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Agrega La Estrella en Google ↗️La inteligencia no debería ser entendida como un atributo fijo, aislado y exclusivamente individual. Concebirla como una cualidad que algunos poseen de manera natural y otros no, simplifica en exceso un fenómeno complejo y, además, puede terminar legitimando desigualdades que en realidad son sociales, culturales y educativas.
El desarrollo cognitivo que permite a un niño pensar con autonomía, leer comprensivamente, razonar con flexibilidad o comprender relaciones espaciales y temporales no surge en el vacío. Tiene una base social ineludible. El cerebro madura en interacción con el entorno, y ese entorno no es pasivo: organiza, estimula o restringe las posibilidades de desarrollo. En ese proceso, la familia cumple una función decisiva, porque allí se consolidan la identidad, la seguridad afectiva y las primeras experiencias de relación con el mundo.
La socialización y la escolarización transmiten los componentes esenciales de la vida en comunidad: convivencia, lenguaje, cultura, pensamiento, ciencia, técnica y arte. Cuanto más enriquecido sea ese entorno, mayores serán las oportunidades para que el sujeto construya un pensamiento crítico, aprenda de manera autónoma y desarrolle su capacidad de transformar la realidad. Por eso, la estimulación temprana no puede ser vista como un privilegio, sino como una condición de equidad.
Sin embargo, para que esas oportunidades no dependan del azar o de esfuerzos aislados, deben convertirse en políticas de Estado y no en iniciativas episódicas de gobiernos transitorios. La literatura sobre desarrollo humano y educación coincide en que las intervenciones sostenidas a mediano y largo plazo tienen mayores probabilidades de producir efectos duraderos. Invertir en la formación del recurso humano, establecer estándares técnicos de evaluación y auditar resultados con rigor son pasos indispensables para que el entorno deje de ser errático y pase a ser un factor real de desarrollo.
Cuando estas condiciones no existen, muchas expresiones de talento permanecen ocultas. En términos de Feuerstein, puede hablarse de privación cultural, es decir, de una limitación en el acceso a experiencias mediadoras que organizan, enriquecen y amplían el funcionamiento cognitivo. Esto no significa que el potencial desaparezca. Significa, más bien, que sin mediación adecuada ese potencial puede no desplegarse, o hacerlo de forma fragmentaria, inconsistente o difícilmente reconocible por la escuela y por las instituciones.
Esta perspectiva tiene implicaciones directas para la movilidad social y la justicia educativa. No todos los niños parten desde el mismo punto ni reciben el mismo tipo de estímulos, modelos, preguntas o recursos. Un estudiante que crece en un entorno donde abundan los libros, el diálogo, el acompañamiento y los desafíos intelectuales parte con ventajas reales. Esas ventajas no deberían interpretarse únicamente como mérito individual, sino también como resultado de condiciones favorables de desarrollo. En contraste, cuando predomina la privación cultural, el talento puede volverse invisible para el sistema, aunque siga presente.
A este problema se suma un fenómeno contemporáneo que merece atención: la saturación informativa. En la era digital, no toda exposición a información produce conocimiento. Cuando las redes sociales desplazan la reflexión, la metacognición y la creatividad, también pueden empobrecer la elaboración intelectual. El exceso de estímulos, sin mediación crítica, puede terminar sustituyendo la construcción de pensamiento por consumo rápido de contenidos.
De allí que no baste con construir escuelas o multiplicar discursos sobre la excelencia. Se requieren marcos normativos, protocolos sólidos de detección y respuestas educativas integrales que reconozcan la diversidad y protejan la excepcionalidad en todas sus formas. La identificación temprana del talento, su acompañamiento y su desarrollo no son asuntos secundarios: forman parte de una política educativa seria y de una visión moderna de justicia social.
La ausencia de un entorno enriquecedor es una forma silenciosa de inequidad. Allí donde no se organizan oportunidades, no se orienta la mediación y no se sostienen políticas coherentes, el talento no desaparece: se vuelve difícil de leer para el sistema. Y cuando eso ocurre, no solo pierde el individuo; pierde también la sociedad, que deja de reconocer y cultivar uno de sus recursos más valiosos.
Gestionar el talento, entonces, no es una metáfora. Es una responsabilidad pública. Implica crear condiciones para que el potencial humano deje de depender de la suerte y pueda convertirse, con apoyo adecuado, en desarrollo personal, productividad social y bienestar colectivo.
La privación cultural no elimina el potencial; limita las condiciones para su despliegue.