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- 31/10/2026 08:46
El rinoceronte gris de Panamá: el riesgo que conocemos, pero seguimos postergando
El terremoto del pasado 9 de octubre dejó profundas heridas en numerosas comunidades de nuestro país, particularmente en las provincias centrales. Miles de familias enfrentan pérdidas materiales, incertidumbre y una recuperación que tomará tiempo. Para muchas, esta Navidad será muy distinta. Nuestra solidaridad debe ir acompañada de un compromiso: aprender de lo ocurrido y prepararnos mejor para el futuro.
Hay amenazas que nos sorprenden por completo y otras que, aun teniéndolas frente a nuestros ojos, preferimos ignorar. En el mundo de la gestión de riesgos existen dos conceptos que ilustran esta diferencia: el cisne negro (black swan) y el rinoceronte gris.
El primero representa acontecimientos extraordinarios, de enorme impacto y difíciles de anticipar. El segundo, amenazas conocidas, visibles y potencialmente devastadoras, frente a las cuales muchas veces postergamos las decisiones necesarias.
Panamá tiene su propio rinoceronte gris: el riesgo sísmico
No sabemos cuándo llegará el próximo gran terremoto, pero sí sabemos que puede ocurrir. Y cuando postergamos decisiones frente a riesgos conocidos, las consecuencias pueden ser económicas, sociales y hasta catastróficas.
Las advertencias estaban allí
Una mirada a nuestra historia revela cuatro acontecimientos sísmicos particularmente importantes en los últimos 405 años: 1621, 1882, 1991 y ahora 2026. Son cuatro recordatorios, en distintas épocas y regiones, de que Panamá está lejos de ser un territorio libre de grandes terremotos.
El más reciente, de magnitud 7.5 según el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá, ha dejado decenas de miles de personas afectadas, daños en viviendas, escuelas, hospitales e infraestructura pública, además de enormes desafíos para numerosas comunidades.
En artículos anteriores, como “Panamá tiembla en silencio” y “Cuando la tierra nos recuerda”, hemos advertido sobre esta realidad y la necesidad de fortalecer nuestra cultura de prevención.
Existe, además, una amenaza particularmente importante que merece mayor atención: la falla de Pedro Miguel, ubicada a poca distancia de la Ciudad de Panamá y del Canal.
Investigaciones científicas publicadas en 2010, encabezadas por el geólogo Thomas Rockwell, documentaron la actividad de las fallas de Pedro Miguel y Limón y su capacidad de generar terremotos cercanos a magnitud 7. Los investigadores también asociaron la falla de Pedro Miguel con el terremoto de 1621, que ocasionó graves daños en Panamá la Vieja.
Esto no significa que exista evidencia de un terremoto inminente. La ciencia no puede predecir cuándo ocurrirá, pero sí permite identificar amenazas y estimar sus posibles consecuencias.
Y aquí surge una inquietud fundamental: un terremoto de menor magnitud que el ocurrido recientemente, pero originado cerca de nuestra capital, podría causar daños considerablemente mayores debido a su proximidad, las condiciones del suelo y la vulnerabilidad de nuestra infraestructura.
¿Estamos realmente preparados?
Imaginemos un terremoto importante originado cerca de la capital.
¿Qué ocurriría con nuestros hospitales, escuelas, puentes, vías de acceso, sistemas eléctricos y abastecimiento de agua?
¿Tendríamos suficientes ambulancias, bomberos, rescatistas y personal médico para atender miles de emergencias simultáneas? ¿Podrían los organismos de emergencia continuar funcionando si sus propias instalaciones resultaran afectadas?
Panamá cuenta con instituciones de respuesta, protocolos y simulacros cuyos esfuerzos debemos reconocer. Sin embargo, tener planes escritos no garantiza que exista capacidad suficiente para enfrentar una catástrofe de gran magnitud.
No se trata de afirmar que nada funciona, sino de preguntarnos si hemos evaluado y comprobado nuestra preparación frente a los escenarios más exigentes.
En el sector asegurador conocemos bien la importancia de anticiparnos a los riesgos. Las compañías de seguros exigen a las empresas sistemas de protección contra incendios, brigadas de emergencia, inspecciones técnicas, mantenimiento preventivo y planes de contingencia. Todo ello busca reducir la frecuencia y severidad de las pérdidas.
Entonces, ¿por qué no aplicar ese mismo rigor preventivo a nuestra infraestructura pública y a nuestra preparación como país?
¿Por qué no evaluar periódicamente la resistencia sísmica de hospitales, escuelas, puentes e instalaciones críticas? ¿Por qué no comprobar mediante ejercicios integrales si nuestros servicios esenciales podrían funcionar simultáneamente bajo condiciones extremas?
La Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá ha señalado acertadamente la necesidad de pasar de la prevención a la acción, destacando la evaluación de protocolos, la movilidad durante emergencias y la coordinación público-privada.
Coincidimos con ese llamado, pero debemos avanzar hacia compromisos concretos y medibles.
Una iniciativa sería impulsar una evaluación nacional de resiliencia sísmica, con participación de autoridades, universidades, especialistas, empresas y el sector asegurador. Sus resultados permitirían identificar vulnerabilidades, establecer prioridades de inversión y medir periódicamente los avances.
No necesitamos necesariamente más burocracia, sino aprovechar mejor nuestras capacidades, coordinar esfuerzos y establecer responsabilidades claras.
La prevención debe entenderse como una inversión nacional, no simplemente como un gasto.
Los seguros también tienen un papel fundamental
Los seguros son una herramienta esencial para proteger el patrimonio y facilitar la recuperación económica después de una catástrofe. Sin embargo, ninguna póliza puede evitar por sí sola la paralización de una empresa, la interrupción de sus proveedores o la pérdida temporal de servicios esenciales.
Por ello, las empresas deben revisar sus valores asegurados, coberturas de terremoto, protección por interrupción de negocios y planes de continuidad operativa.
Pero también debemos preguntarnos cómo está protegido el patrimonio público.
Escuelas, hospitales, edificios gubernamentales e infraestructura esencial representan inversiones de todos los panameños. Una adecuada administración de estos riesgos, incluyendo seguros y otros mecanismos de protección financiera, puede contribuir significativamente a la recuperación y reducir la presión sobre las finanzas públicas.
La gestión de riesgos debe comenzar mucho antes del siniestro, no cuando ya estamos calculando las pérdidas.
El momento de actuar es ahora
No se trata de generar temor ni de anunciar una catástrofe inevitable. Tampoco de desconocer los esfuerzos de nuestras autoridades y organismos de emergencia.
Se trata de reconocer que Panamá enfrenta amenazas naturales reales, conocidas y documentadas, frente a las cuales tenemos la responsabilidad de prepararnos mejor.
No podemos evitar los terremotos, pero sí reducir nuestra vulnerabilidad y sus consecuencias.
La historia nos ha dejado suficientes advertencias. La ciencia nos proporciona información, la ingeniería ofrece soluciones y el sector asegurador dispone de herramientas para administrar parte de los riesgos.
Lo que necesitamos es convertir ese conocimiento en decisiones oportunas y acciones sostenidas.Porque las grandes catástrofes no siempre nos sorprenden por aquello que desconocíamos, sino por lo que, aun conociéndolo, decidimos no atender.
El rinoceronte gris está frente a nosotros. Sabemos que existe. La pregunta es si tendremos la voluntad de actuar antes de que sea demasiado tarde.
* El autor es experto en riesgos y seguros