera recuperación económica no llegará únicamente cuando aumenten algunos indicadores. Llegará cuando en la mayoría de los ciudadanos empecemos a escuchar: “Conseguí un trabajo” ...
Porque al final, detrás de cada empleo hay una familia y detrás de cada oportunidad laboral hay algo todavía más importante: la posibilidad de que una persona pueda construir su futuro con su propio esfuerzo... y ese es el sueno de muchos.