El Canal de Panamá ha logrado establecer diálogo con el 70% de las familias en el área de influencia de Río Indio, superando el 26% de participación registrado...
Esta semana, en una reunión sobre una campaña, conversábamos con un psicólogo que trabaja directamente con jóvenes en situaciones difíciles. No desde la teoría, no desde el escritorio, sino desde la realidad cruda. Bajo su guía hay muchachos con problemas de adicción, con conductas agresivas, con historias marcadas por la ausencia, el abandono o simplemente la falta de empatía.
Narraba, con ejemplos concretos, cómo lidiaba a diario con las distintas conductas que algunos de estos jóvenes presentaban. Historias de impulsos y comportamientos que se desbordan, que lo retaban y de actitudes a la defensiva que podrían durar días, semanas, años o tal vez toda una vida. Su principal reto, lograr la confianza de ellos para ayudarlos a avanzar en sus propias vidas. Este profesional no hablaba desde la frustración ni desde el juicio. No había enojo en su tono, ni resignación en sus palabras. Hablaba con una calma que desarmaba, con una claridad que solo tienen quienes han visto el problema de cerca demasiadas veces como para simplificarlo.
Y, hubo algo que me sorprendió, con una dedicación casi devocional, describía una realidad que, desde otro ángulo, nosotros hemos encontrado una y otra vez en los estudios de investigación. Lo que para él eran nombres, rostros y procesos individuales, para nosotros suelen aparecer como patrones, tendencias y datos que se encuentran en el imaginario social, que se repiten con consistencia. Tal vez desde la distancia que impone el análisis. Pero, en esencia, hablando de lo mismo.
Son expresiones de algo más amplio, más silencioso, más estructural. Son, en muchos sentidos, una versión más visible de los mismos paradigmas que la sociedad panameña hoy vive y termina normalizando.
Este profesional no hablaba de teorías educativas ni de modelos. Hablaba de algo mucho más básico y, a la vez, mucho más difícil, enseñar a detenerse y construir el pensamiento crítico. A pensar antes de actuar u opinar. A reconocer lo que se siente sin ser arrastrado por ello.
Mientras lo escuchaba, era inevitable pensar que tal vez ahí está el punto ciego de muchas de nuestras conversaciones públicas y políticas. Creemos que el problema está en lo que la gente decide. Pero rara vez nos detenemos a pensar en cómo llega a decidir. Por ello, investigar a profundidad nuestra sociedad, entender la naturaleza de sus pensamientos y las causas que los originan, no debe ser un ejercicio ocasional, sino una tarea permanente.
El pensamiento del ciudadano, especialmente el de nuestros jóvenes, no surge en el vacío. Nace, sí, de su experiencia individual y de su historia personal. Pero también es el resultado de algo más amplio, una sociedad que moldea, de forma constante y muchas veces invisible, la manera en que se percibe la realidad. Cada reacción, cada decisión, cada forma de interpretar lo que ocurre a nuestro alrededor, está influida por ese entramado social que educa, o deja de educar, incluso cuando no es consciente de ello.
Por eso, cuando hablamos de conductas o de crisis de valores, corremos el riesgo de quedarnos en la superficie si no miramos más allá del individuo. Ahí es donde el desafío se vuelve más complejo. Entender cómo se forma el pensamiento, qué lo condiciona, qué lo limita y qué lo impulsa, no es un ejercicio solo académico. Es una necesidad si realmente se quiere intervenir, transformar y construir algo distinto. De lo contrario, seguiremos describiendo los síntomas... sin alterar las causas y una sociedad que no entiende cómo piensa, difícilmente puede cambiar lo que hace.