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- 05/10/2015 02:00
Compulsión o fomento
Al emprender los caminos de la vida, los seres humanos encontramos dos caminos primordiales que podemos seguir. Uno de esos caminos es el de la compulsión, en donde se nos dicta por dónde caminar, y el otro es el camino de la libertad que nos da potestad de dirigir nuestras facultades y energías de acuerdo con nuestro propio sentido de lo que está bien, lo sabio, y eso en todas las direcciones salvo una; el que no podemos usar nuestra libertad para restringir al prójimo el mismo usufructo de su albedrío.
En las Escrituras hablan de ‘no hacer al prójimo lo que no quieres que el prójimo te haga a ti '.
La llana y pura realidad de lo planteado en el párrafo precedente es que la mayoría está de acuerdo con ello; pero qué curioso... que lo vean claro cuando se trata del comportamiento y acción entre personas, pero no lo ven igual cuando se trata de la relación entre los ciudadanos y el Estado. Es decir, que está mal que el vecino te dé órdenes o quite dinero, pero si es el Estado entonces está bien. ¿Cómo explicamos eso?
Los humanos en nuestra trata con los demás establecemos precios y demás por lo que compramos y vendemos, pero de pronto aparece el Gobierno para decir que en tal o cual caso ya no; compungiendo a unos, imponiendo condiciones para su negocio, bajo la baladí excusa de un ‘interés social ' nebuloso que en realidad significa que el legislador o la autoridad del caso quiere ganar votos.
Ejemplos sobran, pero la reciente ley de estacionamientos es prueba de una mentalidad estatista desbocada; pues la función de Gobierno no es la de dictarnos cómo conducir nuestros asuntos, sino de velar porque unos no ejerzan compulsión sobre otros.
Entonces, ¿qué ocurre cuando el camino se nos dicta y resulta que ese camino nos conduce al descalabro? ¿Acaso el Estado sale a pedir perdón y a resarcir daños? Lo típico es que el politicastro simplemente diga que tu fracaso se debe a tu incompetencia; pero si logras éxito, ello se le atribuye al Estado. ¡Qué lindo!
A todo esto, muchos opinan que dar libertad de acción al pueblo es peligroso. Más aún, muchos piensan que es necesario dirigir al rebaño incauto e ignorante. Y más allá hay quienes piensan que vivir en plena libertad es vivir al margen de la ley, lo cual es craso error. La misma Constitución señala que los ciudadanos podemos hacer todo lo que no está explícitamente prohibido. De hecho, vivir en plena libertad es vivir bajo la más elevada de las leyes; la de la Naturaleza de la Creación, que es la única que puede dar riqueza al hombre. Y en ese sentido Ralph Waldo Emerson sentenció: ‘Si algún hombre cree que esta ley es floja, veamos si puede vivir bajo sus mandamientos un solo día '.
Disminuir la libertad no conduce a la sabiduría, pues el hombre solo aprende como resultado de sus actos. No hacemos diestro al carpintero, si le atamos las manos. Y el padre que envía a su hijo a la escuela porque la ley lo obliga, pierde mérito. La historia está repleta de catástrofes originadas por el abuso del poder. Las Escrituras nos advierten los problemas de querer un rey, pero seguimos buscando falsos salvadores. Y a veces el rey se disfraza de una falsa democracia convertida en una dictadura de las mayorías; no para garantizar la libertad, sino para compeler a la minoría a sus deseos.
El gran reto es una educación libre de interferencias politiqueras.
EMPRESARIO