• 22/08/2021 00:00

Excelencia en medicina

“Ojalá, algún día, todos los que habitamos el planeta Tierra adquiramos conciencia de especie para que la fraternidad sea un imperativo ético fundamental en el futuro de la humanidad entera”

Hay gente, sin credencial científica alguna y cuyo único conocimiento de medicina sucede al enfermarse (Pichel dixit), que se ha dado a la tarea de decir que existen dos tipos de ejercicio profesional, uno que se le brinda al paciente individual y otro al usuario colectivo. Con todo respeto, aunque resaltando la irresponsabilidad de su intrusismo en un campo excesivamente especializado para neuronas sin formación académica, jamás había escuchado tanto disparate junto. Dejando de lado el aspecto monetario y la comodidad del servicio, la práctica de la medicina debe ser idéntica tanto en el consultorio como en el hospital, en la calle o en la esfera pública, es decir, apegada a la mejor evidencia disponible del momento. Si no fuera así, el facultativo demostraría incoherencia intelectual y podría entrar en la categoría de impostor, al modificar su conducta asistencial según convenientes intereses.

Antes de la estandarización global sobre la práctica de una medicina basada en la evidencia, los discípulos de Galeno tomaban decisiones influenciados por diferentes corrientes de pensamiento: medicina basada en la experiencia (años de práctica), en la eminencia (figura prestigiosa), en la estridencia (soberbia y arrogancia), en la elocuencia (retórica idiomática), en la Providencia (designio divino), en la complacencia (ajustada al deseo y confort del paciente) o en la ocurrencia (creencia personal). La medicina moderna, afortunadamente, se ha nutrido del escrupuloso método científico para elaborar recomendaciones preventivas o terapéuticas, ponderadas según el rigor de los ensayos clínicos. Estas guías se actualizan periódicamente para ser incorporadas en protocolos de manejo mundial y así lograr que la calidad sanitaria sea similar en África, Asia, América Latina, Europa o Norteamérica. Se ha venido insistiendo, además, en la necesidad de que todas las universidades incorporen la enseñanza de la investigación en los programas curriculares de sus estudiantes. La pandemia, tristemente, ha desnudado las falencias y deficiencias en el saber médico de una no despreciable cantidad de colegas, especialmente en los países tercermundistas.

Este tema me recuerda mi renuncia a la columna dominical de La Prensa, después de 22 años ininterrumpidos de opiniones autónomas. Aunque anteriormente había tenido varios sinsabores por la volátil imparcialidad política en la línea periodística, mi intempestiva salida estuvo relacionada con un lamentable acto de incongruencia ética. Después de un contundente editorial (Hoy por Hoy, noviembre 2, 2020) sobre el daño que representaba la promoción de medicamentos espurios, sin demostrado beneficio para aliviar la COVID-19, donde incluso se exhortaba a las autoridades a aplicar sanciones a los irresponsables charlatanes, el diario permitió, poco tiempo después, la publicación de un anuncio supuestamente pagado por un afín comunicador, que recetaba terapias farmacológicas y botánicas para combatir tempranamente la enfermedad, pese a que ninguna de esas prescripciones tenía el respaldo de prestigiosas asociaciones científicas, nacionales e internacionales. De hecho, todas esas mencionadas panaceas fueron rápidamente abandonadas en el mundo y guardadas en el baúl de los recuerdos de los curanderismos regionales. Luego de mi desvinculación, empero, he seguido colaborando con exponentes del buen periodismo en salud (Aleida Samaniego y Ohigginis Arcia, entre otros) y disfrutando de los escritos de los doctores Marta Illueca y Néstor Sosa, quienes, de manera magistral, ocuparon mi anterior tribuna mediática.

Es admirable cómo nuestro sistema de salud, con sus numerosas debilidades y en condiciones muchas veces adversas, ha soportado todo el peso de la demanda de servicios para la atención de la COVID-19. Hemos estado muy cerca de saturar la disponibilidad de camas y ventiladores, con el agravante de haber llevado al límite, física y numéricamente, al personal asistencial hospitalario. Un centenar de médicos, enfermeras y otros trabajadores del sector ha fallecido durante sus arduas labores institucionales. El equipo sanitario ha puesto el compromiso, por encima de cualquier otro grupo de la sociedad, pero incomprensiblemente aún debe tolerar que haya personas que no acaten el llamado al uso de mascarillas, al distanciamiento en lugares concurridos o al requerimiento de la vacunación para intentar mitigar la pandemia y dar un respiro al agotado recurso humano. Por eso, uno queda anonadado al escuchar que dos de los mejores baluartes de la medicina panameña, con estupendo renombre internacional y que desinteresadamente han dejado todos sus quehaceres habituales en pro del bienestar de la población, doctores Eduardo Ortega y Julio Sandoval, hayan sido querellados por precisamente defender la evidencia científica. El país al revés. Confío en que el Colegio Médico, entidad otrora inoperante, desestime tal exabrupto y brinde un sonoro espaldarazo a la excelencia en nuestra noble y sacrificada profesión.

En tiempos de calamidades es cuando se pone a prueba la empatía social. En lo que hemos transitado del siglo XXI preocupa el emergente y despiadado “yoísmo”, inductor de intolerancia, odio e individualismo pernicioso. Conviene aplaudir, por tanto, que para combatir el flagelo de la COVID-19, muchos gobernantes hayan invocado con insistencia la solidaridad como estrategia indispensable. Usar el tapabocas, mantener el alejamiento y procurar la vacunación masiva es un acto solidario con nosotros mismos, con la otredad y con la comunidad entera. La inmunización grupal debería encontrar analogía en otras directrices oficiales que velan por el bien común, como la prohibición del tabaquismo en lugares públicos, del consumo alcohólico durante la conducción de vehículos o del lavado de manos para manipular comida en lugares de consumo alimenticio. El Gobierno no debe ahorrar ningún esfuerzo en su labor de 'projimidad', pese al ruido de radicales insolidarios, libertarios y mezquinos que roznan en el entorno. Ojalá, algún día, todos los que habitamos el planeta Tierra adquiramos conciencia de especie para que la fraternidad sea un imperativo ético fundamental en el futuro de la humanidad entera.

Excelsa es la recompensa, cuando muchos compartimos el sacrificio…

Médico e investigador.
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