El Retorno De El Niño - La Resiliencia Empresarial Como Imperativo Económico

  • 02/05/2026 00:00

Hay una señal que se repite y cada vez cuesta más ignorarla: el planeta está entrando en una etapa de calor inédito. El pronóstico de temperatura global del Environment and Climate Change Canada (ECCC), anticipa que 2026 podría quedar entre los cuatro años más calurosos jamás registrados, en la misma conversación que 2023 y 2025 y muy cerca de 2024, el récord absoluto. Y lo que pasó en 2024 marca un antes y un después: por primera vez se superó, aunque fuera de forma temporal, el umbral de 1,5°C sobre los niveles preindustriales. No es solo un número; es una advertencia.

El calor extremo dejó de ser una amenaza lejana. Informes conjuntos de FAO y OMM, y PNUMA en 2026 advierten que más de mil millones de personas ven comprometidos sus medios de vida y su salud, mientras la economía global pierde medio billón de horas de trabajo al año. Agricultores, ganaderos y pescadores operan bajo presión sin precedentes, con ecosistemas terrestres y marinos cada vez más frágiles.

La Organización Meteorológica Mundial confirma además que el evento El Niño regresaría entre mayo y julio de 2026. Los modelos climáticos convergen con alta confianza, y las primeras señales apuntan a un evento fuerte, impulsado por océanos excepcionalmente cálidos acumulados en los últimos cuatro años. Más calor oceánico y una atmósfera energizada significan más combustible para eventos extremos: olas de calor más severas, sequías que se profundizan y lluvias que descargan con mayor intensidad.

Este nuevo contexto obliga a repensar la gestión del riesgo en países con alta exposición costera y cuencas vulnerables. La intrusión salina, la disminución de caudales y la concentración de contaminantes amenazan la disponibilidad de agua para hogares, agricultura, ganadería, energía y pesca. Prepararse ya no es opcional, es una decisión económica racional.

En el frente empresarial, la resiliencia climática se traduce en ventaja competitiva. Evaluar exposición, sensibilidad y capacidad de adaptación permite diseñar planes de prevención y contingencia, también conocidos como planes de continuidad del negocio. Estos instrumentos establecen cómo responder ante interrupciones y recuperar operaciones con rapidez.

No es teoría. En Chile, la empresa Aguas Andinas invirtió más de US$100 millones en infraestructura resiliente y sistemas de alerta para enfrentar sequías prolongadas en Santiago. En Europa, Iberdrola ha destinado miles de millones de euros a reforzar redes eléctricas y adaptar su generación a eventos extremos, reduciendo riesgos operativos y financieros.

La lección es clara; cada dólar invertido en prevención evita pérdidas mayores. El Banco Mundial estima que por cada dólar en resiliencia se pueden ahorrar hasta cuatro en daños evitados. Integrar la gestión de riesgo climático en proyectos y cadenas de valor reduce interrupciones y protege empleos.

De cara a 2026, gobiernos y empresas deben pasar del diagnóstico a la acción. Mapear riesgos, priorizar inversiones y coordinar respuestas territoriales será decisivo. En un mundo más caliente, anticiparse es la única forma de sostener el crecimiento y proteger el bienestar.

La planificación integrada entre sector público y privado puede multiplicar resultados. Sistemas de información climática, seguros paramétricos y financiamiento verde, azul o sostenible ayudan a cerrar brechas. Asimismo, incorporar escenarios climáticos en la toma de decisiones permite asignar capital con mayor precisión. La agenda es urgente, pero también es una oportunidad para innovar, generar empleo y construir economías más resilientes e inclusivas. Ignorar la señal térmica tendría un costo creciente y acumulativo. Actuar hoy es la mejor póliza frente al clima del mañana. Para América Latina y el Caribe, donde la vulnerabilidad es alta, la ventana de preparación se estrecha rápidamente, y exige liderazgo.

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