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Agrega La Estrella en Google ↗️La conmemoración de los 200 años del Congreso Anfictiónico de Panamá ha devuelto al debate público un concepto que suele mencionarse con frecuencia, pero pocas veces se analiza en profundidad: el multilateralismo. Durante los actos conmemorativos, nuestro presidente destacó la importancia de aquel encuentro convocado por Simón Bolívar en 1826 y reivindicó la vigencia de la cooperación entre las naciones para enfrentar los desafíos de nuestro tiempo.
La ocasión invita a reflexionar sobre una pregunta de enorme actualidad: ¿sigue siendo necesario el multilateralismo en un mundo marcado por crecientes tensiones geopolíticas, conflictos armados, disputas comerciales y el resurgimiento de visiones nacionalistas?
El multilateralismo puede definirse como la cooperación entre varios países para abordar problemas comunes mediante reglas, instituciones y acuerdos compartidos. Su fundamento es sencillo: existen desafíos que ningún Estado puede resolver por sí solo y cuya solución exige coordinación, diálogo y acción colectiva.
Aunque el concepto adquirió fuerza después de la Segunda Guerra Mundial con la creación de las Naciones Unidas y de numerosas organizaciones internacionales, sus raíces son más antiguas. En el caso de América Latina, el Congreso Anfictiónico de Panamá representó uno de los primeros intentos de construir un mecanismo permanente de concertación entre las nuevas repúblicas del continente. Dos siglos después, aquella aspiración conserva plena vigencia.
La realidad del siglo XXI confirma que vivimos en un mundo profundamente interdependiente. Las pandemias no reconocen fronteras. El cambio climático afecta simultáneamente a países ricos y pobres. Las migraciones masivas, la seguridad alimentaria, el crimen organizado transnacional, la ciberseguridad y los efectos de la inteligencia artificial trascienden las capacidades de cualquier gobierno nacional.
La pandemia de COVID-19 dejó una lección difícil de ignorar. Ningún país pudo enfrentarla aisladamente. La vigilancia epidemiológica, el intercambio de información científica, la investigación para el desarrollo de vacunas y la coordinación de medidas sanitarias demostraron que la cooperación internacional no es un lujo diplomático, sino una necesidad práctica para proteger la salud y el bienestar de las poblaciones.
Lo mismo ocurre con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Reducir la pobreza, mejorar la educación, garantizar el acceso universal a la salud, proteger el ambiente y enfrentar las desigualdades requiere esfuerzos nacionales, pero también cooperación internacional, financiamiento, transferencia de conocimientos y acuerdos globales que permitan avanzar en objetivos comunes.
Por supuesto, el multilateralismo no está exento de limitaciones. Con frecuencia se le critica por su lentitud, por las dificultades para alcanzar consensos y por las asimetrías de poder que existen entre los Estados. Algunas organizaciones internacionales enfrentan cuestionamientos legítimos sobre su eficacia y capacidad de respuesta ante crisis cada vez más complejas. A ello se suma la percepción de que ciertos organismos reflejan mejor las realidades geopolíticas del pasado que las del presente, lo que alimenta demandas de reforma para hacerlos más representativos, transparentes y efectivos.
Las tensiones entre las grandes potencias también dificultan la adopción de decisiones oportunas, especialmente en asuntos relacionados con la paz y la seguridad internacionales. Estos desafíos han llevado a muchos a plantear la necesidad de modernizar las instituciones multilaterales, fortalecer sus mecanismos de gobernanza y mejorar su capacidad para responder a un entorno global en constante transformación.
Es claro entonces que las limitaciones del multilateralismo son reales y justifican la necesidad de reformas profundas. Las instituciones internacionales deben adaptarse a las nuevas realidades geopolíticas, fortalecer su capacidad de respuesta, mejorar sus mecanismos de coordinación y rendición de cuentas, y avanzar hacia una representación más equilibrada de los países.
Sin embargo, sus imperfecciones no deben hacernos perder de vista su valor fundamental. Ningún Estado, por poderoso que sea, puede enfrentar aisladamente los grandes desafíos del siglo XXI. Por ello, más que debilitar los espacios de cooperación internacional, el reto consiste en hacerlos más eficaces, representativos y capaces de generar soluciones compartidas para construir un futuro más seguro, sostenible e inclusivo.
Para Panamá, esta reflexión tiene una importancia particular. Nuestra historia ha estado estrechamente vinculada al derecho internacional, al comercio global, a la conectividad marítima y al diálogo entre naciones. El Canal de Panamá, la neutralidad permanente, nuestra condición de centro logístico y financiero y nuestra ubicación geográfica privilegiada dependen, en buena medida, de un orden internacional basado en reglas y no en la imposición de la fuerza.
Panamá ha sido, desde hace siglos, un punto de encuentro entre pueblos, culturas e intereses diversos. Esa vocación de puente no se limita a nuestra geografía; también forma parte de nuestra identidad y de nuestra proyección internacional. Por ello, fortalecer el multilateralismo no debe entenderse como una posición ideológica, sino como una cuestión de interés nacional.
Doscientos años después del Congreso Anfictiónico, el mundo es muy distinto al imaginado por Bolívar. Sin embargo, la idea fundamental permanece intacta: las naciones tienen mayores posibilidades de prosperar cuando dialogan, cooperan y construyen soluciones compartidas.
En tiempos de incertidumbre global, conviene recordar que los grandes desafíos del presente no distinguen fronteras. Y que, frente a ellos, la cooperación sigue siendo una de las herramientas más valiosas de las que dispone la comunidad internacional.