• 15/04/2026 00:00

Hebra rebelde y cimarrona: cuando el cabello grita con la dignidad del linaje

Tengo 56 años. Nací en el Hospital Manuel Amador Guerrero, en mi amada provincia de Colón. Soy cédula 3; hija de Lea, una mujer guerrera oriunda de Coclé, por cuyas venas corre la sangre del indio Nomé, y de Leandro, quien aportó la savia del negro afrocolonial que corre por mi ser. Mi piel es canela, quizás no tan oscura como la de mis abuelos, pero basta que el sol del verano la caliente o que las brisas de la costa la acaricien para que se resalte la negritud de mis pómulos y se achinen mis ojos, que parecen danzar de lado a lado sobre mi nariz achatada.

Crecí allá por los años 70 y 80, en la época de la música disco, los Jackson Five y la moda de la “chica 10”. Fue en Penonomé, provincia de Coclé, donde transcurrió mi infancia y juventud. Recuerdo a mis amigas del colegio apostando por el “químico” o “la permanente” para torcer sus hebras finas y sumarse a la moda del cabello rizado u ondulado. Irónicamente, buscaban lo que yo ya tenía por herencia: ese sello de dignidad de mis ancestros afros que hoy defiendo frente a la ignorancia y el odio de quienes se han creído los únicos dueños de esta tierra.

Me siento profundamente orgullosa de la sazón de nuestra comida afroantillana. Y aunque la timidez de mis primeros años me privó de aprender el baile congo —no aprendí a mover las caderas como mi tía Icela—, eso no me impide sacudirlas con orgullo cada vez que escucho el retumbar de los tambores y moverme con el auténtico “tumba’o” de mi gente negra.

Sin embargo, hace un mes dio inicio el año escolar y un sentimiento de dolor y frustración vuelve a levantarse en la comunidad afrodescendiente. El entorno educativo, donde debería forjarse la conciencia inclusiva y el respeto, incita a resentimientos y discriminación al intentar negar el libre albedrío sobre nuestra negritud y la rebeldía de nuestros cabellos. Pretenden que nuestros “cabellos malitos” sean domados, como en los tiempos de la esclavitud.

“Cabellos malitos”... la expresión duele más cuando proviene de quienes tienen la responsabilidad de promover el diálogo sobre igualdad, historia, cultura y tradición.

De mis tres hijas, la menor heredó esa hebra rebelde de nuestros padres y abuelos. Su rebeldía ondulada y apretada fue motivo de bullying en su colegio; una institución cuya supuesta “excelencia” les quedó grande. Su profesora consejera la señaló por su cabello rizado y sus constantes comentarios socavaron su amor propio.

Esta situación desató un debate que duró más de un día en el grupo de WhatsApp de mi familia colonense. El dolor y la frustración que vivieron mis tías y primas en algún momento de sus vidas volvió a florecer. “Llamemos a la asociación de negros”, sugirió una de ellas. Bastó el llamado de atención de una vocera de la Secretaría Nacional de Políticas para los Afropanameños (Senadap), para que esta docente dejara de burlarse de mi hija, pero eso no ha impedido que su frustración continúe atentando contra la dignidad del resto de los estudiantes con cabello afro.

Es una obsesión; es lo que se dice entre los pasillos del colegio. Tanto profesores como egresados le han brindado respaldo a mi hija. Dicen que es su costumbre, y cada año algún padre de familia denuncia a la misma docente ante el Meduca. Pero ¿cuánto más tenemos que seguir luchando ante el odio y la discriminación si todos decimos ser hijos de Dios?.

¡Basta ya de la discriminación disimulada que vivimos aún en estos tiempos!. Y aunque no lo parezca, mi sangre, mi cabello y mis rasgos se levantan con fuerza para gritarle al mundo: «¡Negra soy!». Junto a mi familia y mi tierra caribeña, digo: ¡ya basta de discriminación!

* La autora es periodista
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