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- 17/04/2026 00:00
El péndulo político en América, el retorno de la derecha y sus desafíos
El comportamiento político de América —particularmente de América Latina— ha estado históricamente marcado por un fenómeno pendular. Las sociedades oscilan entre proyectos de izquierda y de derecha en función de sus expectativas, frustraciones y, sobre todo, de los resultados concretos de quienes gobiernan. Hoy, ese péndulo parece inclinarse nuevamente hacia la centroderecha y la derecha, pero este giro no está exento de riesgos ni garantiza estabilidad duradera.
Diversos procesos electorales recientes lo evidencian. En Perú, la fragmentación política y la crisis institucional han debilitado las propuestas ideológicas rígidas, favoreciendo opciones más pragmáticas. En Ecuador, la inseguridad y el deterioro del orden público han impulsado el respaldo a liderazgos con discursos de firmeza. En Chile, el rechazo a propuestas constitucionales percibidas como radicales ha evidenciado una moderación del electorado.
En Paraguay y Uruguay, la continuidad o consolidación de coaliciones de centro-derecha responde a una demanda de estabilidad y previsibilidad económica. Mientras tanto, en Costa Rica y Honduras, el desencanto con las estructuras tradicionales ha abierto espacio a nuevas expresiones políticas con énfasis en eficiencia, transparencia y resultados.
Sin embargo, este giro hacia la derecha no debe interpretarse como una victoria definitiva. Por el contrario, constituye una oportunidad condicionada. La historia reciente demuestra que cuando la centroderecha y la derecha fallan en atender las demandas sociales, generan —sin proponérselo— el caldo de cultivo que luego es aprovechado por sectores de izquierda, muchas veces con discursos simplificadores, pero políticamente eficaces.
El primer gran reto de esta nueva dirigencia es evitar la desconexión social. Durante años, uno de los errores más recurrentes de gobiernos de derecha ha sido subestimar la magnitud de la desigualdad y las demandas de inclusión. El crecimiento económico, por sí solo, no basta. Si no se traduce en oportunidades reales, movilidad social y acceso equitativo a servicios básicos, termina siendo percibido como excluyente.
El segundo desafío es la lucha frontal contra la corrupción. No basta con proclamar transparencia; es imprescindible ejercerla con rigor. La corrupción ha sido, en múltiples ocasiones, el talón de Aquiles de administraciones de centroderecha, erosionando su legitimidad y abriendo espacio a discursos populistas que capitalizan el descontento ciudadano. La ética pública no puede ser un accesorio: debe ser el eje central de la gestión.
Un tercer reto es la seguridad ciudadana, pero abordada con inteligencia y no solo con retórica punitiva. La demanda de orden es legítima, pero las respuestas simplistas o exclusivamente represivas suelen ser insuficientes y, a largo plazo, contraproducentes. La centroderecha debe demostrar que puede garantizar seguridad con respeto a los derechos fundamentales, fortaleciendo las instituciones y no debilitándolas.
Asimismo, la nueva dirigencia enfrenta el desafío de la modernización del Estado. No se trata únicamente de reducirlo o ampliarlo, sino de hacerlo más eficiente. La burocracia ineficaz, la lentitud administrativa y la falta de servicios públicos de calidad alimentan la frustración social. Cuando el ciudadano percibe que el Estado no responde, se vuelve más receptivo a propuestas disruptivas, incluso aquellas que ponen en riesgo el equilibrio institucional.
Otro aspecto crucial es la narrativa política. La derecha tradicional ha cometido el error de ceder el terreno discursivo en temas sensibles como la justicia social, la equidad y los derechos. Este vacío ha sido ocupado por la izquierda con notable eficacia. La centroderecha debe construir un discurso que combine libertad económica con sensibilidad social, demostrando que ambas no son excluyentes, sino complementarias.
Finalmente, está el reto de la humildad política. Los triunfos electorales no deben interpretarse como cheques en blanco. La soberbia, la falta de autocrítica y la desconexión con la ciudadanía han sido factores determinantes en la caída de gobiernos que, en su momento, gozaron de amplio respaldo. Escuchar, corregir y adaptarse son condiciones indispensables para sostener la confianza pública.
En definitiva, el momento actual no es de celebración para quienes hoy emergen como alternativa política, sino de responsabilidad histórica. Gobernar bien, con equilibrio entre eficiencia y justicia, entre orden y libertad, será la única forma de romper el ciclo pendular o, al menos, de prolongar su estabilidad. Porque en América, más que ideologías, lo que está en juego es la confianza de los ciudadanos en la democracia misma.